In memoriam

Mi querida Olatz

SAMSUNG DIGITAL CAMERAHan pasado casi seis meses desde aquella llamada de madrugada que ya sabía que anunciaba tu muerte, querida Olatz. Al otro lado del teléfono, la voz de María José Guzmán, ese ángel, sí, que te acompañó durante tan penosa enfermedad sin más interés ni tampoco obligación que las que entraña la amistad, sonaba tranquila, señal inequívoca de que, en su interior, hervía un manojo de nervios. Precipitarme a tu casa y encontrarme allí a Elisa Navas, Reyes Lama, Paco Pepe, Asunción Fernández de Castillejo, Ignacio Díaz Pérez y Rafa Rodríguez –ese otro ángel–, con María Luisa Suero en ausencia aunque presente, me sirvieron para comprobar la calidad humana de todos ellos, y qué labor tan loable y tan callada de la Asociación de la Prensa de Sevilla, a la que debo gratitud y el mismo silencioso respeto.

Parece mentira que a ti, que tanto te gustaba hablar, fuera un cáncer de lengua el que la vida te segara –fíjate, ya recurro a jerga agraria–. Mi primer recuerdo tuyo, yo tímido becario en aquella Redacción de Diario 16 Andalucía que fue, como para tantísimos otros, mi verdadera escuela de Periodismo, es el de una mujer de cabellos tintados de indescriptible rojo gritando que alguien, yo, había pedido Economía. E inmediatamente, una gran conversación sobre eso de la Economía donde tú charlabas y yo… asentía.

Desarrollé, te confieso, una envidiable capacidad para aislarme y seguir trabajando mientras tú, que intuía que andabas detrás de tu habitual montaña de papeles con riesgo permanente de alud, lanzabas tu sempiterna perorata. Era meterte en conversaciones de aquí y de allí, la habilidad para coger al vuelo retazos de unas y otras y hacer malabares con tu lengua. Sí, esa. El radar siempre alerta hasta que, uy, qué horas, tus uñas, no tus dedos, tecleaban –más bien aporreaban– en el Edicom 4000, el programa informático de edición con columnas de verdes letras y verdes números y ¡¡¡hasta tres pasos!!! para colocar un simple punto y aparte.

Como becario y después como redactor del club de las 60.000 (las pesetas del primer contrato en prácticas, ése que hacía la cuenta número dos o tres del que, a la larga, sería un rosario de reformas laborales), en aquella nave del Polígono Calonge trabajé como un mulo pero fui feliz. Hoy, querida Olatz, recorro en coche aquel trayecto que, veinte años atrás, lo hiciera andando entre la parada del bus de Parque Alcosa y la Redacción, un kilómetro de lluvias en invierno y sol de justicia en verano, y no hay día sin añoranza…

Te debo lo que soy, y no te quites mérito. La especialización en Economía, la orientación hacia el Periodismo Agroalimentario, la agonía por el trabajo –aquí te lanzaría un cierto reproche–, la querencia por un papel que, dicen, tan sólo dicen, está llamado a desaparecer y esa alegría de tonto satisfecho cuando, casi a medianoche, sacabas de la rotativa, todavía caliente y entre el traquetear de máquinas y el olor a tinta y bobinas, el periódico impreso de la primera edición de Diario 16, la que iba para Málaga.

Se cerró Diario 16 Andalucía justo cuando, de madrugada, detuvieron a los etarras asesinos de Alberto Jiménez-Becerril y su esposa, Ascensión García. Yo tenía la exclusiva, la casualidad hizo que coincidiera cuando volvía de copas con mi colega Javier Mariscal, a quien guardias civiles como armarios le encañonaron, a él y a su bicicleta, y, sin embargo, no tenía periódico donde escribir y sí un grupo de compañeros que trataban de buscarse la vida tras una nefasta gestión de empresarios malandrines. Tú y yo volvimos a coincidir, por muy breve tiempo, en Diario de Andalucía, y a partir de ahí, caminos distintos…

…que volvieron a converger gracias, sí, a la especialización económica. Para ti hubo años buenos, otros regulares y momentos malos, pero me quedo con esa cara de alegría –no lo puedes negar, te he pillado– que manifestabas cuando coincidíamos en ruedas de prensa, mientras que la mía, además, traslucía el respeto hacia la maestra. Y qué decir de los viajes juntos por motivos de trabajo, y ese saber comer y beber de mesa y mantel que tantísimo te gustó. Y las anécdotas. El hotel que se nos quemó en La Antilla, la maleta pink –así la bautizó aquella antipática azafata– perdida por París, las manifestaciones agrarias en Luxemburgo y Bruselas, el ir de compras y no comprar nada en Milán, los sujetadores y las bragas ecológicos de la feria de Berlín, la ciudad de Varsovia adonde prometimos no volver más, la indigesta cena de Nuremberg –nunca habíamos comido tanto–, la rabona que hicimos en Basilea para poder visitar la ciudad e ir, cual chiquillos, de puesto en puesto de la plaza central para probar sus mil y un quesos… Basilea… No podré olvidar tu dolor de muelas tras comer queso fundido con pan, y que no era dolor de muelas sino tu principio del fin…

Catorce meses después, tras llevarte al hospital, en un trayecto en coche donde hablamos, sí, de agricultura y de las páginas que aún tenías que escribir para el suplemento agrario de Diario de Sevilla, en un intento de olvidarte (y olvidarme) de las habitación de Oncología y esas agujas que para ti (y para mi) constituían un lógico martirio, te quitaste el sombrero y, sorpresa, logré, so coqueta, arrancarte unas risas hablando de tus pelos. Suerte tienes, te salen, a mí no. “Pero canos, tengo que ir a la peluquería, a teñirme, aunque todavía no sé de qué color”. “Pues rojo indescriptible, mujer”. “¡Ay, cómo eres!”. Y al despedirme y darte dos besos, mi querida Olatz, sabía que jamás te volvería a ver.

Han pasado casi seis meses y, ya con el sosiego en el alma, te dedico esta primera entrada del recuperado blog La siega. Porque hay personas que te marcan en la vida, y tú has sido una de ellas. Junto con tu nombre, Olatz Ruiz Melero, reza en tu lápida: Periodista. Qué mejor epitafio para tu vida…

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
(Miguel Hernández)

 

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