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Líbranos del mal ladrillo

Pues sí. Aquí tenemos ya el nuevo modelo de crecimiento económico que, allá por el mes de mayo de 2009, nos prometiera el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en su improvisado anuncio durante un mitin en Dos Hermanas. Tratábase la cosa de alejarnos del muy denostado ladrillo para adentrarnos de lleno, así, a golpe de decreto, en los mundos de la innovación y del manido término político de la sostenibilidad. Y tal cosa, qué suerte, arrancaría en Andalucía, sí, dijo Andalucía, ante la perplejidad de José Antonio Griñán, que, al mando de la comunidad, se preguntaba y esta cosa de qué va. Invéntense lo que proceda, pero hágase la palabra de un mandatario español que parecía ajeno por completo a la realidad de su país y, más concretamente, de la autonomía.

Y la realidad es muy tozuda. Casi cinco años después, quien gobierna esta comunidad, la también socialista Susana Díaz, nos engatusa con un plan para –aseveró– reactivar la construcción, y aquí cabría preguntarse si la cosa vuelve a su estado original tras constatarse que aquel idílico modelo –¿dónde hay que firmarlo?– no es capaz de generar el empleo con la rapidez que necesita una Andalucía ahogada por el paro. Si realmente alguien percibía una pronta Silicon Valley que abarcara todo Despeñaperros para abajo, semejante individuo no sería iluso, sino lo siguiente: un mero político.

Que se identificara construcción con vivienda fue un error gravísimo, puesto que, al final, han pagado justos por pecadores. Porque el ladrillo no sólo se constriñe a las especulativas promociones inmobiliarias, edificadas sobre la liberalización de los suelos y en numerosísimos casos, recuerden ustedes, sobre una espesa y escandalosa mancha de corrupción urbanística y política. El ladrillo, sí, es mucho más. Es la SE-40 y la torre Pelli, es un colegio y un hospital, es una cocina y un cuarto de baño reformados, es un arquitecto y un albañil, es un electricista y un fontanero, es una carpintería y una tienda de tela para las cortinas. Fíjense en cuántas actividades y cuántas profesiones han sido arrastradas por las quiebras (suspensiones de pagos o concursos de acreedores) de constructoras e inmobiliarias. Nunca entenderé, pues, ese desprecio contra el andamio y sus obreros destilado en los últimos días para atacar la iniciativa lanzada por Susana Díaz, sin negar, eso sí, las contradicciones de una Junta de Andalucía donde ayer fue negro lo que hoy es blanco.

Pero cuidado con el despertar de esa adormilada avaricia. Los últimos movimientos en la Bolsa española, con una fortísima revalorización de las inmobiliarias –que no constructoras– al calor del creciente interés de relevantes empresarios, en especial del dueño del imperio textil Inditex, el riquísimo Amancio Ortega, pronostican –y, sí, aquí todas las cautelas son pocas– una inminente recuperación del ladrillo. Y lo que parecería en principio bueno, da hasta miedo. Tropezar otra vez en la misma piedra, primero la burbuja para después el estallido, sería, de veras, para crucificarnos.

El manido argumento de la rápida creación de empleo, el que precisamente se esgrime para el rescate público de la construcción anunciado por Susana Díaz para el solar andaluz, ni debe ni puede ser excusa para abrir la mano en exceso. Pues usted sabe muy requetebién, mi querida presidenta, que abundan los empresarios que, escudándose en los pactos de la concertación (o paz) social y de la manita de la patronal CEA, llevan años haciendo cola y preguntando y de lo mío qué. No se deje caer en la tentación y líbrese del mal, amén.

¿Tentación? Pues claro: tratar de reducir a marchas forzadas –y como sea– el paro andaluz con vistas a las próximas elecciones, habida cuenta de que la recuperación económica será tremendamente lenta, y para que se note siquiera un algo –¡oh, triunfo!– que baja la lista del desempleo se tendría que recurrir sólo a qué: a lo de siempre, el ladrillo. Y he aquí el error, el mal.
¿Rescatarlo? ¿Resucitarlo? Sí. Pero como mero complemento y nunca como pilar esencial de la política económica. Lo fundamental, aunque no geste empleo instantáneo, es incentivar el resto de sectores: aquéllos en los que somos ahora fuertes –campo, agroindustria, turismo– y otros –industriales, tecnológicos, energéticos– que para Andalucía son futuro y no pasado.

P. D.

La parva. El nuevo presidente de la patronal andaluza CEA, Javier González de Lara, prometió rigor y transparencia en su discurso tras ser elegido por amplísima mayoría en una asamblea de la patronal donde la noticia hubiera estado incluso en una mayoría corta, habida cuenta de que no sólo era el candidato único, sino el candidato. Pues el patrón mal comenzó. Allí no se repartió ni un solo papel a la prensa respecto a la evolución, aunque fuera un avance provisional, de las cuentas de la patronal durante 2013, si hubo más o menos pérdidas que en 2012, si se dieron de baja más o menos empresas. Ni tan siquiera la memoria anual, ya saben, esa nutrida de fotos del presidente y su cúpula, aquí hemos estado y nos hemos retratado. No es precisamente holgada la economía de la CEA ni intacta su reputación como para que no ya haya datos.

La simiente. Permítanme que les dedique esta fructífera simiente a los compañeros de El Correo de Andalucía, cuya lucha por sacar adelante este medio de comunicación ha sido reconocida con un premio de la Asociación de la Prensa de Sevilla (APS), recogido ayer por quienes la han protagonizado, sus propios trabajadores. Lo cierto y verdad es que la historia vivida en los tres últimos meses por El Correo –decano de la prensa sevillana y hoy integrado en el grupo andaluz Morera & Vallejo– es digna de ser estudiada en las escuelas de negocio –queridos profesores y amigos del Instituto Internacional San Telmo, ahí queda el envite–, puesto que reúne múltiples facetas empresariales y laborales. Todo un caso para su análisis. Felicidades, compañeros.

La paja. Ni bares, ni cafeterías ni restaurantes de Sevilla se están dando precisamente prisas para cumplir con la obligación de retirar las tradicionales aceiteras rellenables y sustituirlas por otras que no puedan ser manipuladas y, por tanto, sin la posibilidad de mezclar el aceite de oliva del bueno con el no tan bueno. Desayunar fuera permite comprobar cómo permanecen los antiguos envases, prohibidos desde el 1 de enero pasado por mandato del Ministerio de Agricultura, a excepción de aquéllos que contengan aceites adquiridos con anterioridad a esa fecha. Estos últimos gozan de una moratoria hasta el próximo Día de Andalucía (28 de febrero). A partir de entonces, sólo envases cerrados y etiquetados. Pero bien estaría que se comenzara a vigilar.

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Marca blanca. Una relación de amor y odio

Con el corazón no se come, no, aunque sí quita las ganas de comer. Si vemos con sus ojos, el anunciado cerrojazo de la fábrica de Puleva en Alcalá de Guadaíra quizás duela más que los ya acometidos en la provincia sevillana por otras grandes empresas alimentarias como Saimaza, Danone, Panrico, Cargill o Central Lechera Asturiana por la sentimental razón de que aquella láctea era, hasta hace poquitos años, muy andaluza, muy nuestra, orgullo regionalista. Esta firma se identificaba plenamente con Granada hasta que el sevillano Antonio Hernández Callejas, presidente del grupo español Ebro Foods –y directivo que olfatea como ningún otro los peligros que acechan al sector del estómago–, la vendiera a la multinacional francesa Lactalis. Pero al margen de la descrita sensiblería –al fin y al cabo el negocio y el poderoso don dinero no entienden de fronteras ni de patrias chicas–, quede aquí constancia de que la industria alimentaria que presume de su propia marca tiene un serio problema: sacrificarse precisamente por y para la marca sin atender a la realidad de un país que enfila su séptimo año de crisis económica y de sangría laboral.

Me explico. Socorrido resulta ya el argumento de que una empresa alimentaria cierra por culpa del imparable crecimiento de la marca blanca (productos bajo etiqueta de la cadena de distribución), haciendo cargar sobre ésta la culpa de su propia incapacidad para adecuarse al mercado abaratando los precios conforme al recorte en el nivel de vida de los ciudadanos. Sin olvidar también que son legión los empresarios llamémosles marquistas que mantienen con los supermercados e hipermercados una relación de amor y odio: al tiempo que les escupen –la queja común: uy, cómo aprietan–, también les fabrican y envasan marcas del distribuidor, picando de aquí y picando de allá sin perder puntada, sin dejar escapar el filón del negocio. Eso sí, chitón, a ser posible que nadie se entere de que mi producto con renombre a precio equis y con publicidad de marca puede encontrarse en el mismo lineal con ligeros retoques, bajo otro apellido y a un precio de equis menos uno. Dice el súper: tenga usted, señor cliente, este abanico de posibilidades, y ese plus que se presupone a la marca, que lo pague quien quiera –y pueda–.

Que no se entiendan mis palabras como un ataque a la industria alimentaria, sí como dos lógicos toques de atención para que aflore la autocrítica. El primero: no se puede estar en misa y repicando, ni tampoco morder tan alegremente la mano que es una parte o el todo de tu sustento. Y el segundo: algo se estará haciendo mal para que las etiquetas de las cadenas de distribución acaparen ya en España el 41,5 por ciento de las ventas de alimentación –el dato es de 2012–, y subiendo.

¿Porcentaje escandaloso? La consultora SymphonyIRI Group, especializada en análisis de mercados de gran consumo, ha realizado un informe sobre el grado de penetración de la marca blanca en distintos países. Y concluye que el nuestro está por encima del promedio europeo (el 35,6 por ciento) y de EE. UU. (12 por ciento). Los extremos para los vecinos: en la parte más alta, el Reino Unido (50,5 por ciento), y en la más baja, Italia (16,8 por ciento). Sí, Italia, ese país que aún miles de vueltas nos da al venderse a sí mismo y vender su alimentación, aunque sea un aceite de oliva de Andalucía made in Italy

Y un dato más del estudio. La marca del distribuidor aumentó en el año 2012 ¡casi el triple! que la media europea (1,3 por ciento frente al 0,5). Cuando la urgencia aprieta, o te pones la pilas o terminan arrinconándote. Estamos, recuerden, ante una necesidad básica, comer, no ante la elección secundaria entre un Porsche y un Ferrari.

Cierto es que la clausura de industrias alimentarias se ha acentuado con esta ya larga crisis económica, aunque no lo es menos que la reestructuración de grandes compañías ya arrancó incluso antes, y ahí va este rosario de nombres: Unilever, Pastas Gallo, Campofrío, Nutrexpa, Orbit, Bimbo, Conservas Burela, Panrico, Parmalat, Henkel… Y como en cualquier otro negocio, concentrar fábricas para reducir los costes es la tendencia, y contra esa lógica de los costes es complicado luchar, con o sin pasadas subvenciones públicas.

Por supuesto, todo lo aquí escrito no es un pasaporte de libertad para que las cadenas de hipermercados y supermercados aprieten hasta ahogar a sus proveedores. Pero allí donde una multinacional pega el cerrojazo se abren posibilidades para las empresas más cercanas y vías de escape para los trabajadores que no puedan ser recolocados o prejubilados.

Y para terminar, una advertencia a esos políticos acostumbrados al populismo del boicot: recuerden que Puleva sigue aquí al lado, en Granada. Que esta empresa no es Danone…

P. D.

La parva. La posición de la Consejería de Agricultura a la hora de enfrentar la negociación del reparto nacional de las ayudas de la PAC ha sido tremendista y la del Ministerio del ramo, oscurantista. De un lado y de otro tratan de obtener el beneplácito de las organizaciones agrarias a sus posiciones, pero que quede clara una cosa: desde la Junta se han elaborado unas cuentas con pérdidas de cientos de millones de euros que surgen de la peor hipótesis y reclamando el todo por el todo, aún a sabiendas de que el dinero es el que hay y que cualquier ayuda para un sector se deberá detraer de otro. No todos pueden ganar…

La simiente. Javier González de Lara llamó personalmente a Ricardo Serra, presidente de Asaja Andalucía, para sondear si en la asamblea de la CEA de este jueves que elegirá al malagueño –único candidato y heredero universal– como nuevo mandatario de los empresarios andaluces la patronal agraria le brindaría su apoyo o no. Las relaciones quedaron prácticamente muertas con Santiago Herrero, y González de Lara trata de restablecerlas. Pero Serra le respondió que, de momento, no. Primero escuchará su discurso y después verá los hechos antes de bendecirlo. Un discurso coherente. Eso sí, asistirá a esa asamblea, de la que se ausenta desde hace años. Por algo se empieza…

La paja. Esperaba las críticas de IU al encuentro de Susana Díaz con el presidente del Banco Santander, Emilio Botín –no tanto los bandazos, unos maldiciendo, otros medio bendiciendo después–. Ya se sabe, el socorrido discurso de los bancos y el capital. Pero, sinceramente, no esperaba que desde las filas del PP de Andalucía se alzaran voces contra esa reunión, restando importancia a las buenas nuevas que la entidad financiera traía para la comunidad. No percibo, al menos en este caso, un doble discurso del Ejecutivo regional. Es compatible que legisle contra los desahucios al ser un clamor social y se ponga a la banca alfombra roja para que invierta. Lo del PP es la cizaña por la cizaña.

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Como decíamos ayer…

Nos adentrábamos ya en el otoño de 2007, justo con los últimos coletazos del boom económico y cuando nadie ni nada hacían presagiar que caeríamos en una larguísima crisis que a duras penas aún hoy tratamos de sacudirnos. De la mano de su entonces director, Antonio Hernández Rodicio, El Correo de Andalucía decidía entonces gestar una sección de Economía propia para conferir a ésta su merecida relevancia, apostando por temas locales y andaluces y, además, por todos aquellos que más directamente afectaran a los ciudadanos y, en definitiva, a sus bolsillos. El que suscribe este artículo se hizo cargo de la encomienda junto con Isabel Campanario y Clara Campos. Nacía así el reducto de los económicos, una gente rara cuyo principal empeño estribaba en hacer comprensible la Economía, esa cosa residual que apenas se tenía en cuenta, a sus lectores. Nuestras puertas quedaron abiertas a la agricultura, a la industria, a la construcción, a los servicios, a la tecnología, a los trabajadores y a los empresarios. Gran atención prestamos a explicar las reformas laborales, tributarias y financieras y, además, especial mimo les dedicamos a los empresarios –mucho más a los de verdad y a los emprendedores que aquellos cuasi adictos a la prensa, quede también dicho–.

Y vino aquella y hoy todavía esta maldita crisis. Primero negada –recuerden a Pedro Solbes–, después convertida en incertidumbre –con variopintos eufemismos, cada cual más retorcido, que buscaban restarle importancia–, más tarde en miedo –esa prima de riesgo, qué será de nosotros si nos intervienen– y finalmente en suma negrura, en pesimismo, un gigantesco desempleo y una absoluta ausencia de confianza que retroalimentaba –y aún retroalimenta– a la propia crisis económica. En la sección las cuestiones se desmenuzaban para, ante todo, explicarlas. Y la economía, esa gran temida y desconocida, era –para mal, siempre para mal– portada un día sí y al otro, también. A los económicos se nos buscaba: ¿Qué es un ERE? ¿Por qué se desploma la bolsa? ¿Quién es esa prima de riesgo? ¿Cómo me afectará la subida de impuestos? ¿A qué edad y con qué pensión me podré jubilar? ¿Cuánto tendré que cotizar? ¿Corre peligro mi dinero en tal banco, lo saco? Y, sobre todo, una pregunta sin respuesta posible porque nadie la tenía y, en cambio, sí fueron muchísimos –expertos ellos– los que se dieron de bruces al ofrecerla: ¿Cuándo llegará la recuperación y se frenará esta sangría del empleo? Éramos, por así decirlo, un paño de lágrimas. Se nos veía poco menos que como gurús pese a que nosotros teníamos las mismas inquietudes.

Pero la crisis y el paro también nos alcanzaron como El Correo de Andalucía y como sección. Un ERE inicial, una posterior tanda de despidos y un ERTE como remate hicieron que Economía desapareciera y su información quedara desperdigada a lo largo de las páginas del periódico. Estar estaba, pero dispuesta así se le estaba restando entidad. Quizás fuese la resignación ante lo evidente: todo era negro. Y ya se sabe: ojos que no ven…

Me disculparán ustedes, queridos lectores, por hablar de nosotros. Pero hay razones para contarles por qué tan larga ausencia –dos años y pico– y por qué hoy se recupera la sección propia de Economía de El Correo de Andalucía. Nos encontramos ahora ante lo que podrían ser –y fíjense en el podrían, puesto que la ingrata experiencia nos aconseja colocar el condicional por delante– los primeros atisbos de una verdadera recuperación, y no aquellos brotes verdes que, quizás ciega y sin mala fe, percibiera Elena Salgado en tiempos de Zapatero –y ya ha llovido–.
En el ánimo de contribuir a la misma, sacudirnos este sempiterno pesimismo, generar confianza y enraizar esa poca luz que se ve allá, muy al final del túnel, El Correo recupera Economía. Siguen el que escribe e Isabel Campanario y se incorpora Iria Comesaña. Clara Campos, muy a nuestro pesar, se bajó en el camino –suerte–.

Y como decíamos ayer…

P. D.

La parva. Lejos quedan los tiempos en los que los banqueros se trataban de usted y, por tanto, no se tiraban los trastos a la cabeza. No son modos ni formas los que han empleado hasta ahora los directivos de Caja Rural de Extremadura para divorciarse del SIP (o fusión fría) con la sevillana Rural del Sur y la Rural de Córdoba. La paz se ha impuesto, por fin, en los comunicados de prensa de ambas partes mientras prosiguen las negociaciones para esa –dolorosa– separación ordenada. Se espera que el pacto quede sellado a finales de enero para que le dé el visto bueno el Banco de España.

La simiente. En unos momentos en los que la constructora Sacyr ha dañado la imagen exterior de España por sus amenazas de paralizar las obras del canal de Panamá si no le sueltan más parné –sí, señor Gobierno de Rajoy, las empresas también pueden perjudicar la marca España, no sólo las huelgas de los trabajadores–, resulta estimulante que la multinacional sevillana Abengoa se haya adjudicado un macrocontrato en Chile para construir la mayor planta termosolar de Latinoamérica –nada más y nada menos que 730 millones de euros de inversión– y con tecnología desarrollada aquí al ladito, en Sanlúcar la Mayor. Y ya que hemos citado a Sacyr, esperemos que su repercusión no afecte a otras empresas sevillanas que, como el grupo Rusvel, tratan de abrirse paso en los contratos públicos de aquel país centroamericano.

La paja. No es frecuente que un empresario y un político se enzarcen en público, y menos cuando generan tensión –y vergüenza ajena– entre los presentes si faltan a las formas. Es lo que precisamente ocurrió ayer por la mañana entre el presidente de la Cámara de Comercio, Francisco Herrero, y el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, a cuenta del relevo en la presidencia del Puerto dado que su actual ocupante, Manuel Fernández, tiene los días contados. Que si le toca al Estado –dijo Herrero–, que si le toca a la Junta de Andalucía –replicó Zoido, en otro motivo más para la confrontación con el Gobierno autonómico–. Al margen de quién tuviera o no la razón –de hecho, cada uno tenía su parte–, lo cierto y verdad es que perdieron las formas, y este tipo de espectáculos no es para nada edificante. Riña de gatos.

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La Sevilla del turismo de hacer bulto

He de confesarles, queridos lectores, que fui yo quien desbarató el número redondo de personas para que éste no ascendiera exactamente a 1.600.000 y se quedara en 1.599.999, las que visitaron el iluminadííííísimo centro de Sevilla durante el pasado puente de la Inmaculada, o de la Constitución, tanto monta. Ese restante uno, díscolo, traicionero, aguafiestas, saborido, más que saborido, que eres un sieso, fui yo, sí, lo confieso, entono el mea culpa, solamente mea. Pero, salvo caso de extrema gravedad o salida nocturna, yo por semejante jungla no paso. No percibo placer alguno en las masas, ni que esta ciudad, alentada por la sempiterna política de fiestas de quienes gobiernan en Plaza Nueva, sucumba al encanto del bulto. La cosa me recuerda a cierto profesor de Ciencias de la Información cuya teoría de la maquetación se reducía a manshshshar. Manchar con lo que sea, pero había que manshshshar.

Y esa imagen del agobio agobiante, muuuuuucha gente, hay que venderla fuera para atraer dineritos a sus señorías del Centro, a saber, comerciantes, hosteleros y hoteleros, en esa partidaria y muy interesada teoría de que si el Centro va bien, el resto de la plebe de los barrios tendrá también el contento en la caja registradora. La aristocracia primero, batiendo palmas al Ayuntamiento con las orejas, y después los demás, la otra economía populacha de comerciantes, hoteleros y hosteleros a quienes no preguntaron cómo les fue realmente el puente.

Uno, que es curioso y cotilla por aquello de la degeneración profesional, pega su indiscreto oído a una conversación entre la encargada y una camarera de la cafetería donde suelo desayunar, en Pino Montano para más señas, y le cuenta quejosa: “En lo que llevamos de este mes de diciembre, han entrado en caja unos 500 euros menos que por las mismas fechas del año pasado”. Querida mía, qué decirte yo, aguarda al mapping de la plaza de San Francisco que, por segundo año consecutivo, nos traerá nuestra Zoidonavidad –sí, señor alcalde, a coste cero, no pierda ocasión para recordarlo–, lo grabas sin perder detalle alguno y lo emites una y otra vez por la panorámica televisión de tu bar. Hordas garantizadas.

Oye, señor turista alemán, después de estar harto de trabajar, porque en Alemania sí se trabaja, déjese usted de tranquilidad, hombre, véngase a la bulla de Sevilla, que en su día patentamos para la Semana Santa y ahora la hacemos extensible al mes y medio que dura nuestra Navidad. No pasee por sus calles, no, déjese llevar cual borrego por el rebaño. No compre con paciencia y mesura, no, súmese al estresante estrés de las larguísimas colas y al de las familias enteras, padre, madre, hijo, novia y el pobre abuelo empujando el carrito del bebé y con la cartera dispuesta. No deguste la tapa y el vino, no, desespérese en grado sumo para pedirlos al camarero, cójalos y realice después un sprint hacia la mesa en un intento de comer sentado, fracase y engulla de pie y esquivando codazos. Y, ya por último, cuídese de los empujones, que puede terminar sobre el asfalto atropellado por el autobús que, a duras penas y con el riesgo que entraña, trata de hacerse paso entre la jauría humana o, si coge el coche, échele resignación para sortear el tráfico. Son sólo pequeñitos inconvenientes para disfrutar de esta ciudad sin moderación y del bulto.

Muchos, con la grasia sevillana, vendrán a replicarme, oye, tú, so sieso, que esto es Sevilla, casssi ná. Pues esta Sevilla quédensela, todita para ustedes, ahora, eso sí, ni una queja quiero del tipo “en el Centro no se puede estar, hay demasiada gente, no vuelvo, el coche se lo ha llevado la grúa, si lo sé no vengo”. En mi soledad, yo seguiré replegado en mi barrio, o en los barrios, para, dentro de mis posibilidades, hacer negocio a los comerciantes y hosteleros plebeyos, puesto que la aristocracia ya está bien surtida, pero que muy bien surtida, con esta Zoidonavidad.

No estoy restando valor a los esfuerzos del Ayuntamiento para generar más atractivo turístino y animar el aún depauperado consumo. No descubro la pólvora al decir que la tan necesaria creación de empleo requiere del impulso a la actividad económica. Sí cuestiono, en cambio, la estrategia, errónea a mi parecer, de comercializar el producto turístico Sevilla como un turismo de bullas, de masas, de bulto. Porque son imágenes que se quedan impregnadas en la retina, se tornan preconcebidas y, a la larga, pesan y pasan factura. Que, por ejemplo, se traslade como un triunfante triunfo el urgente corte de la circulación del tranvía por la masiva afluencia de público en la avenida de la Constitución y la Plaza Nueva es, lejos de un rotundo éxito, un absoluto fracaso, salvo para la propaganda política que encumbra al señor alcalde con decenas de miles de bombillitas de colores y rayos láser.

Éste es el segundo año de la Zoidonavidad. Después del primero, recuerden, el frío de enero nos dio un doloroso guantazo en la cara y nos devolvió la crudísima realidad de una economía y un empleo que fueron a peores. Tras el segundo, a ver si la aristocracia se queja mucho o poco, pero quejarse se quejará. Yo seguiré siendo ese uno, poquita cosa, que joderá aquel 1.600.000.

P.D.

La parva. Pocas horas antes de que el alcalde de Sevilla diera, acompañado por nueve concejales, una rueda de prensa para presentar las novedades de uno de los exitosos productos de la factoría Zoido, el mapping navideño, su delegada de Hacienda, Asunción Fley, hacía lo propio, pero sola, para explicar las cuentas de los presupuestos para 2014. Es lógico que las convocatorias ante los periodistas las atiendan aquellas personas que realmente conciben el asunto, lo entienden y pueden explicar sus detalle. Pero no deja de sorprender la comparación y, por tanto, el bajísimo perfil al que ha quedado reducido el regidor.

La simiente. Después de meses y meses de trámites y agónica burocracia en los que realmente pensé que el proyecto gourmet para las Naves del Barranco se iría al carajo como otros muchos de Sevilla capital, al final ha triunfado la paciencia y la transformación del edificio junto al puente de Triana ha comenzado. La cosa gourmet está de moda, sí, y puede incrementar no sólo la oferta gastronómica de la ciudad, sino también revalorizar las producciones agroganaderas y agroindustriales de la provincia. Así, la reciente apertura del mercado gourmet del céntrico El Corte Inglés de la Plaza del Duque, el propio mercado de abastos de Triana, y el proyecto para el mercado de la Carne bajo el puente de los Bomberos dan idea de la pujanza del sector gastronómico. Bienvenidas sean todas las iniciativas… y ojalá haya negocio para todos.

La paja. Es curioso que Santiago Herrero, presidente de la patronal CEA hasta enero, recurriera a la misma justificación que los líderes de UGT cuando se quieren quitar los marrones de encima. Eso de hay conspiraciones mediáticas contra mí, a izquierdas o derechas, está ya muy manido y revela la falta de argumentos por parte de quienes no quieren aclarar los escándalos. Pero resulta aún más sorprendente el silencio –salvo rara avis– dentro de los órganos de la patronal en un intento –supongo– de lavar en casa los trapos sucios y que no se sequen a la luz pública. Pues con su cobardía, su silencio, ese no pedir siquiera explicaciones sobre el caso de las VPO de Sevilla Este, el agujero económico de la CEA y el fracaso de la concertación social, se vuelven cómplices de la pérdida de credibilidad de la CEA y de lo que esté bajo las alfombras…

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El abogado del diablo

Por venir de quien venía, de un juez –en excedencia, sí, pero un juez– la suma ligereza de palabra y sentimiento con que Juan Ignacio Zodio acogió la pena de cárcel confirmada por el Tribunal Supremo para el abogado José María del Nido, hasta ayer presidente del Sevilla FC y que precisamente ha dejado de serlo para entrar en prisión, me dejó estupefacto. Dijo el señor alcalde que la sentencia del máximo órgano jurisdiccional del Estado –salvo en materia de garantías constitucionales– no era una buena noticia ni para el club –algo que se presuponía– “ni para la ciudad”. Eso sí, matizó quien no es juez porque es alcalde, hay que respetarla y acatarla. Menos mal, respiró uno aliviado con tal apostilla.

Nunca una condena en firme, sin apelación a instancia judicial superior –excepto al Constitucional en recurso de amparo– y salvo fatítico error del propio tribunal que, por supuesto, también puede existir, puede ser catalogada como una mala noticia porque, al fin y al cabo, se está aplicando y ejecutando la Ley. En todo caso, la mala noticia estaría realmente en la comisión del delito, no en la demostración de que éste fue cometido y, por tanto, al infractor le corresponde penar conforme dicta la legislación. Y ante ésta no caben condenados de primera y condenados de segunda en función de la relevancia social de los protagonistas. Aquí somos todos iguales.

Posiblemente Del Nido haya sido el mejor presidente del equipo sevillista y sea, además, un extraordinario abogado, reconocido como tal en la profesión. Y eso nadie se lo quita. Es más, una vez purgada su pena, y a tenor de la arrogancia que le caracteriza y de la que, asimismo, hace gala, volverá a ser lo uno y lo otro. Pero lo que a día de hoy cuenta es que el Supremo considera comprobado que cometió delitos continuados de malversación y prevaricación. Con trabajos jurídicos innecesarios y honorarios claramente desorbitados en connivencia con ese otro hombre de dudosísima reputación como es Julián Muñoz, se enriqueció personalmente a costa de expoliar las arcas públicas del Ayuntamiento de Marbella. Es, en resumen, el llamado caso Minutas.

¿Que el personaje tiene relevancia social? Mucha no. Muchísima. De hecho, por tenerla y por su gran capacidad de influir sobre la gente cabría incluso exigirle al ciudadano José María del Nido un plus de responsabilidad social, de vida y de proceder ejemplares, un espejo donde el resto de ciudadanos –y muy especialmente los niños y jóvenes– puedan mirarse y que la imagen reflejada sea la de un referente intachable, y no la de un corrupto.

Pero ya que hablamos de relevancia social, pensemos en otros personajes mediáticos que fueron condenados en Sevilla. Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito, quien atropelló y mató a un hombre y se dio a la fuga. ¿Su condena fue una mala noticia para la ciudad? Sinceramente, creo que no. Pagó en prisión sus delitos, y ahí está ya otra vez bailando y paseando su arte y el nombre de Sevilla por los tablaos del mundo, aunque en su mente –y en la de todos– quedará aquel muerto tirado y abandonado una noche en un paso de cebra.

No nos vayamos tan atrás y recordemos a Isabel Pantoja, condenada a dos años de prisión y a una multa millonaria por blanqueo de capitales en Marbella, en una sentencia pendiente de recursos ante el Tribunal Supremo –la Fiscalía ha reclamado aumentar la pena de cárcel para que la tonadillera, ahora eximida y en libertad, esté efectivamente entre rejas–. ¿La condena fue una mala noticia para Sevilla? Sinceramente, tampoco lo creo. Ella sigue cantando y en su reaparición en Sevilla cosechó auténticas masas. Condenada Pantoja, qué grande eres, titulaba su crónica del concierto Eduardo del Campo, compañero de El Mundo. Y, en efecto, en la copla será la más grande y eso no se lo quita nadie, pero la Audiencia Provincial de Málaga dictaminó conforme a la ley que esta mujer fue una corrupta.

No. Las sentencias condenatorias no son malas noticias para una ciudad. Lo serán para el propio condenado, para su familia, para su entorno, para su empresa, para su club, pero no para el conjunto de la sociedad. Al contrario, es la confirmación de que la Justicia funciona caiga quien caiga, sea el muy relevante José María del Nido, sea el muy desconocido de la esquina de un barrio cualquiera. A los quejumbrosos habrá que recordarles que la estancia en la cárcel es considerada también un periodo de preparación para reinsertar al condenado a la sociedad contra la que delinquió y la que, como castigo, le privó de su libertad. Y quién sabe, quizás tal reinserción venga acompañada en el futuro de mayores glorias que las pasadas.

Al alcalde sólo me resta lanzarle una pregunta: si todos los casos judiciales que implican a antiguos gestores del Ayuntamiento –por ejemplo, en Mercasevilla o Fundación DeSevilla– se resuelven finalmente con condenas, ¿serán entonces malas o buenas noticias que esclarecen, revelan y castigan la corrupción denunciada por usted mismo ante los tribunales? Responda usted como juez en excedencia, no como un político, no como un juez de parte, no como un abogado del diablo defendiendo aquello que, a sabiendas, no puede o no podría defender.

P. D.

La parva. Que dice Mariano Rajoy que el cabeza de cartel del PP de Andalucía se elegirá –por su propio dedo– después del turrón. Dependerá, supongo, del mayor o menor empacho de dulces que el presidente tenga tras las Navidades. Eso sí, no ha detallado si come turrón del duro o turrón del blando, cuestión que aclararía mucho las cosas. Lo que sí está claro es que aquí sólo hay un mazapán, marca Zoido, que quiere largarse, centrarse en la guinda que es la ciudad de Sevilla y arrancar ya la campaña, que le va a hacer mucha falta. Mientras más se demore aquel dulce dedazo, menos sabor para el mazapán.

La simiente. Todo un acierto ha sido hacer coincidir la celebración del Sicab, el tercer evento socioeconómico de la capital sevillana tras la Semana Santa y la Feria de Abril, con el puente de la Constitución. El incremento en el número de visitantes al salón por excelencia del caballo de pura raza española y también las previsiones de ingresos para las ganaderías y negocios presentes en la muestra avalan tal cambio de fechas que habría que tener en cuenta para ediciones venideras. Muy lejos queda, pues, esa imagen de una feria y un mundo, el del caballo, reducidos a las gentes del campo y a los señoritos andaluces. Este Sicab es un gradioso acontecimiento económico para esta ciudad que hay que cuidarlo.

La paja. Si el jefe, pongamos que el alcalde, Juan Ignacio Zoido, realiza públicamente un anuncio –comprometiendo su palabra– y pide al subordinado, pongamos que Maximiliano Vílchez, su delegado de Urbanismo, que se ejecute y no se hace, o falla uno o falla el otro, o los dos. Si en octubre el regidor dijo vamos a rebajar los alquileres de las viviendas de Emvisesa para las familias necesitadas, no puede ser que en Urbanismo se escuden ahora en la burocracia para resolver en dos meses tan solo una entre 160 peticiones. Se entendía que la iniciativa de Zoido –halagada en su día por El Correo de Andalucía– era urgente, y no un mero anuncio –otro más– que durmiera el sueño de los justos o de Vílchez.

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Zoido y su pequeña cosa

En el borrador del larguísimo discurso que Juan Ignacio Zoido se disponía a pronunciar durante la promoción de la ciudad en la Eurocámara –a Dios gracias que lo acortó, ya lo veía diciendo el ‘vaya coñazo que he soltado’ que se le escapara a José María Aznar en la misma sede parlamentaria–, el alcalde citaba las no sé cuántas podas que, a lo largo de sus dos años de mandato, había acometido en los no sé cuántos árboles de su Sevilla maravillosa. Menos mal que, al final, obvió tamaño éxito de su gestión, como también eliminó la referencia a las dolorosas bajo palio que procesionan en la Semana Santa, ni se imagina nuestro regidor los sudores que evitó al imaginario traductor alemán, qué es una dolorosa, qué es un palio, así, tradúzcalo a vuela pluma. Está tan orgulloso de sus podas, sí, que las llevaba hasta Bruselas, vean sus señorías de veintisiete países comunitarios la virtud de las pequeñas cosas.

Una poda, una señal en vertical o en horizontal, un bache, un árbol plantado, un paso de cebra pintado, una calle pavimentada o asfaltada. Esa micropolítica que, muy cercana al ciudadano, beso por aquí, abrazo por allá –para esto hay que valer, oye, pues al hombre le sale así, al natural, para nada forzado–, lo elevara a la Alcaldía con una mayoría absoluta desconocida en la historia democrática de la capital. ¿Sólo eso? No. Eso, lo pequeño, más una retahíla de grandiosos proyectos a lo largo y ancho de esta ciudad que ni están ni, al menos por ahora, se les espera. Si atisbos hay de que no saldrán adelante, mejor aguantar el tirón y callarse la boca, pues gran frustración generan los anuncios de los anuncios de los anuncios que nunca se concretan, ¿verdad?

Y es que en el circo electoral y mediático de lo grande, al popular Zoido, a la hora de realmente gestionar, le crecen los enanos. Se sumerge en la maraña administrativa –ésta figura entre las causas de que el Caixafórum abandonara las Atarazanas y huyera a la torre Pelli–, se empecina en proyectos que suscitan la oposición o las dudas legales de la Junta de Andalucía –centro comercial en la plaza de la Gavidia, aparcamiento en la Alameda–, se enreda con apuestas sin medir todas sus consecuencias –mayor calado para el cauce del río–, se topa con enfrentamientos dentro de su propia formación política –con Teófila Martínez a cuenta de la Zona Franca pero también con el PP de Huelva y Cádiz por el dragado del Guadalquivir–, se empantana en las negociaciones con empresas privadas –tabaquera Altadis– y, el caso más reciente y donde no puede culpar a nadie, se da de bruces con el clamoroso fracaso de un concurso público, al que ninguna constructora acude, concebido por el equipo municipal para adjudicar las obras de sus dos primeros parkings: San Martín de Porres y El Cid.

Y se buscan explicaciones peregrinas. Sí es cierto que la crisis económica y la falta de crédito bancario dificultan la presentación de ofertas por parte de las constructoras, aunque también lo es que las entidades financieras valoran cualquier tipo de inversión que reporte ingresos seguros, especialmente cuando son por adelantado, y éste es precisamente el caso de un aparcamiento, eso sí, cuantas más plazas rotatorias tenga, mejor. No puedo creerme, en cambio, el siguiente argumento esgrimido por el Ayuntamiento: las condiciones de los pliegos eran tan estrictas que nadie las quería.

A ver. ¿Para qué se convoca un concurso al mejor postor a sabiendas de que, tal y como está el patio de la economía, no prosperará? ¿Por qué se pusieron unos requisitos tan severos si se sabía de antemano que no iban a ser aceptados? Esta ciudad ya tiene unos cuantos aparcamientos subterráneos, donde se mezclan plazas de residentes y rotatorias de pago, como para hacerse una idea de por dónde cojean la concesión y las concesionarias. Porque si efectivamente la actividad no se conoce y se convocó un concurso al tuntún, o no se recabó información de las empresas que tienen experiencia –-he puesto expresamente información, conocimiento, sólo detalles, nunca otra cosa– o se habló con muy pocas, esto último sí me preocupa, y mucho.

Ni pensar quiero –y, de hecho, no lo pienso– que se arbitrara un concurso tan complicado para declararlo desierto y negociar después condiciones más, digamos, livianas con las constructoras que ya actúan de concesionarias de parkings en esta ciudad. Proceder así sería causa más que legítima para que el resto de empresas dijeran, oye, Ayuntamiento, que estás ofreciendo ahora a una o a unas cuantas lo que en principio negaste con carácter general. No estamos hablando de moco de pavo, sino de contratos que, tanto en San Martín de Porres como en El Cid, superan los 6 millones de euros y, reitero, concesiones con unos ingresos regulares y al contado. Y a nadie le amarga un dulce en estos tiempos de crisis.

Sí, el alcalde tiene un problema con lo grande y ahora también –¡horror!– con todo lo pequeño. Porque esto, lo pequeño, no solamente ha dejado de ser de su entera exclusiva, sino que se ha convertido en su trampa. Ahí tenemos al socialista Juan Espadas, quien ya, por fin, se ha sacudido el letargo, recorriéndose más y más los barrios y preparándose para una larguísima campaña electoral de desgaste. El anverso de la micropolítica tiene su reverso: la microdenuncia de la micropolítica incumplida. Y así será durante casi dos años…

P. D.

La parva. Se pregunta uno si el campanario de la iglesia de San Lázaro aguantará las aguas del próximo invierno puesto que está de mírame y no me toques. Tanto la Diputación de Sevilla como la Consejería de Salud –el edificio se encuadra en el hospital del mismo nombre, junto al cementerio de San Fernando– parecen haber apostado por abandonar la iglesia a su suerte, porque allí no existe actuación alguna pese a los proyectos de rehabilitación anunciados y nunca ejecutados. Una lástima este descuido del patrimonio histórico. Ya llegará el día en que lloraremos por él o por quien se quiebre la cabeza al caerle encima el campanario.

La simiente. La semana pasada se nos fue José Manuel Pumar Mariño, presidente de honor y uno de los fundadores de Inmobiliaria del Sur (Grupo Insur). Aunque el ladrillo esté actualmente mal visto, Pumar Mariño ha sido uno de los empresarios más importantes que ha dado la ciudad de Sevilla. La compañía cuyas riendas dejó en manos de Ricardo Pumar, presidente en estos momentos, es muy seria, y ha hecho las cosas con cabeza. No en vano, Insur posee un accionariado muy fiel –las caras se repiten cada mayo o junio cuando celebra su junta anual de accionistas en un hotel de Sevilla– a pesar de la caída de la cotización de sus acciones en bolsa. Más allá de los vaivenes del mercado bursátil, Insur está centrada en la actividad del día a día, y su intención es amarrar accionistas seguros y no especulativos. Desde aquí, reconocimiento al gran empresario.

La paja. Los populares andaluces andan desquiciados tras la renuncia de Griñán y mal hacen si persisten –o Rajoy persiste– en su discurso del ya habrá candidato a la Junta de Andalucía. Primero que si la llegada de Susana Díaz a San Telmo es un fraude sin haber pasado por unas elecciones autonómicas, como si los sucesores de Esperanza Aguirre en la Comunidad Madrid y de Alberto Ruiz Gallardón en su capital hubiesen contado con la validación expresa de las urnas. Después que si no presentaremos o no sabemos si presentaremos alternativa a Díaz en el debate de investidura. Y por último, que se convoquen comicios andaluces aunque no haya necesidad de nombrar ya a un candidato por el PP. Dice la oposición local que Zoido no está en Plaza Nueva. Donde no está es en San Fernando, y si no quiere estarlo, mejor que tome la puerta…

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Allí donde maten las armas

Yo tengo una escopeta. Bueno, es de mi padre, cazador él, su gatillo nunca lo he apretado, pero ahí está mi arsenal en herencia, por si algún día se despierta uno a lo Michael Douglas en Un día de furia y se lía a tiros, ganas no me faltan –léase como un decir de los muchos que se dicen–. El arma, una reliquia de los años sesenta que pesa tanto como los muertos de sus muertos, animales todos, conejos, perdices, palomas y poco más, tiene más papeles que una obra de teatro y, para obtenerlos, lo primero, además de apoquinar las perceptivas tasas públicas, es pasar satisfactoriamente una revisión médica que certifique que su dueño, aquí pongamos que yo, se encuentra muy bien de salud y, sobre todo, que no está majara. Si algún trámite falla o el permiso caduca, véanse estos guardias civiles que vienen a mi casa para llevarse al cuartel la escopeta requisada. Es cual nómina de un trabajador: a quien la tiene, le vigilan con extremo celo, no se escapa, y no vean, en cambio, cuantísima economía sumergida campa a sus anchas…

Fue mi compañera María José García quien se encargó la pasada semana de cubrir el crimen de las Tres Mil, donde una pequeña de siete años –¡siete años!– falleció víctima de una bala perdida en un indiscriminado tiroteo cuando un clan trataba de ajustar cuentas con otro. Un inciso. Dicen que estos clanes de la droga y la delincuencia tienen matriarcas y patriarcas, mujeres de delantal y hombres con bastón cuyas férreas manos conducen los entresijos y los negocios de sus familias. Uno, que siempre espera buenos consejos de padre, madre, abuelo y abuela, jamás llegará a comprender de qué madera están hechos quienes inducen a sus hijos y nietos a la violencia y al delito. Malas personas.

Sigamos el relato de María José García, que allí, en el lugar del crimen, habló hasta con el perro que pasaba. Sorprendida venía tras constatar que los propios vecinos conocían qué tipo de armas se había utilizado en el tiroteo, que si munición, que si calibre, que si pudieran ser de procedencia militar… Palabras, testimonios en primerísima persona, de quienes están acostumbrados a convivir con ellas y, en algunos casos, los menos, a manejarse y servirse de ellas. Y mientras mi compañera proseguía su narración, uno, que, reitero, tiene una escopeta, recuerda cómo pide los cartuchos en la armería para el padre: “Dos cajas del cinco y una del seis”. Y si, para mi vergüenza, el dependiente peca de experto y solicita detalles sobre el encargo, en la recámara tengo una socorrida respuesta: “Es para matar pájaros”.

Que exista tanta familiaridad con las armas revela que lo sucedido en el Polígono Sur no es un hecho puntual, como proclaman unas administraciones públicas que llevan tres meses diseñándole el esmoquin al Comisionado, desde que Jesús Maeztu pasara a mejor vida, la de Defensor del Pueblo Andaluz. No estoy diciendo que una figura institucional vaya a traer precisamente el milagro a la zona, pero digo yo que en algo ayudará y, sobre todo, dejará muestra del compromiso hacia la barriada. No, insisto, no es un hecho puntual, sino la evidencia de que las armas son allí –y aquí, porque ellos también somos nosotros, Sevilla– el pan suyo de cada día. Sin papeles, sin tasas por los permisos, sin certificados médicos, sin la especial vigilancia que requiere una zona donde existe constancia policial y vecinal de que hay un auténtico arsenal metido en las casas de los clanes de la droga y rulando peligrosamente por las calles.

Llego al meollo de este artículo. Qué gran cantidad de comunicados de prensa de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado desplegados en Sevilla desembarcan en las redacciones de los periódicos y qué mala memoria tendré si les confieso que no recuerdo ni uno solo que últimamente haga referencia al tráfico de armas en la provincia. Será algo aislado a tenor de la falta de información sobre la circulación ilegal de escopetas, pistolas, fusiles, metralletas y demás engendros de la muerte. O será que, aun sabiendo que las hay, el silencio oculta la carencia de una efectiva persecución policial. Yo seguro sólo sé una cosa: que una bala mató a la niña Encarnación procedente de una pistola que, me juego el cuello, no tenía papeles.

Mis palabras, cuidado, no ponen en cuestión toda la magnífica labor realizada por los policías en este caso, y desde aquí vayan por delante mis felicitaciones por su pronta resolución y, asimismo, por esa grandiosa satisfacción de saber que los presuntos responsables del tiroteo que sesgó la vida de la pequeña, el clan de Los Perla, duermen entre rejas y sin sus ocho kilos de oro, frutos de las lágrimas vertidas por madres, padres, abuelas y abuelos honrados, de cualquier bloque del Polígono Sur como de cualquier barrio del resto de la capital, que han visto caer a sus hijos en el infierno de las drogas.
Dicho esto, señora delegada del Gobierno en Andalucía, Carmen Crespo, y señor alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido: la seguridad es esencial en todos los barrios. Sí, absolutamente en todos. Pero la lógica indica que debería ser mucho mayor en las Tres Mil que en el Casco Antiguo. Y simplemente es una cuestión de armas.

P. D.

La parva. Sí, será como clamar en el desierto, pero ahí va mi carta a los Reyes Magos que habitan en el Palacio de San Telmo. Mi querida próxima presidenta, Susana Díaz: Sólo le pido que, en la formación de su Gobierno, primen los intereses de Andalucía –economía, empleo y Estado del Bienestar– sobre los intereses del partido, y que las personas que ponga al frente de las consejerías lo sean por méritos propios y no por el servicio al partido. Porque uno podrá ser muy útil a las siglas políticas pero tener nula capacidad de gestión, y es precisamente de ésta, de gestión, de la que anda escasa nuestra Andalucía.

La simiente. La recuperación de Itálica para el teatro es todo un acierto no sólo por ampliar la oferta escénica de Sevilla, sino también por el encanto de presenciar una obra en el recinto romano –por algo tendrá tantísima aceptación el festival de Mérida–. Se trata, además, de una vía de escape para las compañías teatrales y actores de Andalucía ante el recorte de ayudas públicas, asumiendo el riesgo de ir a taquilla, tal y como nos explicaba Dolores Guerrero en un reportaje publicado en El Correo de Andalucía. Confiemos en que esta iniciativa, constreñida a doce actuaciones entre los meses de agosto y septiembre dentro de la programación Teatros Romanos de Andalucía diseñada por la Consejería de Cultura, se mantenga en años venideros, consolidando Itálica para el teatro, al igual que ya lo está sobradamente para la danza.

La paja. Cada vez que España quiere presumir de tecnología traemos a los inversores extranjeros a las plantas solares de Sevilla, sobre todo a la de Abengoa en Sanlúcar la Mayor. ¡Miren qué magníficos somos! Por allí han pasado reyes, príncipes, presidentes, financieros, y todos con el ¡oh! en la boca. Después perdemos la fuerza por esa misma boca tras los tijeretazos a las renovables –que es una clara inversión de futuro, no sólo económica, también tecnológica y medioambiental– y cuando se pretende incluso imponer un impuesto estatal sobre las placas solares de autoconsumo eléctrico de viviendas particulares y pymes, frustrando las expectativas de ahorro a unas familias y empresas que ejecutaron un desembolso no precisamente bajo. La próxima visita internacional, que se hagan a la térmica de Endesa en Carboneras. Qué bonitos humos…

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Para ser francos

A falta de obras faraónicas por aquello de que no hay presupuesto y en abundancia de eslóganes y promesas electoralistas que, a la larga, se están cayendo por su propio peso, dejando al descubierto mucho ruido y pocas nueces en la gestión municipal, Juan Ignacio Zoido está desplegando un enorme esfuerzo para sacar adelante y vender las bondades de la Zona Franca de Sevilla, un recinto vallado con beneficios fiscales para las empresas allí instaladas. Cierto, la cosa es buena, todo lo que sea atraer inversión y crear empleo, aun a costa de suavizar impuestos empresariales, ya estamos los curritos para compensarlos con los nuestros, sea bienvenido, alfombra roja. No es menos cierto, sin embargo, que este proyecto, que todavía tiene mucho sobre el papel y muy poco de realidad –si bien sí se pisará el acelerador para que el señor alcalde corte la cinta antes de los próximos comicios–, nace con tantas dudas que uno llega a preguntarse si, una vez más, Sevilla está construyento la casa por el tejado y si hay franqueza al respecto.

Sostienen en el Ayuntamiento que Renault y Airbus –qué socorridas resultan estas compañías cuando hay que otorgar grandilocuencia a un discurso– estarían interesadas en instalarse en los terrenos portuarios de Torrecuéllar, ideado a modo de paraíso fiscal, pero del bueno, no se trata de evadir, sino simplemente concebirlo como una especie de depósito aduanero libre de impuestos hasta que se produce la salida (comercialización) de los productos made in Zona Franca –por ende, más que hablar de rebaja tributaria habría que hacerlo de retraso temporal en el desembolso del parné al Fisco–. Pues miren por dónde aquí aflora una primera duda, puesto que ambas multinacionales, que ejercen un fortísimo poder de arrastre sobre el conjunto de la industria provincial, no reclaman tanto este recinto como el dragado del Guadalquivir para menguar sus costes de logística y transporte.

El incrementar el calado del río desde la desembocadura en Sanlúcar de Barrameda hasta el Puerto de Sevilla es, pues, un elemento capital para la Zona Franca. Sin él, la cosa quedaría constreñida a zonita, como esa pedazo de nueva esclusa que, sin ese dragado para el que fue realmente parida, es una mera esclusita. Es la estrategia del vamos a hacer y ya se verá, y así se edifican los castillos en el aire. Es más, y abro paréntesis. A tenor de las declaraciones públicas de unos y de otros, absolutamente nadie dice la verdad sobre qué hay del dragado, o todos mienten. A día de hoy, sólo hay una única verdad, y es que no hay nada, salvo un permanente y sempiterno día de la marmota. Cierro paréntesis.

La segunda duda que surge atañe a si hablamos de nuevas empresas o de las mismas empresas que cambian ubicación. Lo primero sería creación de tejido productivo, lo segundo, un mero traslado de filiales, sucursales u oficinas al calor del beneficio fiscal. Miren, si esta sevillana Zona Franca llega a mover los mil millones de euros anuales en facturación calculados por el equipo de Zoido, besaría al regidor los pies siempre y cuando tamaña cifra fuera realmente nueva facturación, y no antigua. Un ejemplo: si la actividad de Renault en Torrecuéllar reporta cien millones más, a sus pies; si, en cambio, computa allí cien millones que en principio corresponderían a su fábrica de San Jerónimo, pues oye, eso no tiene mérito ninguno. Sumaríamos aquí lo que restaríamos de allá, y así, mi abuela.

Vender que ese recinto será en actividad económica como tres cuartos del parque tecnológico de Cartuja suena requetebién, pero fíjense cuántos años ha tardado Cartuja en consolidarse y ser lo que hoy es, un enjambre empresarial. La manía con dar grandes titulares así, redondos, digamos mil millones de euros, choca con la tozuda realidad de la crisis económica y empresarial y la ausencia de financiación bancaria para emprendedores, y de éstas el Consistorio debería haber aprendido ya a ser prudente. El espejismo acarrea frustración, déjenme que les recuerde aquello del alcalde del empleo y esto lo arreglo yo en quince días.

La Zona Franca va para largo, sí, no queda mucho, sino todo por decidir, absolutamente todo. ¡Y cuidado! Si se ha apostado tanto por el proyecto, guárdense de que finalmente no resulte una engañifa, puesto que siendo una bandera personal de Juan Ignacio Zoido, aquí no hay Junta de Andalucía a la que cargarle las culpas, y sí un equipo de gobierno local que, con su gestión, se juega, esta vez más que nunca, su propia credibilidad.

Llegados al tramo final de este artículo, tres ruegos. El primero a usted, estimado lector: cuando circule por el puente del Quinto Centenario, con enorme precaución baje la mirada a uno y otro lado. Eso es el Puerto, ahí hay actividad, hay economía, hay empleo, y también oportunidades para todos. El segundo al Ayuntamiento, diligencia, por favor, y procuren que esto no sea humo. Y el último a la oposición municipal, si la Zona Franca nos sirve y sienta las bases para generar industria, aparquen la política y hagan esfuerzo de sumar y tender puentes, y el de ayer con Cádiz es el camino. Porque, siendo francos, muchísimas son las dudas que despierta un expediente cuyo contenido ignoramos –por cierto, ¿lo conoce la propia Autoridad Portuaria?, ¿en Plaza Nueva se tiene desgranado o sólo han realizado un esbozo jurídico?, ¿está siendo realmente franco el Consistorio?, y ahí dejo las preguntas–, pero muchísima es también ya la desesperación.

P. D.

La parva. La dejadez de la dársena del río Guadalquivir entre el puente del Alamillo y el Huevo de Colón es lamentable. Parece que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG) no quiere darse cuenta de que es casi un tramo muerto, sin apenas renovación de las aguas, y que en verano es muy desagradable el olor, sobre todo por el efecto estanque que produce la proliferación de juncos en las orillas, incluso bien entrado el cauce. Para remate, la suciedad agregada de indigentes que duermen incluso en la orilla, y que crecen en número. Pero quizás busquen la excusa de los patos. Seguro.

La simiente. Valga desde aquí mi reconocimiento a la labor que la cuenta de twitter @SevillaInsolita está realizando sobre la historia de Sevilla en imágenes. Muchas de ellas son precisamente eso, insólitas. Nos acerca a la Sevilla de ayer con la mirada del presente, y con especial añoranza en cuestiones de patrimonio. Fotografías, retazos de historia, que nos advierten de que los destrozos que en su día se cometieron no deberían repetirse, pero también con miras a que el patrimonio actual no se deteriore. La cuenta, gestionada por un joven sevillano, va camino de los 8.900 seguidores y suma casi 3.200 tuits, con una amplísima galería fotográfica. Sigue en formato digital la estela de otros grandes rastreadores en papel de imágenes de la ciudad de Sevilla, entre ellos el periodista y escritor Nicolás Salas.

La paja. Plaza de España, parque de María Luisa, Jardín de las Delicias… No podemos poner un policía local detrás de cada vándolo para evitar sus destrozos al patrimonio. El sinvergüenza, seguro que muy orgulloso de cargarse una balaustrada o un busto exhibiéndolos como trofeos de su supuesta hombría, y el guarro, que allí por donde pisa deja el rastro de su propia mierda por los suelos, ya sea una botella, ya sean chicles o cáscaras de pipas, son los únicos responsables de sus actos. Al fin y al cabo, demuestran qué son. Sin embargo, al Ayuntamiento de Sevilla sí hay que exigirle no sólo mayor vigilancia de las zonas donde nos jugamos la imagen turística de la ciudad tal y como prometió, sino la imposición de multas elevadas y ejemplares e incluso llevar a los vándalos ante los tribunales por delitos contra el patrimonio.

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El martirio de Santa Catalina

Gracias, mis señores Juan Ignacio Zoido y (ex) Alfredo Sánchez Monteseirín. Muchas gracias, mis ilustrísimos Luciano Alonso, (ex) Paulino Plata y (ex) Rosario Torres. Santas, apostólicas y romanas gracias, mis reverendísimos Juan José Asenjo y Carlos Amigo Vallejo. Porque de bien nacido es ser agradecido, infinitas gracias por los nueve años -más el que aún queda- de cerrojazo a esa joya histórica, eclesiástica y cultural llamada iglesia de Santa Catalina. A pesar de la relevancia de sus cargos – quede constancia del trato dado según dicta el protocolo-, ese descarriado rebaño no se ponía de acuerdo en los cuartos que había que soltar para unas obras que ahora se revelan menores y muy lejos, pues, de los presagios de que el cielo caería sobre nuestras cabezas. ¡Ay, cuánto daño haces, mi poderoso don Dinero, en las casas de los mercaderes tanto laicos como religiosos! Sí, es para ponerles a todos un altar dedicado a la Santísima Estupidez, non ora pro nobis.

Si había peligro, alabada sea la clausura del templo en nombre de la precaución y la prudencia, y ahí no hay nada que objetar. A Dios rezando pero con esa viga segura, y no mirándola de reojo y con el corazón en un puño. Sin embargo, oye, ustedes, los bien citados arriba, ¿me pueden explicar, almas de cántaro, cómo es posible que se tarden nueve años en pedir y tener un informe certero sobre el estado de la estructura del templo? ¡Nueve años para finalmente constatar que el susodicho goza de buena salud, que sólo tiene las arrugas de la edad y no heridas!

Mientras tanto, la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento con sus eternas peleítas, yo pongo más, tú menos; también la Junta de Andalucía con el Arzobispado -un enfrentamiento mediático con la Iglesia luce políticamente tanto o más que con el PP-, y éste a la defensiva de los rojos que gobiernan en San Telmo, cuando eso que los periodistas cofrades llaman Palacio -ya saben, la humilde morada de sus reverendísimas- debería haber liderado la búsqueda de fondos para la rehabilitación, y no asistir como mero convidado de piedra a la paulatina degradación del edificio. En 2004 se cerró y, en principio, hasta 2014 no se abrirá. Quiera Dios que así sea.

Y ahora les pregunto, sí, a ustedes, los mencionados allí arriba y que actualmente ejercen cargos de responsabilidad, ya sea terrenal o divina, ese trío conformado por Zoido, Alonso y Asenjo: ¿Seguirán con sus peleítas o, avergonzados por tan larguísima e injustificada parálisis, se sentarán de una santa vez -iba a decir puñetera- para agilizar las obras y recuperar el templo al culto, al sentir cofrade, al turismo y al ciudadano? Sacados los colores vía informe arquitectónico que recomienda para este enfermo simples tiritas y no una complicada operación a corazón abierto, tengan la gentileza de apresurarle el alta, y así resarcir su clamoroso error facultativo.

Porque antes de hablar y de meterse en pugnas estériles, la primerísima prioridad debería haber sido la buena voluntad, y la segunda, encargar un riguroso diagnóstico. Pero ni una cosa ni la otra. Se prefirió regatear con el dinero que iba a costar el tratamiento clínico sin tan siquiera conocer el alcance real de la enfermedad. Echando un vistazo a la hemeroteca sobre qué comentaron unos y otros, creánme, uno se siente escandalizado por la poca seriedad de quienes nos gobiernan la vida y el espíritu. En fin, pelillos a la mar, a ver si de ésta al menos aprenden…

Soy consciente de que esta maldita crisis económica y laboral hace cuesta arriba cualquier proyecto que se afronte y que tanto las administraciones como la propia Iglesia arrastran otras urgencias sociales muchísimo más importantes que la rehabilitación de Santa Catalina. Es más, es largo el rosario sevillano de templos y conventos a recuperar o mejorar -y desde aquí vaya la siguiente advertencia: cualquier día el campanario de San Lázaro, a la vera del cementerio y del hospital al que le da nombre y cerrado al culto y abandonado a su suerte desde 1998, nos da un disgusto, y entonces apuntaremos con dedo acusador a la Diputación de Sevilla y a la Junta de Andalucía-.

Sin embargo, y he aquí la diferencia, el de la iglesia radicada a los pies de la Plaza de los Terceros es un problema enquistado que no se resolvió ni siquiera en época aún de bonanza (2004-08). Que permanezca clausurado después de tantos años muestra no sólo una falta absoluta de buena voluntad, sino también -y lo que es peor- que se ha actuado con mala fe. Y éste el verdadero martirio de Santa Catalina.

P.D.

La parva. 19-07-2013. En esta fecha, el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, anuncia durante el Debate sobre el Estado de la Ciudad una rebaja generalizada de impuestos (todos, salvo el sello del coche) a particulares y empresas. Ojo, impuestos, no tasas municipales, que son conceptos tributarios muy distintos. Estaremos atentos para: 1) que esta rebaja se apruebe antes de que acabe el año para que entre en vigor en 2014; 2) que la magnitud del recorte no sea testimonial; y 3) que las tasas no suban para compensar el descenso de los impuestos. Porque mucho me temo que lo del regidor es un querer y no poder…

La simiente. Enhorabuena a los organizadores del Festival de Danza de Itálica, quienes han logrado hacer de lo poco mucho tras el tijeretazo al presupuesto. Y de esto, por cierto, también hay que aprender. Felicitaciones también a la organización de la exposición Santas de Zurbarán, a esa novedosa combinación de cuadros -por cierto, nunca se vio exposición pictórica con menos obras- y diseño de moda. Todo un acierto. Pongo estos dos ejemplos culturales para dejar constancia de la unidad que suscita el Festival de Itálica y las críticas levantadas en torno a las Santas. Es más, al referirse a esta última exposición, hay quienes, desde la oposición municipal, rastrean los datos sobre impacto turístico. Y yo sólo digo: si toda la cultura se midiera exclusivamente a ojos de la rentabilidad económica, Sevilla sería un páramo cultural.

La paja. Pasados los fastos del ecuador del mandato de Zoido, ay, la que nos espera. Juan Espadas, portavoz municipal del PSOE, se ha sacudido ya el letargo del concejal principiante y ha endurecido su discurso contra un alcalde que, dice, no hace nada, salvo presidir saraos. A Antonio Rodrigo Torrijos, su homólogo en el grupo local de Izquierda Unida, no le hace falta sacudirse nada, él siempre trae el saco de críticas a la espalda, son las cosas de toda una vida pública. El cambio operado por Espadas coincide -serán casualidades de la vida, seguro-  con la candidatura de Susana Díaz a la Presidencia de la Junta de Andalucía por el PSOE, la instauración del susanismo y el tiempo de los conversos -o conmigo o contra mí-. Lo dicho, ay, la que nos espera de política hasta que lleguen las próximas elecciones dentro de dos años…

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Esta PAC es un cachondeo

Sí, la PAC es un cachondeo. No sé cuántas reformas y contrarreformas de la Política Agraria Común arrastramos ya en su medio siglo de historia. A todas las llamamos la nueva, y todas son la enésima, palabra socorrida para tales casos. A estas alturas de la vida, la cincuentona no tiene ni idea de qué quiere ser de mayor, prolongando así su particular crisis de los cuarenta, sin orientación y, por tanto, sin identidad. Y sin una ni otra, el riesgo es que el contribuyente europeo, usted y yo, pierda la paciencia e injustamente cuestione para qué tantas ayudas, como también cuestionadas están las propias instituciones comunitarias que no aciertan a sacarnos del pozo económico en el que caímos y en el que chapoteando nos mantienen.

Uno le pide al campo tres cosas: comer, cuidar el medio ambiente y fijar la población a los pueblos. Sencillo, ¿verdad? Pues ahí anda la elefantiásica burocracia europea dando vueltas y vueltas cual burra a la noria, cambiando a cada dos por tres las reglas de juego y sometiendo a los agricultores a las cunitas de San Juan, unas vienen y otras van. Es más, comisario que llega a Agricultura, comisario que echa su meadita sobre la PAC queriendo hacer leyenda, y al final consigue más desconcierto y más complejidad administrativa, léase, papeleo. Si no fuera por las organizaciones agrarias, quienes trabajan la tierra se pasarían más tiempo de ventanilla en ventanilla que labrando el campo.

El entuerto tiene su origen en el lumbreras que, a principios de los noventa, decidió generalizar las ayudas por superficie en las grandes cosechas cerealistas, y que con el tiempo se extendería, en mayor o menor proporción, al resto de los cultivos con derecho a la cobertura financiera de Bruselas. En ese preciso momento la PAC, aplicando a rajatabla unas normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que no cumple ni tan siquiera Estados Unidos, sancta santorum de la libertad de los mercados, quedó deslegitimizada a ojos de la ciudadanía urbanita. A ver cómo se explica cabalmente a ésta que una subvención se otorgue sin tener en cuenta el rendimiento, la productividad, en suma, la equivalencia entre la prima y el esfuerzo realizado. Porque, y aunque haya quien se rasgue las vestiduras con el siguiente comentario, con semejante fórmula se incentivaba no solo la dejación -para qué voy a esmerarme si al final cobraré igual-, sino también la picaresca -lanzar cuatro pipas de girasol en tierras improductivas- y la llegada al campo de arribistas al calor de los dineros comunitarios.

Para remate, la penúltima reforma de la PAC creó el denominado régimen de pago único -los de Bruselas son así, generan expresiones y palabros tipo chequeo médico, ecocondicionalidad, agroambiental, greening, modulación, elegibilidad, desacoplado, acoplado-, que a ver cómo lo explico: si quieres siembras y si quieres no siembras, puesto que tu subvención te la embolsas como derecho histórico que te pertenece, hagas lo que hagas. ¡Toma ya! Como esto suena muy burdo, pues se reviste con un listado grandioso de condicionantes medioambientales que, lógicamente, el agricultor tiene que cumplir, unos más discutidos que otros pues, ya se sabe, hay quienes gestan normas desde los despachos sin haber pisado ni la naturaleza ni el campo.

Que quede claro. Soy firme defensor de la agricultura y del medio ambiente y a la inversa. Tanto monta. A más de cuatro, economistas ellos, habría que recordarles cuando renegaban de la Andalucía agraria –¿esos? Cuatro paletos de pueblo– y veían en su bola de cristal una Andalucía tecnológica e innovadora, como si no fueran compatibles, y como si el campo y su agroindustria no fueran innovadores y tecnológicos, que algunos parecen seguir viendo arados con bueyes. Hoy la crisis nos hace mirar otra vez al agro en busca de economía y empleo. Para quienes se preguntan el porqué tiene que haber subvenciones agrarias en Europa, ahí van tres razones: 1) porque la calidad agroalimentaria se paga, y sin ayudas, el precio del comer se dispararía; 2) porque la despensa no puede quedar en manos de terceros países, y menos si en éstos reina la inestabilidad política; y 3) porque sin agricultura ni ganadería el medio rural, con el medio ambiente incluido, se caería a pedazos. Y para aquellos que me replicarán que la PAC contribuye al hambre en el mundo al obstaculizar el desarrollo de las economías agrarias de los países pobres, les diría que si eliminar la PAC -y todos los apoyos financieros que los Estados ricos y emergentes prestan a sus agriculturas- solucionara realmente la desnutrición de los niños y condenara al pasado la imagen de sus abultados vientres, yo sería el primero en desgañitarme clamando por la inmediata erradicación de cualquier tipo ayuda. Pero no es tan sencillo.

Precisamente por esa defensa del campo me desconcierta tantísimo este cachondeo de la PAC. Si después de 50 años de historia y tras dos años de negociaciones -y los meses que aún quedan- en Europa aún no saben qué es un agricultor activo, esto es, quién tiene derecho y quién no a las subvenciones, pues entonces apaguen y vámonos.

P. D.

La parva. Se acaba de abrir el debate sobre las peatonalizaciones de calles en Triana -recogidas como propuestas y alernativas en un documento del propio Ayuntamiento-. Tema delicado por la gran cantidad de intereses confrontados y tema polémico como lo fueran en su día las peatonalizaciones de San Jacinto, Asunción o la mismísima Avenida. Bien estará el consenso al que finalmente se llegue en un debate que, tal y como nos tiene acostumbrados Sevilla, durará no meses, sino años. Pero también hay que tener en cuenta que debe primar el interés general sobre el particular. Y para eso es necesaria la valentía. Mucha.

La simiente. Se ha ido uno de los hombres más importantes que ha dado la agroindustria andaluza: Tomás Aránguez, el protagonista del milagro Covap. Si hay empresarios y ejecutivos que realmente merecen un merecidísimo aplauso, sin duda entre ellos está Aránguez. Más quisieran muchísimos de los que hoy se sientan en las cúpulas de las patronales tener la mentalidad empresarial y la visión comercial que tuvo el expresidente de la cooperativa cordobesa. Tanto que le costó el cargo cuando proclamó que las urgencias del mercado exigían celeridad en la toma de decisiones en las cooperativas y que un hombre un voto no era justo si unos aportaban más que otros. Defendió crear una sociedad anónima vinculada a Covap, y la votación fue no. Persona discreta, huía de saraos. Quizás por eso no hubo ni un mísero comunicado de pésame de la CEA.

La paja. Les juro que cuando leí el comunicado de prensa del Partido Popular de Sevilla sobre el estado de la comarca de la Sierra Norte que hablaba de “devastación” y de que “el bipartito la está condenando a un futuro muy negro” casi me entra una depresión. Me relajé cuando vi la imagen sonriente de Juan Bueno, presidente del PP en la provincia, que posaba con diez representantes del partido en la zona, incluidos pantalones cortos y sandalias. El lugar: una estrecha calle de uno de los pueblos de la Sierra Norte. Cierto es que a la Junta de Andalucía le debería sonrojar su dejación en esta comarca tras los efectos de la fuerte nevada del pasado febrero, con el destrozo de miles y miles de encinas y alcornoques que ahora son pasto para las llamas. Sí, esto es lo gordo. Pero, hombre, hablar de devastación mientras se posa con sonrisa en la cara…

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