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Zoido y su pequeña cosa

En el borrador del larguísimo discurso que Juan Ignacio Zoido se disponía a pronunciar durante la promoción de la ciudad en la Eurocámara –a Dios gracias que lo acortó, ya lo veía diciendo el ‘vaya coñazo que he soltado’ que se le escapara a José María Aznar en la misma sede parlamentaria–, el alcalde citaba las no sé cuántas podas que, a lo largo de sus dos años de mandato, había acometido en los no sé cuántos árboles de su Sevilla maravillosa. Menos mal que, al final, obvió tamaño éxito de su gestión, como también eliminó la referencia a las dolorosas bajo palio que procesionan en la Semana Santa, ni se imagina nuestro regidor los sudores que evitó al imaginario traductor alemán, qué es una dolorosa, qué es un palio, así, tradúzcalo a vuela pluma. Está tan orgulloso de sus podas, sí, que las llevaba hasta Bruselas, vean sus señorías de veintisiete países comunitarios la virtud de las pequeñas cosas.

Una poda, una señal en vertical o en horizontal, un bache, un árbol plantado, un paso de cebra pintado, una calle pavimentada o asfaltada. Esa micropolítica que, muy cercana al ciudadano, beso por aquí, abrazo por allá –para esto hay que valer, oye, pues al hombre le sale así, al natural, para nada forzado–, lo elevara a la Alcaldía con una mayoría absoluta desconocida en la historia democrática de la capital. ¿Sólo eso? No. Eso, lo pequeño, más una retahíla de grandiosos proyectos a lo largo y ancho de esta ciudad que ni están ni, al menos por ahora, se les espera. Si atisbos hay de que no saldrán adelante, mejor aguantar el tirón y callarse la boca, pues gran frustración generan los anuncios de los anuncios de los anuncios que nunca se concretan, ¿verdad?

Y es que en el circo electoral y mediático de lo grande, al popular Zoido, a la hora de realmente gestionar, le crecen los enanos. Se sumerge en la maraña administrativa –ésta figura entre las causas de que el Caixafórum abandonara las Atarazanas y huyera a la torre Pelli–, se empecina en proyectos que suscitan la oposición o las dudas legales de la Junta de Andalucía –centro comercial en la plaza de la Gavidia, aparcamiento en la Alameda–, se enreda con apuestas sin medir todas sus consecuencias –mayor calado para el cauce del río–, se topa con enfrentamientos dentro de su propia formación política –con Teófila Martínez a cuenta de la Zona Franca pero también con el PP de Huelva y Cádiz por el dragado del Guadalquivir–, se empantana en las negociaciones con empresas privadas –tabaquera Altadis– y, el caso más reciente y donde no puede culpar a nadie, se da de bruces con el clamoroso fracaso de un concurso público, al que ninguna constructora acude, concebido por el equipo municipal para adjudicar las obras de sus dos primeros parkings: San Martín de Porres y El Cid.

Y se buscan explicaciones peregrinas. Sí es cierto que la crisis económica y la falta de crédito bancario dificultan la presentación de ofertas por parte de las constructoras, aunque también lo es que las entidades financieras valoran cualquier tipo de inversión que reporte ingresos seguros, especialmente cuando son por adelantado, y éste es precisamente el caso de un aparcamiento, eso sí, cuantas más plazas rotatorias tenga, mejor. No puedo creerme, en cambio, el siguiente argumento esgrimido por el Ayuntamiento: las condiciones de los pliegos eran tan estrictas que nadie las quería.

A ver. ¿Para qué se convoca un concurso al mejor postor a sabiendas de que, tal y como está el patio de la economía, no prosperará? ¿Por qué se pusieron unos requisitos tan severos si se sabía de antemano que no iban a ser aceptados? Esta ciudad ya tiene unos cuantos aparcamientos subterráneos, donde se mezclan plazas de residentes y rotatorias de pago, como para hacerse una idea de por dónde cojean la concesión y las concesionarias. Porque si efectivamente la actividad no se conoce y se convocó un concurso al tuntún, o no se recabó información de las empresas que tienen experiencia –-he puesto expresamente información, conocimiento, sólo detalles, nunca otra cosa– o se habló con muy pocas, esto último sí me preocupa, y mucho.

Ni pensar quiero –y, de hecho, no lo pienso– que se arbitrara un concurso tan complicado para declararlo desierto y negociar después condiciones más, digamos, livianas con las constructoras que ya actúan de concesionarias de parkings en esta ciudad. Proceder así sería causa más que legítima para que el resto de empresas dijeran, oye, Ayuntamiento, que estás ofreciendo ahora a una o a unas cuantas lo que en principio negaste con carácter general. No estamos hablando de moco de pavo, sino de contratos que, tanto en San Martín de Porres como en El Cid, superan los 6 millones de euros y, reitero, concesiones con unos ingresos regulares y al contado. Y a nadie le amarga un dulce en estos tiempos de crisis.

Sí, el alcalde tiene un problema con lo grande y ahora también –¡horror!– con todo lo pequeño. Porque esto, lo pequeño, no solamente ha dejado de ser de su entera exclusiva, sino que se ha convertido en su trampa. Ahí tenemos al socialista Juan Espadas, quien ya, por fin, se ha sacudido el letargo, recorriéndose más y más los barrios y preparándose para una larguísima campaña electoral de desgaste. El anverso de la micropolítica tiene su reverso: la microdenuncia de la micropolítica incumplida. Y así será durante casi dos años…

P. D.

La parva. Se pregunta uno si el campanario de la iglesia de San Lázaro aguantará las aguas del próximo invierno puesto que está de mírame y no me toques. Tanto la Diputación de Sevilla como la Consejería de Salud –el edificio se encuadra en el hospital del mismo nombre, junto al cementerio de San Fernando– parecen haber apostado por abandonar la iglesia a su suerte, porque allí no existe actuación alguna pese a los proyectos de rehabilitación anunciados y nunca ejecutados. Una lástima este descuido del patrimonio histórico. Ya llegará el día en que lloraremos por él o por quien se quiebre la cabeza al caerle encima el campanario.

La simiente. La semana pasada se nos fue José Manuel Pumar Mariño, presidente de honor y uno de los fundadores de Inmobiliaria del Sur (Grupo Insur). Aunque el ladrillo esté actualmente mal visto, Pumar Mariño ha sido uno de los empresarios más importantes que ha dado la ciudad de Sevilla. La compañía cuyas riendas dejó en manos de Ricardo Pumar, presidente en estos momentos, es muy seria, y ha hecho las cosas con cabeza. No en vano, Insur posee un accionariado muy fiel –las caras se repiten cada mayo o junio cuando celebra su junta anual de accionistas en un hotel de Sevilla– a pesar de la caída de la cotización de sus acciones en bolsa. Más allá de los vaivenes del mercado bursátil, Insur está centrada en la actividad del día a día, y su intención es amarrar accionistas seguros y no especulativos. Desde aquí, reconocimiento al gran empresario.

La paja. Los populares andaluces andan desquiciados tras la renuncia de Griñán y mal hacen si persisten –o Rajoy persiste– en su discurso del ya habrá candidato a la Junta de Andalucía. Primero que si la llegada de Susana Díaz a San Telmo es un fraude sin haber pasado por unas elecciones autonómicas, como si los sucesores de Esperanza Aguirre en la Comunidad Madrid y de Alberto Ruiz Gallardón en su capital hubiesen contado con la validación expresa de las urnas. Después que si no presentaremos o no sabemos si presentaremos alternativa a Díaz en el debate de investidura. Y por último, que se convoquen comicios andaluces aunque no haya necesidad de nombrar ya a un candidato por el PP. Dice la oposición local que Zoido no está en Plaza Nueva. Donde no está es en San Fernando, y si no quiere estarlo, mejor que tome la puerta…

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