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El alcalde y su lubina

Y la lubina miró a José Luis Sanz y José Luis Sanz miró a la lubina. Qué rica estás, dijo él. Qué rico eres, respondió ella. Sí, hay que ser rico para pagar por mí estos cuarenta y dos euros. No es que mi cuerpo no lo valga, porque yo lo valgo –presumida, movió al viento sus escamas como Norma Duval, también muy del PP, lo hiciera con su lozana melena– y lo valen las manos del chef, pero si tienes en cuenta que después vienen puros y copas, córtate un poco, anda, que al fin y al cabo son los contribuyentes quienes pagan esta comilona, y no el bolsillo del señor alcalde.

De entrada, todo es legal, y nadie ha dicho ni escrito hasta ahora lo contrario. El aludido regidor del sevillano municipio de Tomares tiene asignado un dinerito para gastos de representación, como tantísimos cargos públicos de nuestra España, sean del partido político que sean –aquí todos deberían callar la boca, pues todos han mascado del pesebre–. Desayunan, comen y cenan con empresarios, directivos, deportistas o artistas, buscando el bien de este ayuntamiento, esta diputación, esta comunidad autónoma y este estado y sus miles y miles de empresas y organismos asociados, y si la ocasión merece un cubatita o un montecristo, qué diantres, vamos a echarlos, hágame factura y, ea, a la cuenta común de mis ciudadanos, a quienes digo que sirvo por vocación de servicio público.

¡Cuánto habrán gastado, unos y otros, a derechas o a izquierdas, qué más da, en tiempos de bonanza económica! Silencio cuando todos manducaban de gañote mientras que ahora, al flaquear las arcas públicas, se tiran los langostinos a la cara, a ver quién engulló más, tú o yo, mientras aumenta el estupor y la indignación del pueblo al contemplar tamaña batalla de mariscada regada con caldos caros, que no vinos de pitarra. Y después se preguntarán esos mismos alcaldes, presidentes y demás cargos de nuestra enorme variedad de administraciones el porqué de la desafección creciente de los ciudadanos hacia la política, quienes, para colmo, tienen que escuchar que vivieron por encima de sus posibilidades porque, claridad meridiana, la lubina, el jamón, la cañaílla, el partagas y la ginebra en copa de balón son para la clase política, ahí queda dicha la palabra, clase, y ya se sabe que hay clases y clases, ellos, por supuesto, considéranse de la superior…

Porque eso de gastos de representación abarca tantas posibilidades como sus agraciados quieran. Recuerden a la concejala palaciega a la que no gustaba repetir traje de flamenca en el Rocío, porque al Rocío se acude guapa y elegante, que una, oye, es la imagen del municipio, recuerden a este alcalde sanjuanero que recurrió al coche oficial –porque el regidor de un pueblo tiene que tener, of course, coche oficial– para asistir a La Candelaria en la aldea almonteña, esto es, para irse de fiesta en nombre –y a costa– de sus vecinos, y recuerden, en fin, la riquísima lubina que me ha servido para encabezar este artículo de La siega.

Entre las inverosímiles explicaciones que a este periodista le dieron sobre los desembolsos de representación de José Luis Sanz, alcalde y también secretario general del PP andaluz –al que, por cierto, ahora habría que refregar por la cara los palos y palos que dio a Antonio Rodrigo Torrijos por la famosísima fotografía de la mariscada, que ni siquiera abonó con cargo al Ayuntamiento de Sevilla cuando IU gobernaba en coalición con los socialistas, imagen que terminaría vinculándose al caso Mercasevilla–, destaco una, que partió del propio Consistorio tomareño: “Existen esos gastos como existen en cualquier empresa”.

No. Un ayuntamiento no es una empresa porque si lo fuera, segurísimo que estaría mucho mejor gestionado. Una empresa administra su propio dinero, y un ayuntamiento administra el ajeno, el de los contribuyentes, y esta última es la simple razón que permite tirar de la chequera municipal y desembolsar nada más y nada menos que cuarenta y dos euros por la susodicha lubina. No estoy diciendo que al empresario, al directivo, al artista o al deportista –que, digo yo, también se podrían estirar, sobre todo cuando de la comilona sacarán, además, tajada– haya que invitarlos al McDonald. Sí que existe un término medio, y debe ser éste el que impere. No hacerlo con esta crisis y este altísimo nivel de paro que tenemos convierte cualquier dispendio en indecente e inmoral.

¿O será que uno, yo, peca de pobre como nuestros políticos pecaron de ricos?

P.D.

La parva. Era lógico que Zoido dijera mucho y Espadas y Torrijos dijeran poco. Estaba en el guion del balance para el ecuador del mandato del alcalde de Sevilla. Sí sobraba la parafernalia montada por el regidor para presentar públicamente lo bien que lo había hecho y lo muy bien que también lo hará de aquí en adelante. Estos tiempos de crisis económica, de pesimismo y familias agobiadas, exigen sencillez y no vanaglorias. Eso de utilizar el gran salón del Ayuntamiento con un Zoido mesiánico rodeado por todo su equipo y por todos los suyos era, sencillamente, prescindible. Incluso le restaba credibilidad.

La simiente. Son muy pocas las alegrías laborales que arroja Sevilla y menos en una semana, la pasada, en la que el Ministerio de Defensa adelantó un sablazo a sus compromisos con la industria aeronáutica y militar, en concreto con el avión A400M, que se ensambla en la capital, y los carros de combate Pizarro, que lo hacen en Alcalá de Guadaíra. Por ello, el reiterado anuncio de que la compañía Konecta ampliará su presencia con un centro de trabajo en Cartuja qué quieren que les diga, llega al pesimista alma. Por lo demás, se trata de un balón de oxígeno para el propio recinto tecnológico, que está notando también la crisis económica con una huida de empresas.Y  por cierto, que hay carteles que denuncian que la sociedad Agesa prefiere que se vayan antes que abaratar los alquileres. Ahí queda eso…

La paja. Entre todos mataron el dragado del río y él solito se murió. Es vergonzosa la cantidad de declaraciones públicas que existen sobre un proyecto que traería enormes ventajas económicas y laborales para Sevilla. Pero principalmente apunto con el dedo acusador al presidente de la Autoridad Portuaria, Manuel Fernández, que es quien debería haber impulsado ya una cumbre con todos los implicados, los que dicen sí y los que dicen no, para abordar el dragado del Guadalquivir desde todos los frentes posibles (económicos y medioambientales), arrancándoles compromisos y cesiones absolutamente a todos, y no que cada parte haga la guerra por su cuenta. Porque si un proyecto se considera prioritario, lo que hay que hacer es buscar el consenso, y no apalancarse en unos documentos que tienen asegurados el no.

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