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Muerto el perro, se acabó la rabia

Pues no. Danone no se cierra. Ni Cargill. Ni Roca. Ni Panrico. Ni Astilleros de Sevilla. Ni Altadis. Ni Cerámicas Bellavista. Ni Boliden. Ni, si me apuran en el tiempo, Gillette. Ni tantas y tantas otras empresas radicadas en Sevilla que, pese a la pancarta de su plantilla al grito de aquí no nos mueven, esto seguirá abierto, y con el respaldo pleno de los políticos, algunos de ellos encabezando las manifestaciones –¡ah, bendita memoria, ese muy popular Javier Arenas allá por 1995 jaleando a los trabajadores contra la, decían entonces, clausura inmediata de la industria naval hispalense, que finalmente prolongaría su agonía hasta hace apenas dos años!–, terminaron diciendo, vale, muy bien, pero ahí os quedáis.

Sí. Danone echa el cerrojo. No ha servido ni el bienintencionado llamamiento al boicot de sus productos lanzado por el portavoz socialista en el Ayuntamiento, Juan Espadas, como tampoco en su día el concebido para Gillette. Señor Espadas, ya puede comer sus yogures de siempre, no cambie. Señor Juan Ignacio Zoido, alcalde de esta ciudad, ya puede usted quitarse el gran disgusto de saber –conste en acta que, en una reunión, dijo no saber y qué gran disgusto se llevaría– que ese azul de las maquinillas con las que cada mañana se afeita es característico de la multinacional que un mal día de 1994 hizo las maletas y se largó, así que tampoco cambie. Para qué cambiar. Qué verdad verdadera es eso de que muerto el perro, se acabó la rabia…

Antes de seguir comiendo lácteos, un cigarrito. ¿No se acuerdan del clamor Tabacalera (Altadis) no se cierra? Sí, a ver, la fábrica de yo soy Carmen la de España, cigarrera de Sevilla, con no sé cuántos siglos y siglos de historia, la que tenía como presidenta del comité de empresa a Josefa Medrano, la misma que hoy se sienta con Antonio Rodrigo Torrijos en la bancada de Izquierda Unida en el Consistorio. Se cerró, sí. Desgañitarse la garganta sirvió no precisamente para que mantuviera aquí su actividad industrial, sino para que sus operarios arrancaran de la compañía las mejores condiciones posibles, con prejubilaciones, bajas incentivadas y traslados, y también la promesa empresarial de recuperar parte del empleo perdido en un centro logístico del que nunca más se supo.

Batallita de abuelo Cebolleta. En medio de la negociación a tres bandas entre empresa, comité y Junta de Andalucía se filtró que, pese al diálogo, Altadis mantenía intacta su intención de cerrar la planta sevillana. Todas las partes montaron en cólera, poniendo incluso en cuestión la veracidad de una información sustentada en un documento oficial remitido por la propia compañía a la Comisión Nacional del Mercado de Valores y aduciendo que el acuerdo estaba muy próximo. ¿Estaba pues mintiendo la empresa al órgano regulador del mercado bursátil y a sus accionistas? No. Haberlo hecho le hubiera reportado dos puros: multa y desprestigio. Decía la verdad dado que en aquellos precisos momentos ya no se negociaba la posibilidad de seguir abierta, sino la cuantía de las prejubilaciones y de las bajas incentivadas. Entonces, a más de uno, de tanto que había gritado y defendido la causa Tabacalera no se cierra, se le quebró la voz.

Ya apagado el pitillo, regresemos a los lácteos. Supongo que a ningún trabajador, al menos no a mí, le gusta quedarse en el paro, por muy buen colchón de despido que te pongan por delante, ni prejubilarse cuando se está aún en la flor de la vida laboral, por magníficas que sean las condiciones del retiro, ni mudarse de ciudad para conservar el empleo, por gruesa que sea la lista de quienes desesperadamente rastrean una ocupación. Dicho esto, ¿dónde hay que firmar? Porque más quisieran muchos, muchísimos, miles, centenares de miles, irse al paro, prejubilarse o mudarse en los mismos términos económicos que entonces lograron los empleados de Altadis y hoy los de Danone.

¡Ojo! No estoy cuestionando el acuerdo ni, por supuesto, que la plantilla salga con las mejores condiciones económicas posibles, y máxime teniendo en cuenta que estamos ante una multinacional que, a pesar de sus beneficios y saneado balance, no ofrecía alternativa alguna al cierre. Sí, en cambio, dejo constancia de: uno, además de perderse otra industria en Sevilla, en estos tiempos de crisis y de recortes de derechos sociales y prestaciones, el que más y el que menos tiene que largarse a casa en el más absoluto de los silencios, sin carteles ni apoyos políticos, con una indemnización de apenas 20 días por año trabajado; y dos, que, hoy por hoy, prejubilarse a los 53 años y con la mayoría del salario es poco menos que una quimera en la empresa privada, y hasta en la pública.

Escarmentado como ya está uno, mañana, cuando surja otra pancarta reivindicativa del estilo equis empresa no se cierra, permítanme que, de entrada, dude, puesto que sin restar importancia ni necesidad a la lucha de la plantilla por conservar su empleo y su lugar de trabajo –en muchísimas ocasiones en compañías queridas por los operarios pese a ser tratados éstos con la mismísima punta del pie– existen sobradas experiencias de que ese objetivo principal termina cayéndose por el camino, dejándonos con la boca abierta y la cara de bobo.

P. D.

La parva. Era evidente que tarde o temprano saltarían las chispas entre los agricultores de Asaja y la patronal sevillana CES. De hecho, mucho han tardado, habida cuenta de aquel ninguneo que, justo al asumir la Presidencia de la CES, hiciera Miguel Rus hacia los arroceros a cuenta de la oposición de éstos al dragado del río Guadalquivir. Asaja no se niega, tampoco unos arroceros que son uno de los puntales de la patronal agraria, siempre y cuando se realicen las (costosas) obras que lleven el agua a sus campos. Y el frente común de la CES con los sindicatos y la Cámara de Comercio olvida esa demanda histórica de Asaja…

La simiente. Al pasar de noche, el lugar es un páramo, a nadie se ve por las calles de esta prolongación del barrio sevillano de Pino Montano sembrada de viviendas de protección oficial y dominada por las torres de oficinas de Torneo Parque Empresarial. Por el día, trasiego de vecinos y, sobre todo, de trabajadores y directivos. Más allá, suelos para más viviendas y, en estos momentos, trabajos de urbanización del parque comercial e industrial del Higuerón, por nombre Ciudad de la Imagen. En este entorno acaba de abrir sus puertas el hotel Hilton Garden, pensado sobre todo para empresarios y directivos, y también más en el mañana que en este hoy de crisis económica.

La paja. No hay dinero, no, pero tampoco voluntad. La Consejería de Fomento no tiene ni idea de cuándo se podrán retomar las obras de finalización del tranvía de Alcalá de Guadaíra a pesar de quedar poco y estar sufriendo robos en su trayecto. Pero si no hay presupuesto autonómico, me pregunto si no cabe buscar otras alternativas que, con la colaboración de la iniciativa privada –empresas y bancos–, pueda concluir lo poco que queda. Imaginación y ganas, por favor, porque es una lástima este retraso sine die. Un esfuerzo, anda, que será de lo escasito que la Junta de Andalucía podría inaugurar en los próximos años en la provincia de Sevilla…

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Francis y Francisco

Dicen los entendidos cofrades, yo no lo soy, que el pregón de la Semana Santa de Sevilla pronunciado por el jovencísimo Francisco Javier Segura fue magistral, espléndido, fresco como su lozanía, sacudió las telarañas del teatro de la Maestranza, quitó su rancio olor a naftalina. Felicidades. Una vez pasada la euforia, a ver cuánto dura este efecto ambientador. Dicen los entendidos vaticanos, yo tampoco lo soy, que el nuevo Papa, el argentino Jorge Mario Bergoglio, bautizado a su vejez como Francisco, imprimirá un nuevo rumbo a la Iglesia, a cuya curia limpiará el boato y la acercará a los pobres, adaptándola, además, a los que llaman nuevos tiempos. Grandes esperanzas, sí. Tantas o más las hubo, recuerden, al acceder al poder norteamericano Barack Obama, ese hombre que cambiaría el mundo –y por eso le dieron el Nobel de la Paz, pues lo cambió, ¿verdad?– y, en fechas más recientes, al asumir la Presidencia de Francia el socialista François Hollande, el mandatario que iba a propiciar una Europa muy distinta a la de Angela Merkel, más social –y ya vemos, lo ha hecho, ¿verdad?–. En fin, cuán ilusos somos, cómo nos dejamos arrastrar por la algarabía cuando tenemos la imperiosa necesidad de agarrarnos a algo, de tener fe.

Me gusta este Papa, sí. Al menos en el arranque de su Pontificado. Pero ya se sabe, ley de vida profesional es que quien llega a un nuevo puesto lo hace con ganas, con fuerzas, aquí estoy yo, hasta que a uno le cortan las alas por arriba, para el caso presuponemos que Dios, y por abajo, otros que replican, pues aquí estábamos nosotros, así que quietecito o te mandamos a hacerle compañía a Joseph Ratzinger, reclusión en un monasterio de monjas de clausura, y punto y final a la renovación de la Iglesia.

Sus gestos iniciales, sin embargo, llenan el alma de ilusión. Por lo pronto, la cara, porque tiene cara de bueno, de abuelo cuentacuentos, sin los papales zapatitos rojos, negros son y mírenlos, ahí asoman por su sotana blanca, nada fashion, y acercándose a la gente, te doy la bendición y también mi mano, véase el estupor en los rostros de la guardia suiza. ¡Cómo me gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres!, ha comentado el pontífice. No sé cómo habrán retumbado estas palabras en la cúpula del Vaticano, pero suenan a gloria bendita y acercan, no distancian, crean entusiasmo, no frialdad ni antipatía.

Porque hay muchos, muchísimos, que, teniendo fe y, sobre todo, tradición familiar católica –y la tradición y la familia pesan tela, qué quieren que les diga, a uno, siendo como es, que ni le toquen ese Cristo de la Reja–, se alejaron de la Iglesia porque la Iglesia, tras no asumir que la vida cambia, se alejó de ellos. No estoy hablando de una Iglesia a la carta, pero sí de un zarandeo para quitarle el letargo y la caspa, y que el adoptado nombre de Francisco sea realmente el de San Francisco de Asís, no el de Barak ni el de François, que defraudaron a las primeras de cambio. Sea un Papa de los católicos y un papá para los católicos.

Sobre el otro Francisco de este artículo, Francisco Javier Segura, Francis para los amigos y los periodistas de la cosa cofrade, cuentan que ha dejado honda huella en el Maestranza y que se aplaudieron mucho sus verdades endulzadas con gran sentimiento, y ya sabemos que esta ciudad es muy pero que muy sentida, especialmente cuando se trata de su Semana Santa, sus equipos de fútbol y sus saraos variopintos, y en menor medida en sus reivindicaciones sociales, 90.000 parados y como si hubiera 90.

Pero el pregón, señores, es lo que es, un espectáculo, y no lo digo yo, es palabra del mismísimo pregonero. Una función, una diversión pública, algo, pues, que infunde deleite o asombro. Y como espectáculo se valora, miren qué ha dicho el joven, qué bien dicho y qué bonito dicho, y punto.

Lástima. El objetivo sería que el contenido del discurso, ricamente encuadernado, no quedara en mera flor de un día ni relegado ni recluido, como me temo, en la clausura del baúl de los recuerdos, sino que sea asumido por un Consejo de Cofradías y un Palacio Arzobispal que pecan de excesivo boato y, perdónenme, de viejos. Pero esto, mi querido Francis, aquí, en Sevilla, sí es un acto de fe, al igual que allí, en Roma, mi querido Francisco, lo suyo también lo es.

P. D.

La parva. Pues sí, el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, y su delegado de Empleo, Economía y Fiestas Mayores, Gregorio Serrano, tienen la agenda repleta de actos sociales, tal y como asegura el portavoz socialista en el Ayuntamiento, Juan Espadas. “Zoido, en estado de coma, sólo vive para actos sociales”, ha comentado. Convocatorias sociales y carteles, carteles y convocatorias sociales, alguna que otra inauguración, visitas a obras variopintas, muy excepcionalmente presentación de algún proyecto y más los actos de partido. ¿Será que esta ciudad actualmente no da para más?

La simiente. Miguel Rus Palacios se enfrenta mañana a su primera asamblea anual de la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES) tras asumir su Presidencia en el mes de mayo pasado, después de la inesperada dimisión de Antonio Galadí, quien renunció por motivos de edad –y de cansancio–. Como siempre, el guión marca que el directivo lance dardos por doquier, a derechas y a izquierdas, contra las administraciones públicas, y Rus ha demostrado que no tiene pelos en la lengua. De hecho, Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla y presidente de los populares andaluces, ha sido objetivo de sus críticas, y no precisamente benignas. Se trata de un resquemor empresarial que crece frente al equipo del Ayuntamiento. Eso sí, el presidente de la patronal deberá dar también cuenta del duro ajuste interno que ha emprendido dentro de la CES…

La paja. Mi querida Soledad Becerril: Es usted una gran señora y una gran política de los pies a la cabeza. Pero el cargo que actualmente ejerce, el de Defensora del Pueblo, debe rezumar independencia, y usted, perdone que le diga, está confundiendo en exceso el cargo con el partido. Eso de andar sin contundencia, con medias tintas, en la legislación sobre los desahucios hasta que ha dicho la Justicia Europea lo malísima que es –es decir, usted se ha pronunciado a remolque, y no será porque no hay dramas familiares en este país– y eso de reclamar a la Junta de Andalucía que siga financiando a los colegios de educación diferenciada –los que segregan por sexos– cuando existe de por medio jurisprudencia del Tribunal Supremo me están indicando que usted, mi gran señora, tira más para los suyos que para el conjunto de los ciudadanos.

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Ha muerto un hombre

El exmatador de toros José Ortega Cano va hoy a juicio por matar a un hombre. Por matar a un hombre. Lo hizo de manera involuntaria, sí, pero mató a un hombre. La Ley y la Justicia serán las que asignen el término jurídico –acusación: homicidio imprudente–, con todos sus descargos y atenuantes, al hecho cierto de que mató a un hombre, y también la pena –si finalmente la hay– que tendrá que pagar por haber matado a un hombre.

José Ortega Cano, por aquello de la fama, pone nombre y apellidos a miles de conductores anónimos que han matado a un hombre. O a una mujer. O a un niño. Se le ha de tratar pues como a esos otros miles, ni más ni menos. Como a esos otros miles que no desenfundaron un arma en sus múltiples acepciones, pistola, escopeta, hacha, navaja, bomba, pero sí un coche. Siendo el resultado el mismo: mataron a un hombre. No queriendo, no, pero sí mataron a un hombre. No lo hicieron conscientemente, pero mataron a un hombre. O a una mujer. O a un niño. Y con alcohol de por medio. O con velocidad excesiva de por medio. O ambas cosas.

Nadie puede cargar toda la vida ni claudicar ante la vida por un error. Tampoco José Ortega Cano. Y menos cuando se cometió sin premeditación. La duda surge al determinar si media o no premeditación cuando, con la consciencia clara, una persona decide beber a sabiendas de que, acto seguido, cogerá el volante de un coche que, sin ser arma, termina fatalmente siéndolo. Y mata a un hombre.

José Ortega Cano casi pierde la vida en el hospital. No fue un casi para el hombre que mató. Sólo hay una víctima, no dos. A todo el mundo le asiste el derecho a rehacer su vida. Y él lo ha hecho. El otro, no. Como tampoco lo harán los miles y miles de muertos en accidentes no voluntarios. No estoy diciendo que haya que vivir amargado por una culpa eterna. Sí que la culpa está ahí y ha de ser consecuente con esa culpa. Porque se entra y se sale de una cárcel. Pero en el cementerio, si entras, no sales.

Lo malo de José Ortega Cano es que es un personaje mediático de un circo mediático. O quizás lo bueno, de eso ha vivido y vive. Será recibido en el juicio como se merece. Con decenas de cámaras. Decenas de periodistas. Decenas de medios de comunicación blancos, amarillos o rosas. Le preguntarán de todo. Cuál es su verdad. Qué hay de las pruebas de alcoholemia. Cómo se siente. Quién le acompaña. Y qué tal le va cambiar pañales a su edad. Sin tantas televisiones, la familia del hombre muerto. Siendo la que debería interesar, no interesa. Ella no vende. No es el espectáculo.

No lo fueron, ni lo son, ni lo serán aquellos otros miles de conductores anónimos que han matado a un hombre. Y cuando salga la sentencia para José Ortega Cano, su pena, no la pena de la familia del hombre muerto, cuya pena es otra y de por vida, estoy seguro de que sabrá a poco, por mucho que la Justicia tenga que tratar al ciudadano José Ortega Cano como a un ciudadano más, como un conductor más que ha matado a un hombre. Son las consecuencias de los juicios paralelos, de la expectación mediática, de la condena previa, pero también de una muy aireada estrategia jurídica que, aun con todos los respetos hacia la legítima defensa, derecho humano y constitucional donde los haya, uno no puede dejar de lanzar, uf, vaya con la defensa…

Pero lo que no deben olvidar nunca los protagonistas de este circo mediático es que esto no es un juicio por corrupción, ni por blanqueo de capitales, ni por impagos a Hacienda, ni por divorcio, ni por custodia de hijos, ni por los dineros de la manutención. Aquí hay un hombre muerto. Y clamo, pues, por una cobertura informativa rigurosa, sin tintes rosas. Negro es el color que impera. Porque no sé si lo he dicho: mataron a un hombre.

P. D.

La parva. Le preguntó el periodista: “En esta misma sala, lo de lograr la rentabilidad del campo lo lleva usted diciendo años, ¿pero qué medidas concretas está adoptando Mercadona?”. Y Juan Roig, su presidente, respondió: más directores responsables en la compañía para compras directas, sin intermediarios, a los agricultores y ganaderos y la subida del precio pagado por la leche a los productores, un incremento compartido entre la empresa y sus interproveedores lácteos. Le faltó decir la más importante: algo estaremos haciendo bien cuando ya ni las asociaciones agrarias, en especial las andaluzas, se quejan de nosotros…

La simiente. La constructora Dragados arranca hoy oficialmente –ya no hay primera piedra, sino una pegada de carteles diciendo aquí hay una obra– los trabajos para terminar la torre Pelli, aunque el verbo terminar parece mal empleado, pues terminar evoca algo inmediato, pero levantar este complejo de oficinas, comercial, hotelero y de ocio no concluirá hasta el segundo semestre de 2014, si no hay más retrasos –no descartables a tenor de la complejidad técnica del revestimiento–. Ahora, una pregunta a quienes, con vehemencia, se opusieron al rascacielos: ¿Sevilla lo ha interiorizado o no? ¿Lo ha asumido como propio o no? Porque las redes sociales se llenan de fotografías con un mira cómo se ve desde aquí, allá, acullá. ¿Será que, finalmente y por fin, estamos descubriendo la torre?

La paja. Sellado el concordato, tampoco es cuestión de reabrir batallitas, pero sí quede constancia del estupor en Caixabank respecto al anuncio del consejero andaluz de Cultura, Luciano Alonso, de la inversión prevista por la entidad financiera catalana en las Atarazanas apenas unas horas después de que su presidente, Isidro Fainé, y el de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, proclamaran aquello de aquí paz y después gloria. “¿Que va a anunciar qué? Si hubiera que anunciar algo concreto lo anunciaría mi presidente o el suyo, pero no el consejero”, comentaba un alto cargo de La Caixa. Hombre, algo tendría que decir Alonso para que, después de tanto berrinche, no quedara con el culo al aire… En fin, cordura, borrón y cuenta nueva. Otro espacio cultural ganado para Sevilla, además del Caixafórum.

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Están locos estos romanos

Estamos en el año 2013 después de Jesucristo. Toda España está ocupada por los peperos. ¿Toda? ¡No! Una provincia poblada por irreductibles sociatas resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no resulta fácil para las guarniciones de legionarios en los reducidos campamentos del PP de las calles San Fernando y Rioja. Y ahí batalla nuestro particular centurión Graco Linus, a la sazón, Juan Bueno, quien, aquel día que se vio coronado de laureles por el partido provincial, hizo suyo el mandato popular de acabar “con la dichosa manchita roja”, Sevilla, ésa que, junto con algunas aldeas más allende Cataluña y País Vasco, impiden una piel de toro de monocromático azul, y una Andalucía por entera de azules pitufos –uy, me equivoco de cuento–.

Poniendo en cuarentena cualquier sondeo de opinión electoral, pues sobradas experiencias tenemos para recelar –dos ejemplos: 1996, tal vuelco dio el socialista Manuel Chaves a las encuestas que su contrincante popular, Javier Arenas, sugirió, lagarto, lagarto, que había pucherazo, resignación que, ya cabalmente, asumiría doce años después cuando, y otra vez frente a los estudios demoscópicos, perdía los comicios regionales–, el conocido la semana pasada por parte del Centro de Análisis y Documentación Política y Electoral de Andalucía (Capdea) invita a reflexionar sobre cuáles son las desgracias del PP en Sevilla –provincia, no la capital, donde vuela la gaviota– porque la roja manchita se extiende cual goterón de aceite.

No existe ningún Panorámix que elabore y reparta la pócima mágica de la fortaleza a los socialistas, ni creo que Susana Díaz, secretaria provincial del PSOE, aglutine, salvo la astucia, las cualidades del heroico Astérix ni la candidez de Obélix. Los malos ejemplos de sus políticas económicas y laborales se revelan con mayor nitidez allí donde llevan toda la vida gobernando, la Junta de Andalucía. Sus excesos pasados los pagamos ahora, y no toda tijera cabe atribuirla al Gobierno central, por mucho que el sambenito del recorte quede inequívocamente vinculado al equipo de Mariano Rajoy.

Siempre mantendré que el más fiel termómetro social es el paro, y la comunidad no es ejemplo absolutamente de nada, pese a los no sé cuántos planes de segundas, terceras o cuartas modernizaciones de Andalucía y también a los no sé cuántos pactos por el empleo y acuerdos de concertación con sindicatos y empresarios. Porque, una vez pasada la emoción del discurso del actor Antonio Banderas, que, de veras todas, chapó por él y por su franqueza, esta sensibilidad verdiblanca queda relegada ante una evidencia: aquí lo que hay es paro. Mucho paro. Demasiado paro.

Mi querido Graco Linus, no se aflija, no va por usted. Como mero centurión que es de Rioja recibe órdenes de la jerarquía y las aplica, y sufre sus consecuencias con repertorio de tortazos y castañas políticas ante la humillante resistencia socialista. Quien manda en las legiones populares es el general Julio César, o Mariano Rajoy en este cómic, cuyos recortes económicos y sociales y su incumplido programa electoral, ése que le llevó a La Moncloa, son los que padece no sólo la sevillana, sino el conjunto de la aldea española. Él, que a sí mismo se presentó como la salvación de la patria, cosecha cinco millones de parados, y su partido anda envuelto en presuntos casos de corrupción que, en época de crisis y sangría laboral, la ciudadanía, hastiada de repeinados, no está dispuesta a tolerar.

Porque el enriquecimiento ilícito, sea grande, sea pequeño, sea vía cuentas en Suiza, sea vía fondos de los ERE, es un elemento adicional a la desafección de los ciudadanos hacia unos políticos, sean de un bando, sean de otro, que no resuelven sus problemas y se enzarzan en discusiones estériles y grandilocuentes titulares de prensa para perpetuarse, apoltronados y con sueldo fijo, en sus partidos y cargos públicos. Y este creciente número de electores que responden en las encuestas que ni saben a quién votarían o, en todo caso, que lo harían en blanco, es cuanto menos preocupante, por ser caldo de cultivo para posiciones extremistas. Al tiempo…

No sorprenden, por tanto, los resultados del Capdea para la provincia, donde la izquierda se mantiene pero no por los socialistas, que bajan, sino por el crecimiento de IU y de UpyD, mientras que la derecha literalmente se desploma, arrastrando todo el crédito adicional que el PP se había labrado en los últimos comicios generales, cuando sí logró una vendimia histórica. “La principal asignatura pendiente del PP es ganar en 2015 en la provincia, y en ésa estamos. Son momentos difíciles. Mucha gente no entiende las medidas que está tomando el PP. Lo comprendo, pero también creo que la gente entenderá antes que tarde que merece la pena tomarlas pues su situación mejorará. Y éste será nuestro pasaporte para ganar las elecciones en 2015”. Juan Bueno dixit, octubre de 2012.

Están locos estos romanos si, con la que está cayendo, creen conquistar la irreductible y dichosa Sevilla. Y dirán los galos, dando la vuelta al significado del adjetivo, pues sí, cuán dichosa es…

P.D.

La parva. Hay caídas de empresas que duelen, y mucho. Por su trayectoria y la de su fundador, Francisco León, uno no puede sino desearle la mejor de las suertes a la sevillana Merkamueble, que consiga levantar la suspensión de pagos (concurso de acreedores) y mantenga la actividad y la mayoría de su plantilla. No será por falta de empeño y voluntad del empresario, que, aunque suene muy manido, se ha labrado a sí mismo. Quizás le haya fallado no haber puesto más énfasis en el extranjero habida cuenta de que el mercado en España está muerto y, con la crisis económica, la gente no compra muebles sino “mueblitos”, como él un buen día los calificara…

La simiente. Uno no sabe si esto es simiente o paja. El español Amancio Ortega, fundador y principal accionista del grupo textil Inditex, es ya el tercer hombre más rico del mundo, ¡del mundo!, tras escalar vertiginosamente durante los años de la crisis económica. Olé por él y por sus 57.000 millones de dólares. ¿Se acuerdan ustedes del único sevillano que entró en la lista de Forbes? Era Luis Portillo, cuya virtual fortuna se esfumó al compás del derrumbe del ladrillo. Ortega al menos tiene un negocio sólido. Bien por él y bien por la imagen de España que, en medio de la crisis, labra grandes ricos.

La paja. El secretario de Organización del PSOE de Huelva, un tal Jesús García Ferrera, ha mandado a la ministra de Empleo, Fátima Báñez, a hacer punto de cruz y dejar el Gobierno. Yo, en cambio, le sugiero al susodicho socialista que aprenda él mismo a hacer punto de cruz, a bordar y a hacer croché, y así vaya aprendiendo eso de la igualdad entre hombres y mujeres que pregona su propio partido que, por otra parte, salta a la mínima cuando ve atacadas a sus mujeres al grito de ¡machismo de machistas! Lo dicho, señor García Ferrera, que le vaya bien la costura.

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