General

PGOU: las sagradas escrituras, y amén

Sacrilegio consideran algunos que la biblia urbanística de la villa de Sevilla, su Plan General de Ordenación Urbana, sea sometida a puntuales modificaciones. Como si de Carta Magna se tratara, si queréis cualquier cambio, procédase a equis disoluciones de las Cortes con referéndum incluido. No exagero, será que tantísimo trámite a mí me mata. Es más, pienso que semejante tocho, delicado, mimado, intocable, es la mayor obra burocrática de todos los tiempos, concebida en esencia para justificar el funcionariado a tenor de la cantidad de informes, contrainformes, administraciones y exposiciones públicas de ida y vuelta necesarios para borrar y meter el lápiz.

Critíquenme cuanto quieran los padres de esta Constitución y todos aquellos políticos, arquitectos, ingenieros, ecologistas, asociaciones variopintas e incluso periodistas que rezan todos los días según san PGOU, pero yo respaldo a quienes, con pecados veniales, nunca mortales, procuran que el códice, el incunable, se adapte a los tiempos, y no permanezca en un mírame y no me toques hasta que, con el pasar de la vida, y en vez de ser ahora un poco sacrílegos con este texto adorado en pedestal, nos veamos obligados a profanar la tumba del muerto de una capital muerta.

Se cargó de razones el delegado de Urbanismo, Maximiliano Vílchez, al argumentar el pasado viernes, durante la celebración del Pleno municipal, sus reformas parciales del libro de la ciudad. A su justificación más contundente le pongo yo un titular: PGOU, que no INRI. Porque si nos ceñimos a los felices años en los que fue concebido y parido semejante evangelio, ya saben, los previos a la crisis económica, seguiremos creyendo en que todo y pronto, sí, volverá a ser como antes, acto de fe, o más bien de ingenuidad, donde los haya. Las glorias anunciadas en esas sagradas escrituras, señores creyentes, no se han cumplido, así que o puntualizamos la religión o seguimos aguardando las buenas nuevas de la prosperidad bajo forma de paloma.

No estoy avalando, ni mucho menos, el advenimiento de un Lutero urbanístico que cometa la hereje y salvaje picota propia de época franquista –aquí, en Sevilla, también dejó su endemoniada marca, no sólo en la costa–, ni tampoco orando un bendito seas, santo Maximiliano, quien, por cierto, en pocos días quiere sacudirse un letargo que año y medio le ha durado. Sí clamo al cielo para que impere la cordura política, y no que cualquier iniciativa que busque mejorar Sevilla social y económicamente termine convirtiéndose en un berrinche por los siglos de los siglos, amén. Así no se hace ciudad.

No veo claro el porqué un aparcamiento subterráneo en el bulevar de la Alameda. Ni imaginarme quiero otra vez Calatrava colapsada, otro caos circulatorio en los accesos al casco histórico, otra vuelta al pasado, a una ciudad de los coches, del humo, de la contaminación. Sólo encuentro dos explicaciones al férreo empecinamiento del Consistorio. La primera, prometer al futuro comprador de la antigua comisaría de la Gavidia un parking con holgada capacidad para asumir el tráfico adicional generado por el nuevo centro comercial. Y la segunda, plegarse ante  presiones de las constructoras que, tras el fiasco inmobiliario y sin obra pública por delante, atisban la siguiente burbuja en los estacionamientos de pago, milagro, milagro.

En cambio, no veo el porqué no vender y convertir en centro comercial el edificio de la Gavidia, que ya da asquito. Consejería de Cultura, por cierto, no hay mayor impacto visual que el actual, eh, y si lo ve aquí y no en las Setas, es que andará usted ciegamente interesada, ¿o busca en ese edificio en ruinas el atractivo de una Sevilla decadente, cual barrio lisboeta de la Alfama? Qué quieren que les diga, mientras más competencia, mejor, mientras más actividad económica, mejor, y mientras más empleo, mejor. Lo ideal, eso sí, sería un complejo cultural, pero a ver quién es el mecenas…

El prodigio, la cuadratura del círculo, quizás esté en un centro comercial en Gavidia que no requiera parking subterráneo –señor Vílchez, sus propios informes hablan de un residual aumento del tráfico, salvo que los cálculos los tenga cocinados para comer al gusto– porque haya una amplia red de frecuentes autobuses eléctricos, no contaminantes, que, desde otros aparcamientos habilitados en derredor del Centro, lleven a los clientes hasta el casco antiguo. En fin, lancemos un roguemos al señor, te rogamos, óyenos.

Desde la oposición de izquierdas exorcizan, vade retro, Satanás, esta política urbanística a la carta, y sacan el rosario del “modelo” de ciudad. Pues sobre ésta, leo este epitafio: Aquí yace Sevilla tras recibir el sagrado sacramento del PGOU. Descanse en paz.

P. D.

La parva. El interventor municipal ha sido muy clarito en su último informe trimestral sobre el cumplimiento del plan de ajuste concebido por el Ayuntamiento para poder recibir del ICO los casi 60 millones con los que pagar deudas contraídas con los proveedores. Se oirá de nuevo a Zoido apelar a la mala herencia del bipartido de PSOE e IU. Y es verdad, démosle la razón. Pero las demoras adicionales en el pago, de las que El Correo ha dado cuenta, es responsabilidad exclusiva del actual equipo de gobierno, y los proveedores son quienes cargan las consecuencias de unas previsiones de ingresos municipales que no se están cumpliendo.

La simiente. La Consejería de Fomento y Vivienda, a través de la empresa pública EPSA, se acaba de apuntar un tanto frente al Consistorio en la reordenación del tráfico en el parque tecnológico Cartuja 93. Desde el Ayuntamiento, con el actual equipo de gobierno y también con el anterior, se ha prometido mucho a los empresarios, pero nada se ha hecho aún: ni la reorganización de las avenidas principales, ni la implantación de la zona azul, ni el urgente acondicionamiento del Charco de la Pava a lo largo de Carlos III. EPSA ha ofrecido varias bolsas de suelo –algunas de ellas reservadas para la ampliación de Cartuja, aunque con la crisis a saber cuándo– que suman 2.650 plazas de estacionamiento, si bien es cierto que buena parte ya se utilizaba como tales. Se acondicionarán, siendo una gran ventaja para la movilidad. A ver si acaban con la doble fila.

La paja. En tres largos años de La siega, es la primera vez que recurro a la expresión vergüenza ajena. Y va por usted, señor José Antonio Monago, presidente de Extremadura. ¿A qué viene esa arremetida contra la Caja Rural del Sur diciendo no me conquistes, Andalucía, que para conquistadores, los extremeños? Muchos conquistadores tendrá su tierra, que es también la mía, pero la región está a la cola de todo. ¿Dónde están sus cajas de ahorros? Si no hubiera sido por los procesos de fusión, estarían en la ruina. Su salida de tono para denunciar la integración de balances (SIP o fusión fría) de la Rural de Extremadura –recordemos, es una cooperativa de crédito y, por tanto, propiedad privada, nada que ver con las cajas de ahorros– y la del Sur revela un intento de meter la cuchara en las finanzas, y ya bastante sofocones nos dieron los políticos metidos a cajeros.

Standard
General

Ovejas descarriadas

Llegaba éste que escribe a Sevilla, ya hace unos cuantos años, media vida, con la impresión de una ciudad muy cristiana, muy católica y muy apostólica, donde una cofradía se ceñía a la primera acepción del nombre, hermandad o congregación de devotos, y no a su tercera, que habla de participar de ciertos privilegios, y, por supuesto, nunca a la cuarta, pues la define como junta de ladrones o rufianes –Diccionario de la Real Academia Española–. Es más, pensaba yo, iluso de mí, que sus hermanos mayores eran no ya hombres buenos, sino buenísimos, gente piadosa, diría incluso cuasi santa, con el bien común y, sobre todo, la fe como únicas guías para el mandato cofrade y su vida personal. Lo dicho: cándido, ingenuo, inocente, tonto.

El tiempo me demostraría que esto de la Semana Santa tiene mayoría de tradición, cultura y arte y minoría de religión, labor pastoral y tarea social y que esos hombres buenos se dejan arrastrar por la vanidad, la confabulación y la conspiración, con puñales incluidos –víctima reciente: Adolfo Arenas– e intrigas contra su pastor, quién, el arzobispo de Sevilla, que ha de bregar no ya con ovejas descarriadas, sino con carneros que topan –y si esto ocurre aquí, imagínense cómo ha de ser el contubernio vaticano–.

Juan José Asenjo habrá pensado para sus adentros que maldita la hora en que se le ocurrió recurrir a las cofradías para organizar el Magno Viacrucis del Año de la Fe. Él, que así quería congraciarse con las hermandades y cogerles el tranquillo como tan bien lo hiciera el cardenal Carlos Amigo Vallejo –y aún lo sigue haciendo, que hay sombras que son muy alargadas– , sale más que escarmentado de esta experiencia, y con la sensación eterna de que a Dios lo que es de Dios, a las cofradías, barra libre, y, como relata el refrán de la familia, éstas mientras más lejos, mejor. Sí. En su día el arzobispo entró con muy mal pie, y no se lo han perdonado…

Monseñor, si de una gran manifestación de fe se trataba, hablando precisamente de ovejas, no me mezcle su reverendísima churras con merinas, porque tras tres años como titular único en Palacio –fíjese la palabra empleada por los periodistas cofrades para referirse a su casa, que aunque palacio arzobispal, sí, ese Palacio en mayúscula tiene cierto deje, su excelentísima ya me entiende– debería haber constatado que, en la Sevilla de las muchas apariencias, la fe muchas veces, más de cuatro veces, está reñida con la sinceridad, y sin sinceridad no hay fe. Por tanto, y que Dios me perdone, el error de bulto radicaba en la concepción misma del Magno Viacrucis, puesto que las multitudes acudirían simplemente a contemplar los catorce pasos, mientras que la minoría, loada sea, estaría con usted en la Catedral con o sin cristos y nazarenos en un ejercicio de credo verdadero, y no fingido.

Ser hombre de iglesia y ser hombre cofrade pueden coincidir, sería lo lógico e ideal, pero, en la mayoría de los casos, no lo hacen, y ahí están las estadísticas que restringen nuestro catolicismo a los sacramentos del bautismo, la comunión y el casamiento, todos ellos con preceptivo banquete. La familia, la tradición, la amistad, la vecindad, la cultura, el arte y, por último, la solidaridad conforman las claves ciertas de las hermandades, y la fe –cuán respetable y encomiable es tenerla en los incrédulos tiempos que corren–, que debería ir guiando, queda rezagada para muchísimos al final.

Que conste. No critico la labor ni la función de las cofradías porque, aunque cuesta para quienes no somos de aquí, he llegado a comprender conceptos tales como ser hermano, sentirse y ser parte de la hermandad, hacer barrio, admirar el arte, dejarse llevar por las sensaciones y las emociones, desear una buena estación de penitencia, y, por qué no, recrearse con la belleza, sin olvidar, eso sí, la callada labor social que realizan, muy meritoria pero, por desgracia, oculta tras toda la parafernalia. Dicho esto, no puedo sino lamentar, a tenor de un Magno Viacrucis que concluyó como el rosario de la aurora, que quienes deberían ser hombres buenos y, claro está, predicar con el ejemplo trasladaran a la feligresía un espectáculo de ovejas –más bien diría cabras– descarriadas, dejando al pastor Asenjo con el alma descompuesta, en ellos la fe completamente perdida, y pensando en Santo Tomás, una, Dios mío, y no más.

P. D.

La parva. Querido Espadas: En política hasta para ser populista hay que tener arte, y usted no lo tiene. Su rival Zoido, sí, lo posee a rebosar, supo cómo serlo en campaña electoral y aquí lo tenemos de alcalde. Pero los modelos no se traspasan entre personas, y no cabe repetirlo ni plagiarlo entre políticos de diversa ideología, simplemente porque no son creíbles. Usted, señor Espadas, es en esencia un técnico, aproveche su ventaja y no se mire en espejos de nadie. No gana nada proponiendo un boicot a Danone para así evitar que cierre su planta de Sevilla. Ni la Junta de Andalucía le respalda. Espero no verlo asaltando supermercados…

La simiente. Atentos a la cadena catalana de distribución alimentaria Miquel Alimentació, que comienza a abrirse un hueco en la provincia sevillana, con aperturas de supermercados en localidades medianas. Poco ruido hace, pero esta compañía, que reúne tanto negocio minorista (esto es, tiendas) como mayorista (establecimientos de cash & carry), mantiene firme su estrategia de ampliar cuota de mercado en el segmento de los supermercado en la comunidad andaluza, con las enseñas SPAR (para el área oriental) y Suma (en la occidental). Y, al contrario que otras empresas de la competencia, Miquel Alimentació primero ha empezado por los pueblos, para después ir subiendo a por el ya muy saturado mercado de la capital.

La paja. A ver, don Juan José Cortés: Peca usted de falta de humildad cuando dice eso de que la montaña vaya a usted y no a la inversa. Ya la montaña no se llama Zoido, quien, en épocas electorales, lo fichó, cual estrella mediática, para ser asesor del grupo municipal del PP en temas sociales. Desde entonces, nadie lo ha visto por los barrios más degradados y con mayores carencias pero, claro está, como usted alega, son ellos los que han de acudir a su despacho, que para eso lo tiene, llamen a la puerta antes de entrar. Ser asesor social desde el despacho, sí, requetebién. El PP puede gastarse su dinero en los asesores que quiera y encomendarle el trabajo que considere oportuno. Pero no me negarán que aquel fichaje resultó a la larga un mero bluf.

Standard
General

El Coronil o la mala política a sangre y fuego

Este artículo parte de la desinformación y, por desinformado, ni tan siquiera debería publicarse. Pero aquí está. Contrasentido periodístico, sí, soy consciente, pero el tema tratado, El Coronil, se presta a escribir sin saber realmente qué pasa. Nadie dice la verdad, todos mienten. Cual frente de guerra donde los propios corresponsales reconocen que tantas víctimas hay según qué bando, sin que las fuentes, ni las oficiales ni las opositoras, sean cien por cien fidedignas, por no alegar que son cien por cien falsas. Y a tantísima desconfianza me lleva un pueblo, ese sevillano, cuyos vecinos tienen en la política, en la mala política, un constante campo de batalla, y también intransigencia en la sangre. A estas alturas, tras un mes de esperpéntica huelga de basuras, no sé si las razones asisten al alcalde socialista o a los comunistas del SAT, pero sí que hay dos hechos objetivos. Primero: impedir la retirada de los desperdicios en áreas declaradas en riesgo sanitario, esto es, con peligro para la salud, es de juzgado de guardia. Y segundo: si el conflicto laboral no guarda relación con los trabajadores de la limpieza, resulta inconcebible que, en el legítimo enfrentamiento y discusión de pareceres que pudieran existir con el Consistorio, se coja como rehenes a todo el municipio y a todos sus habitantes, sin flexibilidad ni cuando está en peligro la salud –que es la vida– de las personas.

Tres problemas principales afloran en esta localidad. Uno habla de que, cinco años después de perder el poder local, los miembros del SAT –el antiguo SOC de los incombustibles Sánchez Gordillo y Cañamero– se resisten como gatos panza arriba a acatar las reglas de la democracia. Eso sí, con la insultante y amenazadora verborrea que les caracteriza, llaman fascistas a quienes no comparten ni sus ideas –todas, por supuesto, respetables– ni sus formas de hacer política, algunas de las cuales, cuando bordean la violencia ya sea de acción o de palabra, ni se deben tolerar, ni consentir ni transigir, y mucho menos si se está ejerciendo responsabilidades de gobierno –señor Diego Valderas, esto va directamente por usted–. Otra cuestión, sería la segunda, atañe al haber considerado durante décadas que el Ayuntamiento era no una institución para administrar el pueblo y sus necesidades, sino una empresa y una máquina de hacer empleos a conveniencia y para los míos, y siempre a costa del dinero público. Y, tercera y última controversia, haber amamantado a los niños con una ideología del no respeto a los demás, o conmigo o contra mí, labrando durante años el rencor del nunca acabar y obviando, pues, el primerísimo principio democrático de que las ideas se defienden con palabras y argumentos, y no a hierro, no a sangre, no a fuego.

Leo estos días panfletos encabezados con un ¡hasta la victoria final! Soflamas de guerra. Denuncian la existencia de nuevos caciques en el municipio, apuntan al alcalde y, por extensión, a los socialistas andaluces, que quieren terminar con este histórico reducto comunista, cuál, El Coronil. Señalan que el Consistorio es un cortijo, donde el primer edil se cepilla la exigua bolsa de trabajo para contratar, dicen, a los suyos –señor Jerónimo Guerrero, si de verdad hay enchufes, mal, muy mal, así, no–, expresión que presupone que anteriormente los suertudos eran los míos. Y, como remate, aseguran que los servicios mínimos no se cumplen por órdenes del Consistorio, para así enquistar el conflicto laboral, al tiempo que consideran que la Consejería de Salud atiende exclusivamente a intereses partidistas cuando, por evidentes razones sanitarias, ordena una recogida urgente de la basura en las proximidades del colegio o la guardería. Es igual, qué más da, ¿verdad? Que sigan merodeando los pequeños de El Coronil entre la mierda, hasta que pase algo…

No, señores míos del SAT. Ni me imagino ni puedo imaginarme a las autoridades sanitarias jugando, como ustedes, a la política en una materia tan sensible como es la salud de las personas. La responsabilidad de la administración autonómica es, en este caso, muchísimo mayor que vuestro muy egoísta intento de retomar en las calles el poder que las urnas les denegaron. No cabe otra conclusión después de constatar cuán raquítica es esa bolsa de empleo –señor alcalde, por cierto, en la tasa de reposición cero se puede ser flexible– que reclamáis, y si realmente existen enchufados, acudan a los tribunales. Aquí al menos los hay, como también existe libertad de expresión. A Corea del Norte mandaría yo a muchos de esos jóvenes –e ilusos– comunistas que, a final de 2011, lloraron la muerte de Kim Jong Il. Seguro que regresaban escarmentados.

P. D.

La parva. Los trámites del dragado parcial del río Guadalquivir para que puedan entrar buques de mayor calado hasta Sevilla sufren un nuevo retraso, otro más, esta vez dentro de la propia Autoridad Portuaria. No se espera que tarde mucho la autorización técnica, se habla de semanas o meses, aunque es posible que la aprobación se realice con un nuevo presidente del Puerto de Sevilla, a tenor de los tambores de relevo inmediato que suenan para Manuel Fernández, quien se ha mantenido en el cargo a pesar de los cambios de gobierno tanto a nivel nacional como local.

La simiente. Bienvenido al arenal de Plaza Nueva al nuevo concejal socialista Miguel Bazaga, que sustituye a Mercedes de Pablos, quien asume las riendas del Centro de Estudios Andaluces. El protocolo dicta desearle toda clase de parabienes, y así se hizo el pasado viernes, con loas incluidas del alcalde, el popular Juan Ignacio Zoido. Bazaga lleva dos décadas vinculado a la Banda de Música –que, por cierto, está también que trina con los recortes municipales– y no son precisamente melodías las que ahora tendrá que tocar en el Ayuntamiento hispalense. Desde aquí, desearle muchísima suerte. “Siempre ha mostrado colaboración defendiendo el interés general y con altura de miras”, dijo de él Zoido. Ahí están sus palabras, a ver qué quedan de ellas cuando el concejal socialista baje realmente a la arena…

La paja. Uno acude al Pleno del Ayuntamiento de Sevilla y parece estar en la sede del Parlamento de Andalucía a tenor de la cantidad de reproches entre el gobierno municipal y la oposición de PSOE e Izquierda Unida a cuenta de los dineros que la Administración autonómica adeuda al Consistorio y por la doble condición de Juan Ignacio Zoido como alcalde y presidente del PP regional. El pasado viernes, por ejemplo, el socialista Juan Espadas le recriminaba al regidor que justo aquello que éste reclamaba más al Ejecutivo de José Antonio Griñán, empleo, empleo y empleo, no lo ejecutaba de puertas para adentro, esto es, en Plaza Nueva. Zoido, por su parte, se defendía mandando a los portavoces de PSOE e IU a pedir al bipartito autonómico las partidas económicas que debe al Ayuntamiento. En fin, lo dicho, hospital de las Cinco Llagas.

Standard
General

Dos cartas para echar a la basura

Mi querido señor Juan Ignacio Zoido:

¿Se puede saber quién es su estratega laboral? Porque la lleva clara… Cepílleselo ya. Ha jugado con fuego o, en este caso, más bien con mierda. El hecho obstinado de no volver a la negociación con el comité de empresa de Lipasam hasta el día de ayer tenía sus pros y sus contras. Sí. Como gran mandatario municipal, usted se mantenía firme, de aquí no me muevo, qué se creerán estos basureros, sin ceder ante, según sus palabras, el vandalismo asociado a la huelga indefinida de basuras, si bien, dicho sea de paso, ya había claudicado un pelín, porque hace un par de semanas en su equipo de gobierno aseguraban que el Ayuntamiento no se sentaría con los empleados si persistía la amenaza de este paro a lo bestia. Es la táctica política del para cojones ya están los míos. Le podía o no salir bien, todo dependía del grado de resistencia económica y anímica del adversario. Lo malo vendría si a usted, señor alcalde, le obligan a agachar resignadamente la cabeza y a tender la mano no ya los operarios de la limpieza, sino o los empresarios que viven del turismo en una ciudad, Sevilla, que también tiene en él una vital fuente de ingresos, o un problema de salud pública que, con el radiante sol de estos días, acecha. Entonces, fallida la pericia política, afloraría la suerte del gallo de Morón, sin plumas y cacareando en la mejor ocasión.

La maniobra de airear sueldos y cláusulas del convenio colectivo –que causan mucha sorpresa, sí, aunque fueron consentidas y rubricadas por anteriores alcaldes y nada de ellas dijo el actual cuando, la primavera pasada, refrendó el acuerdo, o más bien patada hacia adelante, con el comité de empresa de Lipasam, ése que tanto esgrime para justificar su postura– ha fracasado, sí, entre otras cosas porque tales retribuciones y derechos laborales fueron legalmente ganados, con sello y membrete del Ayuntamiento y con preceptiva publicación oficial. Mal me acusen de demagogo, si no lo digo, reviento: en medio de tantos sobres y sobresueldos peperos, ¿quién es el bonito que se atreve ahora a cuestionar las condiciones económicas y laborales de los trabajadores? Y puestos a jugar al por mis cojones, animo al Gobierno local a revisar todos y cada uno de los convenios colectivos de sus empleados, incluidos los de Tussam y la Policía Local, y a acabar con todos sus privilegios. Venga, adelante. Se abre la veda.

Mi querido señor Antonio Bazo:

De entrada, una pregunta para usted, portavoz del comité de empresa de Lipasam, que ha de responder con el corazón en la mano y la cabeza fría: ¿De verdad había que llegar al extremo de una huelga indefinida? Sinceramente, yo creo que no. Se lo digo desde fuera. Con una visión distinta e imparcial. Soy de los que piensan que cuando uno se mete muy mucho en su mundo pierde la perspectiva del conflicto. Así es. Convertir la ciudad de Sevilla en un gran y pestilente estercolero por una rebaja de la masa salarial del 5% y una ampliación de dos horas y media en la jornada de trabajo semanal, hasta las 37,5, no es de recibo. No, no lo es. Y menos en los malos, críticos, tiempos económicos que corren. Sí, le doy la razón, no es justo que el tiempo adicional se concentre en festivos y, así, evitar emplear a eventuales, ni tampoco que el recorte de sueldo abarate las contrataciones futuras. Dicho esto, al menos a mí no me entra en esta cabeza, y mire que he cubierto conflictos laborales, que semejantes exigencias sean suficientes para convocar su dura, durísima, protesta.

Y le digo aún más, señor Bazo, aunque también en el siguiente argumento me coloquen la etiqueta de demagogo. Cada uno vela por sus intereses, ley natural donde las haya. Pongo un ejemplo: el Consistorio está contentísimo con sus empleados de la Agencia Tributaria y sus policías locales al actuar como máquinas registradoras –multa que te pongo, multa que tramito, multa que te cobro–, y para ellos, pues, se arbitran los incentivos por productividad, frente al resto de los trabajadores municipales, a quienes les está reservada la esquiladora de los recortes públicos. Sin embargo, hoy por hoy, y en medio de esta larga crisis, el contexto del conflicto laboral de Lipasam, más allá de esas cuatro paredes de la Administración que gobierna Juan Ignacio Zoido, habla de cierres de empresas, de expedientes de regulación de empleo, de despidos masivos, de paro, de muchísimo paro. Y en ese ambiente, en ese drama, mi querido sindicalista, resulta difícil decir sí a todas sus reivindicaciones.

Puestos a responder al por tus cojones, los míos, la experiencia demuestra que la paciencia de la plantilla nunca es infinita, sobre todo cuando la huelga termina costando a los operarios más dinero que la propuesta inicial de la empresa, sea pública o privada. Y entonces la unidad queda minada. Y entonces el comité de empresa se quema. Y entonces hay pérdida por partida doble: la laboral y la sindical –y ésta última gustaría al Consistorio…–.

En Sevilla, a 4 de febrero de 2013 (y con la sensación de que firmo dos cartas que terminarán en la basura).

P.D.

La parva. Caixabank no descarta nada para la torre Pelli. Terminará la obra. Después el abanico de posibilidades es amplio: venderla, adjudicarla a una firma externa para la comercialización de oficinas y locales comerciales o mantenerla en una de sus filiales inmobiliarias y emprender una gestión propia del rascacielos. Vender ahora, no, se perdería dinero. ¿Quién sería tan loco como para comprar? Empresarios ricos y fondos extranjeros no faltan. Cabe recordar que algunos céntricos edificios como los del Santander en Tetuán y Avenida, ambos de Amancio Ortega, o el de Sevillana en la avenida de la Borbolla, de Metrovacesa, no son de sus inquilinos. A esperar.

La simiente. Y hablando de Caixabank. Su presidente, Isidro Fainé, no quiere disputas territoriales. El pasado viernes, durante su rueda de prensa en Barcelona y a preguntas de un periodista sobre sus relaciones con la Generalitat de Cataluña, dijo que se llevaba bien con todas las administraciones, y en la respuesta incluyó a la Junta de Andalucía. Y es que, pese a las últimas y polémicas palabras del consejero de Cultura, Luciano Alonso, recordando que las llaves de las Atarazanas aún las tiene La Caixa, lo cierto y verdad es que el conflicto por la ubicación del Caixafórum toca a su fin. En la torre Pelli, y no hay más que hablar. Para las Atarazanas, señores de la Junta y del Ayuntamiento, lo que vosotros queráis…

La paja. Y seguimos con el banco catalán. Ha tenido que llegar una entidad foránea para que se ponga dinero privado para la restauración de la iglesia de Santa Catalina. ¿Pero dónde están los patrocinios de las empresas privadas y del resto de bancos y cajas? Echo en falta, sobre todo, aportaciones de las empresas turísticas, ésas que siempre están quejándose y pidiendo al Ayuntamiento y a la Junta. Ya es hora de un mayor compromiso con el patrimonio de la ciudad y no tanta actitud pedigüeña. No estoy hablando de emprender un amplio despliegue como Cruzcampo, Abengoa o Endesa, sino de pequeñas aportaciones, cada uno en lo que pueda, que contribuyan a sufragar restauraciones.

Standard