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Expoliando, que es gerundio

Yo no expolio, tú expolias, él expolia. Nosotros no expoliamos, vosotros expoliáis, ellos expolian. Sigamos conjugando, hagámoslo en pasado, presente y, me temo, en futuro. Sí. Está de moda este verbo en Sevilla capital. Expoliar: “Despojar con violencia o con iniquidad”. La definición concebida por la Real Academia Española se queda muy corta para la retahíla de casos conocidos. Yo hablaría de despojo con violencia para el bolsillo ajeno, el de los contribuyentes, con avaricia, a mala leche y susceptible de aprovechamiento partidista e interesado por parte de los políticos, siguiendo su difusión pública la ley del embudo, ancha para mí si causa mal a mi adversario y siempre estrecha para protegerme y proteger a los míos, ignorando el caso que denuncien quienes hoy se sientan –ayer éramos nosotros– en la bancada de enfrente.

Sucedió en el Pleno municipal del pasado viernes. Los socialistas sometían al delegado de Movilidad y Seguridad, Demetrio Cabello, a un larguísimo interrogatorio de tipo americano (el pueblo contra…) por el expolio de las antiguas instalaciones que ocupaba la Policía Local en la Cartuja, en cuyo desalojo arramplaron con todo, tan sólo faltó que lamieran las paredes para llevarse la pintura. Mientras tanto, Gregorio Serrano, el titular de Empleo, Economía, Fiestas Mayores y Turismo –¿no cabía nada más en el nombre del cargo?–, salía al pasillo para contar a los periodistas, ey, noticia os traigo, los de ahí dentro que se enteren por la prensa, la existencia de más –aún más– facturas presuntamente irregulares en Mercasevilla, ya convertida en la lonja por excelencia de la corrupción andaluza. Pues bien, el susodicho, amplitud de vocabulario donde las haya, enlazó tres veces la palabra expolio en la misma frase. ¿Queda claro? No. La conjugación seguiría en la jornada siguiente con el alcalde, el muy popular Juan Ignacio Zoido, hablando en tercera persona del plural del pretérito perfecto simple, ellos expoliaron, pero justo un día después, a preguntas de la canallesca, se negó a entonar tanto la primera persona del plural, expoliamos, como del pretérito perfecto compuesto, hemos expoliado. Lo dicho. Dos varas de medir. Porque utilizar la misma hubiera sido reconocer los hechos y, por tanto, conferir un vuelco a las diligencias judiciales ya abiertas…

No estoy comparando ambos asuntos, ni por asomo. La envergadura del vergonzoso caso Mercasevilla deja el tema de la antigua comisaría de la Cartuja en mero episodio del cómic Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. Las cosas como son. Desde aquí, de veras, un respaldo al máximo para que el equipo de Zoido siga buscando, sacando y revisando todos los cajones de la lonja y remitiendo a los juzgados cualquier factura que se presuponga falsa. Que se abra Mercasevilla en canal y se limpie su mierda, denunciando a quienes sacaron tajada de sus cargos públicos y de sus influencias políticas. ¡Cien mil kilos de pintura para el mercado mayorista de pescado y fruta! Sería para dar algo de color a la corrupción…

Dicho esto, señor alcalde, no debería usted restar importancia ni obviar otras polémicas bajo su mandato, porque pueden saltarles en la cara. ¿No se acuerda ya de los enchufismos peperos en los talleres de distrito pocos meses después de ganar las elecciones? La experiencia debería servirle para andarse con pies de plomo cuando hay denuncias como la del expolio de la comisaría de la Cartuja porque la historia, además, causa sonrojo por chusca. Muy chusca.

El Ayuntamiento que, intuyendo, sólo intuyendo, que el edificio sería demolido, cursa orden de llevarse todo el material reutilizable, aunque cueste sacar de cuajo los enchufes y cables de las paredes. El intendente que cumple con sumo celo el mandato y, asimismo, permite, negociar a un policía local con las taquillas, que se venden a una chatarrería con cuyos dueños existen vinculaciones familiares, con reparto posterior del beneficio. Por último, estos chatarreros u otros se extralimitan y casi arrancan hasta los muros de hormigón. Y en medio, el agente que apela a la jerarquía, el intendente que apela a la jerarquía y la jerarquía, el Ayuntamiento de Sevilla, que carga contra sus subordinados pero, eso sí, reconoce su propio síndrome de Diógenes. Pues mientras los juzgados dictaminan qué responsabilidad hay en esta cadena de despropósitos, lo menos que podría hacer el Consistorio es sentarse y hablar con la empresa perjudicada, Detea, aunque sea sólo para otorgar mayor credibilidad a su propio soniquete político de los expolios. Expóliese también el actual Consistorio de quienes obraron mal.

P.D.

La parva. Qué difícil es gobernar y, a la vez, estar en la oposición. Me refiero a Juan Ignacio Zoido, el alcalde en Sevilla, el líder del PP en la comunidad andaluza. A ver quién se cree sus ataques a las políticas laborales del Ejecutivo autonómico del socialista José Antonio Griñán cuando él mismo tiene a las puertas de Plaza Nueva un tropel de manifestaciones de trabajadores descontentos con la gestión municipal. Son las incongruencias de la política y son los inconvenientes de ese don de la ubicuidad política. Si el tema del candidato del PP-A no se soluciona pronto, trabajo le costará que se crean su discurso…

La simiente. Que la despedida de la concejal Mercedes de Pablos suscitara aplausos por parte de los tres partidos que se sientan en el Ayuntamiento de Sevilla dice mucho de su labor, muy lejana de la típica –y a veces rastrera– confrontación política, y de su personalidad, pues no ha dudado nunca en felicitar públicamente a la bancada popular cuando se adoptaban iniciativas que consideraba idóneas, en especial en cuestiones culturales y sociales. La presencia de personas sin fidelidad inquebrantable y a ultranza hacia unas siglas políticas enriquece, y muchísimo, a los partidos entre otras cosas porque aportan una visión distinta, sin la contaminación excesiva de quienes no ven más allá de las cuatro esquinar del carné, de cómo resolver problemas y de cómo acercar posturas. Buena suerte en su nueva andadura.

La paja. La banca, que a poco que te descuides te mete en una lista de morosos que te complica la vida, debe la tira de millones a las comunidades de vecinos de las viviendas que se han quedado en propiedad tanto por los impagos de hipotecas particulares como por la absorción de promociones inmobiliarias para compensar créditos empresariales no recuperados. Como institucionalizó Federico Trillo, manda huevos. Dos lecturas. La primera: gracias a sus cuotas mensuales, los vecinos que pagan religiosamente están sufragando los servicios comunitarios de los que se benefician también sus nuevos e invisibles vecinos, los bancos. Y la segunda, lástima que no se incluya a esas entidades financieras en las listas de morosos, así sufrirían en propia carne qué es tener, por mero despiste, un descubierto…

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No creer en nada ni en nadie

Ni aun escribiendo para la sección de Local de un periódico resulta fácil abstraerse de la mortaja de corrupción que entierra a España. A derechas e izquierdas, tanto monta. Es un claro reflejo de la sociedad de este país, ni más ni menos, me dice un colega de profesión, del diario As para más señas. Uf, Javier, reconozco, compañero, que me has pillado. Pero me miro al espejo y, sinceramente, no atisbo esa perversión plasmada. Y me pregunto: ¿Qué he hecho yo, pues, para merecerme a estos crápulas? Uno no es sólo aquello que revela, sino, sobre todo, aquello que oculta. Sí. Ésta es la respuesta: Yo y usted, mi queridísimo lector, conocemos casos de corrupciones a pequeña escala. No lo neguemos: ese ¿con o sin IVA?; ese familiar que recibe ayudas a las que, sin engañar, no tendría derecho; ese que cobra el paro y, sin embargo, está trabajando, ese padre que falsea documentación para que su hijo entre en el colegio deseado… Cuántos casos, ¿verdad? Y no actuamos. Callamos. Lo malo es cuando las minúsculas cosas se tornan mayúsculas y, para más inri, protagonizadas por personas que, con la medalla de servidor público al cuello, se aprovechan de su influencia en las administraciones y en los partidos políticos hasta grados escandalosos. Gente con la vida más que resuelta pero con la avaricia milmillonaria a flor de piel, pero también gente rastrera que, ejerciendo cargos oficiales, cae en lo más bajo por los 600 euros que trae el sobre o por un chute de cocaína. Vergonzoso.

Gracias a la prensa que nos está dando tanto. A la escrita y, por supuesto, a la publicada exclusivamente a través de internet. En unos momentos de criba constante en todos los medios de comunicación y proliferación de gabinetes oficiales, especializados éstos en negar y obstaculizar, uno piensa qué pasaría sin los profesionales del rastreo y sin la memoria histórica. Bajo a Sevilla. Fíjense. Fue tirar y tirar del hilo de una simple denuncia por soborno en Mercasevilla, y ahí tenemos el entramado corrupto de los ERE por toda Andalucía con unas consecuencias judiciales y políticas aún por concluir. Subamos a Madrid. Fue tirar y tirar del hilo de la trama del caso Gürtel, y quedó al descubierto la codiciosa ralea de los amigos de quienes nos gobiernan. Y eso lo hicieron y lo hacen los periodistas de raza y casta, respaldados por sus fuentes policiales y judiciales, y quienes soportaron y soportan la negación de la oficialidad y las salidas de tono tipo sí, hombre (Rajoy dixit). Mi sincero reconocimiento.

Si ya de por sí la sociedad española está muy calentita con la crisis económica, que se adentra en su sexto año, y con el drama del desempleo, esta corrupción política hasta extremos insospechados –de hecho, tan sólo salimos en el The New York Times en reportajes que hablan de penurias y corruptelas– encrespa aún más los ánimos y, por supuesto, ahonda vertiginosamente la brecha abierta entre la ciudadanía y los partidos. Contados garbanzos negros afloran en un potaje, pero, pagando justos por pecadores, terminan siendo los que saltan a la vista. Pero el resto es gente honrada. Y por eso jode tantísimo que, en lugar de separar e incluso escupir, los blancos arropen a los negros ofreciendo un plato común a los estómagos de, por ejemplo, el parado y su familia. El colmo de los colmos, tratarnos como tontos. Miren nuestros IRPF, miren si hay recibís, señalan como argumentario de autodefensa. Sí, claro, como si el dinero B se declara a Hacienda… Estrategias ruines.

Mientras tanto, y aquí llega el latigazo final, de Despeñaperros para abajo vivimos una fiebre de pactos. Por Andalucía, por Sevilla, por la provincia. Las antesalas de meras peleítas, me temo. Al respecto, una sola reflexión. Si los partidos no logran ponerse de acuerdo siquiera en lo más básico ahora, que es el impulso a la economía y al empleo –señores, no me estoy refiriendo a eternos debates ideológicos sobre la Constitución, el Estatuto de Autonomía y el desafío de Cataluña ni tampoco a las condiciones municipales de venta del edificio de la Gavidia, el cambio de usos de la antigua fábrica de Altadis o el desatasco de la tienda de Ikea, sino de cosas inmediatas y tangibles, y no a equis años vista–, al final el descrédito será grandioso, para unos y para otros, a diestra y siniestra. En el caso del pacto en la capital, no me creo nada dado que a la mayoría absoluta del PP nada le hace falta para imponer su rodillo. Y, por último, a quienes hablan en la comunidad autónoma de emular la unidad de los Pactos de la Moncloa: ¿De verdad consideran ustedes que existen en la actualidad líderes políticos con la voluntad, el compromiso y la visión de aquellos años de la transición española? Yo, sinceramente, creo que no. Ni a derechas, ni a izquierdas.

P. D.

La parva. Escucho que el vicesecretario general de los socialistas andaluces, Mario Jiménez, solicita al Partido Popular regional que cree una “comisión de la verdad” para determinar si también en su cúpula, en los tiempos de Javier Arenas, ha habido reparto de sobres al igual que en el partido nacional. Está bien que lo solicite, de veras. Una comisión de la verdad. Suena bien. Y ahora yo le pregunto: ¿La misma comisión de la verdad verdadera que hubo en el Parlamento de Andalucía acerca de la trama de los ERE? Porque allí los socialistas no destilaron precisamente una verdad íntegra…

La simiente. Mercadona ha empezado a repartir alimentos en buen estado pero con cercana fecha de caducidad o con defectos en el envasado entre los colectivos sociales de barrios de Sevilla. La primera experiencia se está desarrollando en un comedor social de Triana. Muchos se preguntan por qué no se ha hecho antes, por qué supermercados, hipermercados y restaurantes tiran tanta comida. Pues porque somos malos. Si algún producto sale deteriorado, ¿cuál hubiera sido el titular? “Tal o cual empresa distribuye alimentos caducados o en mal estado a tal o cual obra de beneficiencia”. Y la reputación, el daño a la imagen, por los suelos. Por eso se mide muy mucho este tipo de medidas. No es tan fácil como se pinta.

La paja. Oye, que en Sevilla capital hay que planificar bien la muerte. Si te mueres un viernes o el fin de semana, que tus familiares hagan un cuadrante con los horarios exactos de las incineraciones, porque no hay suficiente personal en el cementerio por aquello de los recortes presupuestarios, o que piensen directamente en meterte en un nicho, como se ha hecho toda la vida de Dios. De lo contrario, tú, ya muerto, irás del hospital al tanatorio, del tanatorio a cualquier pueblo de Sevilla para que te quemen y, finalmente, del tanatorio al cementerio de San Fernando o donde quieras que depositen tus cenizas. Eso sí, será tu último gran viaje metropolitano.

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Que se evite la puerca estampa

Todos los conflictos laborales comienzan igual y las estrategias de las partes, trabajadores y empresas, arrancan desde posturas completamente antagónicas –tú no cedes, pues toma esta huelga indefinida–, lanzándose petardos con la prensa de por medio. Lo de siempre. El caso de Lipasam, como cualquier otro, se adapta al guión. Para los empleados de la limpieza municipal, el malo es el Ayuntamiento de Sevilla, y para éste, los malos son sus operarios. Yo no sé realmente quienes serán los malos malísimos, pero sí que en esta historia no existen buenos buenísimos. Habrá que repartir bilis, a ver si impera la pulcra cordura y logramos espantar la imagen de una ciudad estercolero.

Fíjense: tanto discutir sobre el impacto de la torre Pelli en los monumentos considerados patrimonio de la humanidad –Catedral, Alcázar y Archivo de Indias– y digo yo que más asquerosa fuerza visual tendrán sus entornos repletos de mierda. No me tachen de soez, mejor llamar a la basura por su nombre. No. La Sevilla turística no se puede permitir la puerca estampa, y tampoco quienes aquí vivimos, aunque, ahí va el dardo, de civismo y educación aún anda corta la capital, todos presumimos de ser Don Limpio en nuestras casas, pero de puertas para afuera seguimos siendo Don Guarro.

Precisamente ayer, vi a un barrendero recogiendo múltiples bolsas de basura depositadas en el suelo en la calle Corral del Moro, a pesar de la recogida automática, las metes, das a la palanquita, y listo. En poco más de cincuenta metros, hay tres buzones para residuos orgánicos, uno estaba estropeado y, ay, qué fatiga andar unos pasitos hasta el siguiente, aquí mismo las dejo, que las recoja otro. También he visto cómo un operario de la empresa municipal de limpieza barría hacia el cauce del río en el Paseo Juan Carlos I, ya se sabe, ojos que no ven… Y, por último, por Youtube circulan los vídeos de los camiones de la basura de la Alameda no respetando el reciclaje e ignorando los contenedores específicos para el papel y los envases, y esto no es problema ni de los trabajadores ni de los ciudadanos, sino de la propia empresa, Lipasam, y, por tanto, del Ayuntamiento. Quede claro, pues, que existen ejemplos de mala praxis para todos. Todos.

Vayamos al meollo. Ni me gusta ni creo acertada la maniobra del Consistorio hispalense para granjearse la antipatía de la vecindad hacia la plantilla de Lipasam ventilando cuánto gana como media cada empleado y recurriendo, pues, a la táctica del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero contra los controladores aéreos. Son sueldos públicos y sí, tenemos, como contribuyentes, el derecho a conocer la cuantía, pero no valen las medias, hay que concretar aún más los datos. De hecho, este periódico publicó la semana pasada la relación de salarios que sirvieron de base en 2012 para eliminar a los operarios la paga extra de Navidad, y ni por asomo se acercan al promedio del que habla el Ayuntamiento. Eso sí, y aquí viene el matiz: al agregar algunos pluses o complementos que sólo se cobran en determinadas circunstancias pues, oye, un simple peón percibe un buen sueldo al añadir nocturnidades, domingos y festivos porque ven alterados los horarios laborales normales –y, por tanto, la vida misma– que disfrutan el resto de los trabajadores, y eso, señores, se paga, tanto en la administración pública como en la empresa privada.

Es más. El caso de Lipasam revela hasta qué grado está calando en la sociedad dos consignas: una, en España los trabajadores cobramos mucho, y dos, hay que echar a pelear a empleados y parados. La primero justifica los recortes generalizados de los salarios –y que conste, hablo de los curritos, no de altos directivos, y hablo de sueldos, no de dividendos– y asienta la creencia de que ser mileurista es la repera laboral –antes de la crisis, la banca te decía que era un drama, pero no importaba, aquí tiene tu hipoteca, del importe que quieras–. La segunda extiende la amenaza sobre las plantillas, o cobras menos y trabajas más o te despido con el amparo legal que me da la reforma laboral, detrás vendrán casi seis millones de desempleados lamiendo por tu actual puesto de trabajo, sea para barrer calles tras los pasos de la Madrugá, labor que antes no querían y ahora sí los repeinados con chaqueta y señoras de perlas falsas que se sentaban en La Campana.

Dicho esto, a los sindicatos de Lipasam no se les puede quitar la responsabilidad, junto con el Ayuntamiento, de haber dilatado hasta ahora el desarrollo de un acuerdo cuyos términos firmaron la primavera pasada. Las patadas hacia adelante, señores míos, nunca son buenas, y a la larga los perjudicados por la incapacidad para negociar no son los trabajadores ni el propio Consistorio, sino los ciudadanos que, con sus impuestos, pagan los servicios, y la imagen turística de la ciudad, de la que, por cierto, viven muchos.

Si no se trata de privatizar, si el empleo está garantizado, si las nóminas se cobran a su debido tiempo, al personal cabe exigirle flexibilidad al negociar sobre los asuntos que se arrastran –ahorros en la masa salarial y ampliación de la semana laboral en dos horas y media–, tanta flexibilidad como al Ayuntamiento, que, arbitrando como está incentivos de productividad para policías locales y personal de la Agencia Tributaria de Sevilla, podría reservarse la verborrea lanzada contra los empleados de Lipasam, pues rescata el antiguo carácter peyorativo de quien recoge la basura: basurero.

P. D.

La parva. La hemeroteca es muy mala, tiene capacidad para sonrojar, y eso, políticamente hablando, es malísimo. Sí. Como el último Barómetro Socioeconómico de la ciudad dice cosas feas, del estilo Sevilla está peor que hace un año, Juan Ignacio Zoido desacredita al autor del estudio, el Centro Andaluz de Prospectiva, tilda el informe de electoralista y se niega a hablar del asunto. En cambio, cuando los mismos papeles decían cosas bonitas en 2012, pues el alcalde dijo estar “moderadamente satisfecho”, y entonces sí era momento para hablar. Políticos…

La simiente. Que no, que lo siguiente no va con ironía, mal me cueste la misma vida. Saludemos la intención de forjar un Pacto por Andalucía de todas las fuerzas políticas andaluzas, iniciativa que parte del presidente del Ejecutivo autonómico, el socialista José Antonio Griñán. Bienvenida sea, aunque yo creía que la reciente reforma del Estatuto andaluz colmaba semejante necesidad de pactos. Qué iluso de mí. A negociarlo, pues, aquí va un voto de confianza, quede aparcado mi temor a que, dentro de apenas semanas, unos (populares) y otros (socialistas) se tiren los trastos a la cabeza acusándose de torpedear el acuerdo. Políticos…

La paja. Se inaugura el Museo Mudéjar y el protagonista no es el Museo Mudéjar sino quien lo inaugura, el alcalde. Supongo que, tras cortar la cinta de parques y más parques y de obras menores, el nuevo espacio museístico le permitía su ración de macropolítica, frente a la micropolítica de la que hace gala el primer edil, y rodarse de un séquito conformado por la créme de la creme de la sociedad y el arte sevillanos. El alcalde no sólo llegó tarde, muy tarde, por sus quehaceres en el PP de Andalucía, sino que la información sobre el contenido del museo, con folletos, guías, etcétera, era mínima. No, señor, alcalde, usted no era el protagonista. Políticos…

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Un Baltasar de identidad desconocida

Echando un vistazo al listado de los 285 reyes que han pasado por Sevilla desde 1918, y en este año me paro pues no hay constancia de los 5.751 anteriores, éstos sí fueron realmente anónimos, buscaba yo el morbo de saber cuántos ilustres empresarios y financieros habían llevado sobre sus cabezas el peso de las coronas de Melchor, Gaspar y Baltasar, y también cuántos habían soportado la maldición del mago gafe, y no voy a citarlo, lagarto, lagarto, a quien le toca o tiene asuntos judiciales que resolver o su economía o empresa se descalabra. No. No sirve la magia para borrar los apellidos del listado del Ateneo, más quisiera, ni para quitar ahora ese mal sabor que dejan los caramelos –duros– cuyos envoltorios portaban sus nombres o los de sus compañías. Pelillos a la mar. No voy por ahí.

Me centro en el año 1918 y en su rey negro, de identidad, dice la lista, desconocida. Es el único entre los 285. Sí, desconocida. Al pensamiento se me vienen los subsaharianos que se dejan la vida tratando de cruzar el Estrecho de Gibraltar anhelando este mundo de cabalgatas, y también esas imágenes de vientres inflamados de niños negros que no tienen qué llevarse a la boca. No puedo dejar de acordarme de unos y otros, de establecer tales paralelismos. Pero tampoco voy por ahí. Yo me quedo con el anonimato de aquel mago, el negro, el hoy preferido por los más pequeños aunque sea coloreado con betún, porque ese preguntarse quién será conserva el halo de misterio, de ilusión, que ha de impregnar la noche de Reyes frente a tantísimo protagonismo y tantísimo personalismo de los más mayores, y sin olvidar el mercantilismo que, en ocasiones, ha rodeado la elección de sus majestades.

Ser rey mago en Sevilla, sí, es un sueño para la mayoría de los hombres y mujeres que un día fueron niños y niñas, aunque las mujeres y niñas tienen, por ahora, vedado el coto, quedan constreñidas al heraldo –que termina en o– y a la estrella –que acaba en a– de la ilusión. El rey –rematado en y, la letra del cromosoma que dicta el ser macho– es el rey y no la reina, léase, mamá, quien ha sido, por cierto, la que tradicionalmente más empeño, tiempo y cariño ha dedicado para llevar la magia a la mañana de Reyes. Y tanta ilusión tienen aquellos por la corona que, además de la proclamación oficial, yo, Ateneo, te corono, se convocan ruedas de prensa, desayunos de prensa y almuerzos de prensa y sólo faltarían cenas de prensa para que sus tres majestades subieran rechonchos a sus respectivas carrozas. No. Esta ciudad no tiene moderación.

Otro ejemplo, la masiva presencia de mayores en las carrozas. Sí, los mayores serán como niños, pero no lo son, basta ya de robar protagonismo a quienes deberían ser los verdaderos protagonistas, los niños. Es que me hace mucha ilusión, alega el intruso. Pues claro, y a tu hijo o a tu sobrino más aún, así que bájate y espera con la misma ilusión a la carreta del Imserso, que hace muchísimo tiempo que mudaste los dientes de leche. Y un tercer ejemplo, ya al margen del Ateneo, el sorteo que este año se ha orquestado para encarnar a Gaspar en la Cabalgata de Triana, la segunda con mayor glamour en la ciudad, tras descolgarse a última hora el actor Alberto López, alias El Culebra. Bien distintas son las cabalgatas de barrio, pocos jóvenes salpicados entre muchos pequeños, quizás porque aquí, en el extrarradio, están más ajenos a esa Sevilla del aparentar, la de no ver y sí querer ser visto.

Pino Montano, casi a mediodía del día de Reyes, calle Corral de la Encarnación. Un chaval ayuda a su octogenaria abuela, con movilidad reducida, andador lleva esta mujer de cabello completamente blanco, a alcanzar la vía principal, Corral del Agua, para disfrutar el cortejo de seis carrozas y tres reyes desconocidos. Ya en la esquina, sentada sobre el andador, trata de avisar, estoy aquí, cuidado, a esos padres que se matan por coger caramelos y pelotas sin mirar siquiera a quienes tienen atrás. Se aproxima Baltasar, el mago negro, y la anciana sonríe. Y sobre los hombros, la larga y huesuda mano de su adolescente nieto, quien no la quita hasta concluir el sencillo desfile. Con esta imagen me quedo 95 años después de aquel 1918 de anónimo rey. Feliz Año.

P. D.

La parva. Caixabank se quita un muerto de encima al salir del accionariado de Alestis, cuya mayoría del capital quedará en manos de Airbus tras el fiasco del proyecto impulsado por la Junta de Andalucía. El abandono del banco estaba cantado no sólo por el sofocón que le está dando la firma sevillana, sino también porque era herencia de Cajasol que, como lo fueran Unicaja y el BEF o banco de las cajas, fue forzada a entrar en su proyecto por el Ejecutivo regional. A partir de ahora, confiemos en que Airbus encarrile el futuro de Alestis y su participación en el A350. Porque sin Airbus y sin el A350, Alestis es poco que menos: nada.

La simiente. Dos mercados gourmet en Sevilla capital. Pues no está mal. Al contrario, está muy bien. Teniendo en cuenta que la principal industria andaluza es la que procede del campo, la agroalimentaria, iniciativas como las emanadas del Ayuntamiento de Juan Ignacio Zoido para las Naves del Barranco y en la Puerta de la Carne son loables, pues, además del negocio, servirán para difundir aún más la calidad de nuestros productos y la gastronomía regional entre los turistas que nos visitan. De hecho, la capital hispalense adolece de mercados grandes específicos de productos gourmet y tan sólo hay tiendas pequeñas pese a la gran riqueza agraria. Dicho esto, el primero de ellos, el de las Naves del Barranco, no exige tanta inversión como el segundo, al que hay que desear suerte (con los bancos).

La paja. Si después de los robos de droga en comisarías y depósitos judiciales de Sevilla y Málaga se siguen produciendo en otras instalaciones oficiales (Cádiz y Huelva), la conclusión es muy sencilla: el sistema de custodia y control no funciona. Y es una vergüenza que el despliegue policial y el dinero público dedicados a la incautación de la droga se duplique en la investigación para capturar a los responsables de los hurtos y recuperar la droga. La lógica ciudadana dice que una vez incautada, analizada y asignada a un caso judicial concreto, la droga debe ser destruida inmediatamente y no guardarla hasta que toque incinerar y menos que haya que llevarla hasta Asturias para quemarla. Y si las normas y los protocolos no se adaptan a esta lógica, lo que hay que incinerar son las normas y los protocolos para imprimirles agilidad.

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