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El lamento científico y la pena empresarial

De entrada, y para que quede claro, no voy en contra de los investigadores andaluces que hace unos días denunciaron en la calle el impacto que tendrán los actuales recortes presupuestarios para el futuro de la ciencia y la tecnología y, por tanto, para nuestro desarrollo económico y social. Al contrario, comparto sus reivindicaciones y también la opinión generalizada de que están ciegas, cieguísimas, estas administraciones públicas que tanto ajustan en materias tan sensibles para el progreso –por supuesto, educación incluida–. Dicho esto, debo matizar, sin embargo, que la responsabilidad no es exclusiva de la tijera de los gobiernos, sino que hay que tener en cuenta los errores propios del pasado, cuando los presupuestos holgados sostenían un exceso de investigaciones sin aplicación práctica ni rentabilidad alguna. Desde luego, sería un edificio del saber, no lo niego, pero se ha desmoronado en cuanto ha faltado el dinero público.

Un ejemplo, la universidad. Hasta hace muy poco tiempo iba por su cuenta, sin tener presente las necesidades del mercado, de las empresas, y sólo buscando la gloria de sus científicos vía publicaciones, con especial cariño a las internacionales, y no patentes que, además de registradas, sirvieran realmente a la economía y a la sociedad. No les doy exclusivamente la razón a los empresarios andaluces, aunque sí recuerdo sus constantes críticas y también las de algunos políticos concienciados –los menos– hacia unos científicos que hacían currículum para su mayor gloria a costa del erario público y sin cuestionarse siquiera el valor práctico de su trabajo, máxime si tomamos conciencia de que éste, en especial cuando median ensayos de laboratorio, suele ser muy largo y muy costoso.

Por investigar se puede investigar hasta la misma investigación pero, digo yo, primero saber para qué se investiga. Cuando le preguntaron al británico Peter Higgs qué aplicaciones inmediatas tendría el bosón de Higgs –una partícula subatómica conocida popularmente como partícula de Dios– sobre el que teorizó en los años setenta y recientemente descubierto, admitió que no podría predecirlas, pero las habría. Es más, tendrá que haberlas, porque no es precisamente exiguo el dineral y el tiempo gastados para este hito de la física –que lo es–.
Pero cuidado. Con ello no estoy diciendo que la totalidad de la labor científica tenga que rentabilizarse económicamente, puesto que esto sería cargarme a la mayoría de los doctos de letras, y, además, cualquier investigación lleva implícita la probabilidad de error. Sí digo, en cambio, que si la investigación hubiera estado más ligada al tejido productivo, a la empresa, hoy aquel lamento por la dependencia de los recursos públicos no sería tan grande y tendríamos en Andalucía más y mejores empresas punteras. Qué pena.

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Una Caixa en todos los fregados

Qué feliz era La Caixa en Andalucía cuando nadie le tosía. Un continuo crecer en oficinas y empleados y, por tanto, en negocio, una credibilidad financiera forjada a golpe de beneficio y compromiso con las empresas regionales, unas buenas relaciones con las administraciones públicas y, por qué no decirlo, una magnífica sintonía con los medios de comunicación. Qué felices eran también aquellas presentaciones anuales de su cosecha andaluza ante los periodistas, siempre con más créditos, más depósitos y más clientes, hasta que la crisis económica aconsejó eliminar las ruedas de prensa, ya se sabe, bonito queda contar lo bueno, feo, en cambio, reconocer un ay, Virgencita, que me quede como estoy. Pero tanta felicidad y armonía se han truncado y a la entidad catalana le caen chuzos de punta en esta comunidad y, como dicen los actuales gobernantes del PP, son debidos a la herencia, mas no de Zapatero, ya el único reproche que le faltaba al buen hombre, sino por pufos que dejó Cajasol.

Pasa ya de castaño a oscuro la cuestión del Caixafórum y lo hace por esa insana manía de los políticos de embarrar todo con la mala política, y ellos seguirán así pese al desarraigo creciente de una ciudadanía que clama contra el omnipresente e insalubre partidismo a la hora de afrontar los problemas. No resto, sin embargo, ni un ápice de responsabilidad a Caixabank, el banco de La Caixa, porque, aunque quiera borrarla de las hemerotecas, ahí está la palabra comprometida en persona por su máximo directivo, el catalán Isidre Fainé, ante quien, allá por octubre de 2009, era –y hoy sigue siéndolo– el presidente de todos los andaluces, José Antonio Griñán. Queda muy feo, mi querido Fainé, faltar a su palabra, el darse la vuelta e ignorar la mano que un día estrechó para huir de las Atarazanas y llevarse el complejo cultural a la torre Pelli.

No olvido tampoco el ingente papeleo, esa burocracia cansina en una ciudad, Sevilla, donde hay una sorprendente agilidad para obtener en cuestión de horas beneficios fiscales para las empresas que colaboren con el Año Jubilar de la Macarena y, en cambio, para sacar adelante un proyecto a estas mismas empresas les atiborran con mil y un trámites, que incluso se complican si por medio anda la Junta de Andalucía, que casos los hay. Que el Caixafórum se instale en la torre Cajasol, o ya torre Caixabank, se sostiene, sí, tanto en términos de ahorros para el grupo bancario como en la imperiosa necesidad de dotar de contenidos al magno proyecto inmobiliario heredado de Cajasol que, en un contexto de crisis económica y de cierre de negocios, puede quedarse medio vacío.

Segundo pufo que deja la caja sevillana a Caixabank, el de Isla Mágica. Este parque, sin duda alguna, es un activo muy importante para la oferta turística de la ciudad, pero no es menos cierto que su rentabilidad económica es externa, es decir, reporta beneficios a las firmas turísticas (hoteles, restaurantes, agencias de viajes, empresas de autobuses, taxis, etcétera) y a la propia imagen de Sevilla, pero es una histórica rémora para la sociedad gestora del recinto temático, que tiene actualmente al banco catalán como accionista mayoritario. Es más, si este parque se ha mantenido abierto, ha sido por los continuos balones de oxígeno insuflados por Unicaja y Cajasol por orden y mando del Gobierno regional socialista en tiempos en los que éste hacía y deshacía en las cajas de ahorros andaluzas en función de sus intereses. Y esos tiempos, sí, han cambiado.

Porque aquel invertir donde la Junta impusiera, sobre todo en operaciones de auxilio y rescate de empresas, está trayendo más de cuatro dolores de cabeza al nuevo propietario de Cajasol, y menos mal que, en un momento de lucidez y cuando el dinero ya comenzaba a escasear, se negó a otra batalla estéril: reflotar los astilleros sevillanos. Para muestra, un botón: el esperpento empresarial en que se ha convertido la compañía aeronáutica Alestis. Se preguntará Caixabank qué hago yo aquí siguiendo los dictados de una Junta de Andalucía que trata de enmendar el entuerto que ella misma engendró. Son las cosas que pasan al confundir el dinero ajeno con el propio.

Y, por último, para pufos de Cajasol, los inmobiliarios, la infinidad de suspensiones de pagos de empresas andaluzas que le adeudan dinero y los polémicos desahucios. Pero bueno, pelillos a la mar, que ésos, los del ladrillo, los concursos de acreedores y el echar a la gente de sus casas, son males comunes para todas las entidades financieras.

En el Edificio La Caixa, ubicado en la Avenida la Palmera y donde radica la sede regional de la entidad financiera hasta que se traslade a la torre Pelli –encima justo de su Caixafórum–, Juan Reguera, el director territorial, se andará preguntando qué he hecho yo para merecer esto, con lo bien que estaba mi antecesor en el cargo, Manuel Romera, a quien le tocó las vacas gordas, hasta Rey Melchor fue en la Cabalgata de Sevilla, y yo aquí, gestionando esta crisis económica, administrando la herencia, la buena (negocio, clientes) y la mala, que deja la integración de Cajasol, lidiando como puedo con las consecuencias de un presidente que ha faltado a su palabra y, para colmo, enredándome con los políticos. Vaya plan.

P. D.

La parva. En la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES), no se está ajustando la plantilla, porque poca plantilla hay, esta patronal provincial no tiene, ni por asomo, la amplia estructura que posee la regional Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA). Pero los trabajadores sí se están ajustando el cinturón. O mejor dicho, su presidente Miguel Rus, el de las riñas con el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio, Zoido, anda con la tijera recortando y recortando. Sueldos, por supuesto. Eso sí, en la patronal CEA las cosas fueron peores, puesto que los empleados fueron directamente a la calle.

La simiente. La patronal agraria Asaja de Sevilla mantiene este año su tradicional encuentro navideño con los periodistas agroalimentarios, unos encuentros que, por aquello de la crisis, han venido a menos en los últimos años en instituciones y empresas. Aunque esto tenga una trascendencia interna y al público en general ni le interese, es una evidencia de que, al menos en esa casa, las cosas van bien. En otras rivales, no.

La paja. Aquellos que firmaron el numantino Pacto de Saray, políticos, empresarios y sindicatos granadinos, andarán ahora orgullosos con su obra: nada de alianzas de Caja Granada con otras cajas andaluzas y sí forjar un grupo nacional con otras cajas de ahorros foráneas. Pues sí, Caja Granada pasará, sin duda alguna, a la historia, pero por su nacionalización, no por hacer historia financiera. A esto se llama tiro por la culata.

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A cualquier cosa llaman productividad

Bendita sea la hora en que el Ayuntamiento de Sevilla ha arbitrado un plan de productividad para pagar a sus policías locales. Si el ejemplo cundiera para los empleados públicos de todas las administraciones y se generalizara para las plantillas de las empresas privadas, seguro que este país no llevaría cinco años al borde del precipicio, uy, casi me caigo, pero no. Saltarán los sindicatos para reprocharme, oye, que sí hay programas para incentivar a los que más trabajan. Pues claro, haberlos los hay, al menos escritos sobre papel, mas yo no hablo tanto de subir salarios como de penalizar a quienes no dan ni golpe, sea operario en una cadena de montaje, sea funcionario o sea el concejal que mira al limbo durante los plenos municipales. Si así fuera, España sería más feliz. De hecho, es lo que nos exigen desde la Unión Europea, ser más productivos, ¿verdad?

Lo malo es cuando se desvirtúa el concepto de productividad recurriendo a éste para justificar el abono de una extra con la que se saldan atrasos o compromisos salariales pendientes. Un ejemplo. Imagínese, mi querido lector, que su empresa atraviesa dificultades y aplica una rebaja de sueldos por categorías –mayor aquella cuanto más altas sean éstas–. Pero usted ha tenido mala suerte y, por un error de la dirección, el recorte en su nómina ha sido superior a lo estipulado. Le reconocen su deuda, sí, pero, ah, trámites administrativos dificultan la búsqueda de una fórmula para el desembolso y éste, por tanto, se demora. ¿Se queda callado? No. Monta en cólera, por supuesto, y su protesta inicial reduce los ingresos de la compañía. Ésta, agobiada, rubrica un compromiso y usted, lógicamente, regresa a la actividad normal. El procedimiento retrasa nuevamente la liquidación, y finalmente se busca un vericueto para la fórmula de entrega: llamémosle productividad.

Traslademos el ejemplo al caso de los policías locales de Sevilla, explicado por mi compañera Iria Comesaña la pasada semana en El Correo. Se arbitra por parte de los responsables municipales un plan de productividad para así compensar atrasos que se acumulaban desde el primer gran recorte social de la era de Zapatero. Como hay que justificarlo, en el documento se habla del incremento en la actividad de los agentes: seguridad en los eventos especiales y manifestaciones, persecución de las botellonas, erradicación de la prostitución en las calles, disuasión de los gorrillas, incremento de denuncias, etcétera. Y llegamos al meollo del asunto, folio 4, fórmula matemática, dividamos los 600.000 euros que tenemos para este año entre la plantilla policial y afrontemos un pago único en la nómina de diciembre.

Insisto. No cuestiono que los agentes cobren el dinero que se les debe o tengan comprometido ni la búsqueda de alternativas por parte del Consistorio para un desembolso legítimo, pero sí que se use el concepto de productividad para resolver el entuerto. Es más, tampoco cuestiono que el documento donde se recogen los baremos y conceptos retribuidos –qué incremento de actividades reporta el complemento por productividad– se mantenga y sirva para años venideros. En cambio, sí considero inadecuado el uso del concepto productividad para semejante subida salarial –al fin y al cabo lo es– cuando de lo que se trata es de saldar remuneraciones pendientes.

Y ustedes quizás digan: qué más da el nombre. Pues sí, da, y mucho. Primero, porque el concepto de productividad entraña pagar más a quien realmente lo merece (por escala profesional, departamento, a personas concretas, etcétera) y no para solventar deudas, y menos de forma lineal, todos por igual. Segundo, porque desvirtúa aún más el concepto en un país, España, donde la productividad no se está consiguiendo vía racionalización del trabajo o de los procesos internos ni a través de la tecnología, sino despidiendo a trabajadores y aumentando las tareas de quienes se quedan –y así mi tía también es muy productiva–. Y tercero, porque, además de ser injusto –¿por qué los policías locales sí y no al conjunto de los empleados públicos en diciembre?–, con este proceder ni se hace economía, ni se hace administración.

Sin olvidar la inoportunidad de la medida, justo el mes en que los empleados públicos se quedan sin paga extra de Navidad y en medio de duros sacrificios (recortes) sociales, ni tampoco las veces que el interventor ha echado para atrás los planes del Consistorio para la subida salarial a los agentes, hay quienes interpretan el plan de productividad como una mera excusa por lo requetebién que lo hacen los policías poniendo multas. Yo, que no soy malpensado, creo firmemente en los programas reales de productividad que premien al trabajador y castiguen al vago.

P. D.

La parva. La oposición que lidera Zoido –en el Parlamento andaluz, quiero decir– anda siempre con los mismos temas para atacar al Gobierno de Griñán. Yo, desde esta parva, le sugiero uno nuevo tema, no para que polemice, sino para que acuda el consejero de Economía, Antonio Ávila, a dar explicaciones en la Cámara sobre qué esta pasando realmente en Alestis. Sostendrá el consejero que Alestis es una empresa privada, y sí, lo es, pero participada por la Junta y gestada, además, por los exconsejeros Francisco Vallejo y Martín Soler. Y se necesitan explicaciones porque el grupo aeronáutico va camino de convertirse en otro fiasco como, a principios de los noventa, lo fue el consorcio Andalucía Aeroespacial, también aupado y finiquitado por el Gobierno regional socialista.

La simiente. Enhorabuena a los organizadores del Mangafest, el primer festival de videojuegos y cultura japonesa que, sin un euro de ayuda pública, se acaba de celebrar en Fibes. Al no tratarse de caballos, toros, gastronomía o moda, ha pasado desapercibido para quienes nos gobiernan, pero no para los miles de jóvenes y ya no tan jóvenes –estos últimos han podido retornar por unas horas a su infancia– ni tampoco para las multinacionales y empresas del sector que han apostado por el evento. Un sector, por cierto, que sigue ganando dinero y que sigue creando empresas.

La paja. Uno procede del periodismo económico y lleva muchos años analizando presupuestos estatales y, en menor medida, los autonómicos. Por eso, cuando desde el Ayuntamiento hispalense le traen una veintena de folios de un power point, que incluso podrían haberse resumido en apenas cinco con más letra y espacio normal, se queda estupefacto. Y encima, cuando aparecen sin los números detallados de las empresas públicas, ésas que arrastran el conjunto de las cuentas públicas, uno lanza el siguiente clamor al cielo: Dios mío, Dios mío, ¿y esto que me traen hay que creérselo? Sí, sea un ejercicio de fe.

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¿Crisis? ¡Toma bombillas!

En esta ciudad de lo sumamente recargado, Sevilla, la decoración navideña de su céntrica avenida de la Constitución, ya saben, camino hacia el Ayuntamiento, no podía ser sólo barroca, tenía que serlo en grado superlativo, horror vacui. ¡Toma bombilla! Tamaña demostración de algarabía, de lo fastuoso y de lo magno –palabra ésta, por cierto, muy de moda ahora en la villa, todo ha de hacerse magno, muerte a lo insignificante– contrasta con la sobriedad de los adornos en tiendas y grandes superficies comerciales, ésas que, vía luces parpadeantes y persistentes villancicos, rin rin, yo me remendaba yo me remendé, llaman al feliz consumo, no me seas triste, entra y cómprame, que suenen con alegría los cánticos de nuestra tierra y viva el Niño de Dios que ha nacido en Nochebuena. ¡Ah! ¡Y qué tiempos aquellos los de Nervión con el soniquete de Cortylandia, Cortylandia, vamos juntos a cantar, alegría en estas fechas porque ya es Navidad. Sí. Parece que este año existe incluso más moderación en los propios comerciantes, adaptados a estas épocas que corren, malas, muy malas, malísimas, que en nuestros gobernantes municipales, dispuestos a correr con una gran cortina de coloridas bombillas no sólo la dura crisis económica, sino también los abultados errores de su gestión.

No digo yo que echemos sobre el Centro toldos de negro luto, ay, qué pena, mírenlo, en ese pesebre, ahí desnudito y sin el aliento siquiera del buey y la mula, que los han desahuciado, decreto del Papa, ni que seamos todos un Ebenezer Scrooge, el avaro de Cuento de Navidad de Charles Dickens, ni que lloremos las desgracias de la niña de las cerillas del autor danés Hans Christian Andersen, historias fáciles para la lágrima y el remordimiento en estas fechas.

Sí, en cambio, denuncio el exceso y el aumento del gasto en momentos en los que debería imperar el recogimiento, aunque, la verdad sea dicha, en esta ciudad no hay recogimiento ni para la muerte de Cristo en Semana Santa. Me imagino a Juan Ignacio Zoido lleno de orgullo y satisfacción –cual rey– al contemplar ¡qué bonita está Sevilla!, calificativo éste, el de bonita, que es el mejor con el que se puede piropear la gestión municipal, bonita, y los comerciantes del Centro verifican, sí, muy bonita –los de Pino Montano no creo; calle Corral del Agua, poco adorno para mucho árbol–. No, señor alcalde, este año, no. Lo bonito choca y se torna hasta feo.

Pienso, por ejemplo, en el contraste entre la versallesca ornamentación navideña y el gran despliegue que instituciones públicas y privadas, organizaciones no gubernamentales y las más diversas asociaciones sin ánimo de lucro están realizando estos días para captar dinero y alimentos no ya para los más necesitados, como tradicionalmente se solía decir al hablar de los excluidos de la sociedad, “los más necesitados”, sino de personas y de familias enteras que antes no y ahora sí están sufriendo en el estómago el dolor del hambre e incluso de la vergüenza por una puñetera crisis que, aunque heredada, no lo niego, este Gobierno del PP, en vez de atajarla, la ha empeorado. ¿Que sus reformas económicas y laborales darán sus prósperos frutos a largo plazo, allá por, sostienen ahora, 2014? Realmente, no lo sé. Yo sólo sé que hoy mandan el desempleo, los comedores sociales, el reparto de comida y… las bombillas navideñas.

No. Éstas no ocultan el crudísimo drama pese al grandioso escaparate de la avenida de la Constitución, como tampoco esconden la sensación de vacío tanto en la política hispalense como en la estrategia municipal, y esto último es, de veras, lo peor de todo. Sí, la situación de las arcas del Ayuntamiento es mala, hay que gestionar el día a día sin grandes proyectos. Sin embargo, tras la larga retahíla de contradicciones, decisiones a la ligera y errores de bulto en el Ayuntamiento en todo aquello que atañe a la economía y al impulso del tejido empresarial, no encuentro nada significativo, apenas algunas cositas, para decir, Zoido, chapó, así se hace, cojonudo, a seguir por ese camino. Eso sí, la ciudad en estos días, señor alcalde, como otrora Cortylandia, ¡ah, Cortylandia!, está bonita. Bonita, bonita. Qué fea es, en cambio, la realidad, y la verdad. Fea, fea.

P. D.

La parva. A falta de otras estrategias económicas y laborales, el Gobierno de Griñán desempolva la de los pactos. Hagamos un pacto por Andalucía, y así, de paso, nos vale de confrontación política con el Ejecutivo central y con el PP regional. Como si la ciudadanía no estuviera ya hastiada, en las próximas semanas asistiremos a otro estéril debate de yo sí, tú no, yo soy más andaluz que tú, tú tienes una actitud servil respecto a Rajoy. Y ahí irán los sindicatos a sumarse y ahí también irá la patronal CEA. Ea, a pactar, porque los pactos anteriores, como sabemos, sacaron a Andalucía de la cola de la economía y de la cola del empleo…

La simiente. Demostrada queda la suma protección que el Gobierno concede a la banca. Los últimos episodios han sido las medidas antidesahucios, que no beneficiarán a tantas familias como inicialmente anunció el ministro Luis de Guindos, y prohibir los impuestos regionales sobre los depósitos, concebidos en las comuidades de Extremadura y Andalucía. Ante tal paraguas gubernamental, aplaudo a aquellos alcaldes, valientes ellos, que anuncian retiradas de depósitos públicos cuanto constatan medidas injustas por parte de la banca. Si hay algo que daña a una entidad financiera es la mala imagen, tal y como se revela ahora con la polémica abierta en Sevilla con La Caixa a cuenta del Caixafórum en las Atarazanas.

La paja. Quién le ha visto y quién le ve. Gerardo Díaz Ferrán, detenido por presuntos delitos de alzamiento de bienes y blanqueo de capitales. Para que se entienda: que al parecer el expresidente de la patronal española CEOE escondía sus dineros para evitar que se esfumaran al hacer frente a sus obligaciones con sus acreedores por la quiebra de su otrora imperio empresarial turístico, el grupo Marsans. Sí, ese mismo señor contrario a las huelgas porque, decía, dañaban la imagen del país, ese señor que apostaba por trabajar más y cobrar menos, ese señor que ha sido el máximo representante del empresariado español. Un pedazo de ejemplo, sí. Como para que los patronos nos den lecciones de imagen y honestidad…

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