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Tonto el último

El fondo de rescate autonómico es un arma de doble filo. Si por un lado facilita a las maltrechas finanzas regionales dinero a un interés más reducido que el existente en el mercado –es decir, más barato–, por el otro implica que el Estado mete la cuchara en las cuentas de las comunidades, en sus competencias. Ni te atrevas siquiera, salta el orgullo. Sí. Qué verdad es el dicho de que no hay nadie más tonto que un pobre harto de pan…

La tres primeras autonomías que han reconocido sus penurias y anunciado que acudirán al rescate del Estado –Cataluña, Valencia y Murcia– absorberán casi la mitad del fondo de auxilio, que, por cierto, todavía está vacío porque ni tan siquiera se ha concebido –ya se sabe, las cosas de palacio–. Así pues, la otra mitad queda para las restantes, y es probable que se inicie en las próximas semanas una masiva carrera al grito de tonto el último.

En unos momentos en que el propio Estado ha impuesto a las autonomías topes tanto en el déficit regional como en la capacidad para endeudarse, pedir auxilio se antoja incluso económico, habida cuenta de que la banca está cortita de recursos y los inversores extranjeros cada vez exigen más intereses por las emisiones de deuda –es la explicación más sencilla que cabe a la pregunta qué es la prima de riesgo–.

Pero cuidado. Las comunidades ya dispuestas a poner la mano porque no tienen liquidez se aferran al comentario de que, por supuesto, no comportará condiciones o exigencias adicionales –léase, recortes presupuestarios– para sus respectivas economías. Aquí está el quid, saber qué requisitos añadidos habrá al consabido del riguroso cumplimiento de los planes de ajuste –que precisamente no serán otros que más y más ajustes–. Y acostumbrados como estamos al pago de los apoyos políticos dispensados al Estado, habrá que estar pendientes a qué se exige a unos territorios y qué a otros…

P. D.

La parva. Y en medio del auxilio, la exigencia catalana de un pacto fiscal para la comunidad, solicitud a la que el amable Mariano Rajoy prestará suma atención, dada la necesidad del Gobierno central de afrontar el segundo rescate de la economía española con más apoyos parlamentarios (de CiU, se entiende) que los que dispensa el rodillo del PP. Por lo demás, en Barcelona se usa al hablar del rescate pedido al Estado la misma negación de contrapartidas (de recortes presupuestarios) que Rajoy ante Europa: “A mí no me han exigido ni me exigirán nada”. Peregrina estrategia de bravuconería.

La simiente. Curioso. Si el auxilio lo hubiera gritado Andalucía, ya estarían en las tierras catalanas largando sobre la Andalucía subsidiada. Pues, al menos hasta ahora, yo no he escuchado por aquí palabras malsonantes a la inversa, sino que se asume que hay que prestar el dinero por el bien de Cataluña y por el bien de España, y punto.

La paja. La prepotencia con que la Generalitat catalana anunció la petición de rescate, eso de no daremos ni las gracias al Estado, es escupir hacia la mano tendida que te dará de comer, por mucho que tradicionalmente se crea que toda la comida es suya. Lo que sí es suya, e íntegramente suya, es la gestión económica de su propia comunidad autónoma, sea con el actual equipo de CiU, sea con el engendro del tripartito anterior.

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Del rosa al amarillo

Quiso la casualidad, o al menos así quiero suponerlo salvo que intencionadamente lo buscaran las enrevesadas mentes de los estrategas de la comunicación o de la coquetería femenina, que Fátima Báñez, Ana Pastor y Soraya Sáenz de Santamaría coincidieran en el rosa, aunque con distintas tonalidades, al vestirse para el Consejo de Ministros del pasado viernes y la posterior rueda de prensa. Mas no teman, líbreme el cielo de entrar en crítica de moda, de la que ni entiendo ni, por supuesto, pretendo entender. La anécdota, sin embargo, me sirve para lamentar el color con el que este Gobierno central trata de trasladarnos y, por tanto, de que percibamos sus medidas, sus ajustes, su mundo económico. Y no. Cualquier otro menos el tinte rosa.

Ahí quedó, por ejemplo, cómo la titular de Empleo y Seguridad Social, a la hora de esconder que había endurecido las condiciones de acceso a la ayuda de 400 euros para los jóvenes parados, apeló a una familia donde el padre cobrara 4.000 euros mensuales y la madre otros 4.000, de cuya suma salen esos 8.000 eurillos que, por lo demás, son habituales entre los hogares españoles, ¿verdad?

Porque en su protección de la familia con mayúsculas, ésa que, en efecto, férreamente defendió con manifestaciones y misas multitudinarias en tiempos de Zapatero, puesto que entonces sí había que socorrerla y hoy no, el Ejecutivo de Mariano Rajoy apela al popular dicho de que, en casa, donde comen tres comen cuatro, haciendo recaer sobre los padres el sustento de los hijos desempleados, en no pocos casos treintañeros que regresaron al hogar porque o no tenían para el alquiler o no tenían para la hipoteca. Y claro, después de una vida laboralmente sacrificada, qué más da que papá y mamá, e incluso la abuela y el abuelo, realicen un poco más de sacrificio. Pienso en los míos, ya septuagenarios, y señora Báñez, créame, se me atraganta la saliva, me daría hasta vergüenza…

Y me pregunto: ¿Qué mejoras se han hecho en el Plan Prepara, tal y como anunció Rajoy? ¿Los 50 euros adicionales para contadísimos casos? ¿Con la renovación de esos 400 euros se piensa realmente que habrá más parados que encontrarán trabajo? Creo que no. De hecho, la filosofía del programa, la pronta reinserción laboral, es errónea desde su misma concepción en época socialista. Esa prestación sólo cabría entenderla como un mínimo económico vital, y no como un método efectivo para incentivar y encarrilar la búsqueda de un puesto laboral por una sencillísima razón: no se encuentra aquello que no hay.

Es más, si el Ministerio de Empleo y Seguridad Social aspiraba verdaderamente a mejorar la ayuda, podría haberle imprimido un radical vuelco, de manera que, en efecto, reforzara la cualificación profesional de los parados que, agotada la prestación, quedan a merced de esos 400 euros durante 6 meses, no más. Porque, aunque lo nieguen, la idea –ni siquiera proyecto– inicial era hacer compatible tal ayuda con algún tipo de práctica, minijob o servicios sociales a la comunidad. Sin embargo, al final el Gobierno no se ha atrevido para no soliviantar todavía más a los sindicatos y no complicar el ya de por sí otoño caliente que nos aguarda.

Pero aun a riesgo de ser sometido a crucifixión sindical, yo en este caso le hubiera prestado mi apoyo, pues creo que va siendo hora de que, a lo largo del periodo de desempleo, se arbitre: primero, una estrategia efectiva de políticas activas (esto es, formación), segundo, otra de prácticas temporales y parciales en empresas privadas, instituciones públicas y fundaciones sin menoscabar nunca, pero nunca, el empleo existente en las mismas, y, tercero, una última de trabajos sociales en beneficio de la comunidad. Si así se procediera, el Plan Prepara cumpliría buena parte de los objetivos para los que fue gestado y, de paso, acabaría con quienes están bajo el paraguas de esos 400 euros sin tener derecho, que también los hay.

Todo ello, eso sí, requiere mucha planificación, mucho tiempo y muchas ganas, y además que todos, todos, tomemos conciencia de que algo hay que hacer. El derecho al cobro de la prestación por desempleo, que, insisto, es un derecho que no cabe mermar y menos en tiempos de severa crisis económica, debe ir parejo a obligaciones personales y obligaciones para con la sociedad. Y me crucificarán, recalco, pero creo llegado el momento de reflexionar y abordar semejante debate. Que no sea el rosa del Gobierno, pero tampoco el amarillo inmovilista… y de los muertos.

P. D.

La parva. Sinceramente, no me fío de las empresas, en su mayoría del comercio y la hostelería, que aseguran que no repercutirán la inminente subida del IVA en los precios, sino que la cargarán contra sus propios beneficios para no dañar el consumo. Pues no. El aumento de los tipos impositivos es tan fuerte que, en no pocos casos, asumirlo implica la eliminación total de las ganancias. Y no ganar significa pérdida, y pérdida significa menos empleo. En las próximas semanas aflorarán las campañas de marketing tipo ‘no IVA’. Pero la experiencia demuestra que son eso, campañas de marketing.

La simiente. Que El Corte Inglés es uno de los mayores termómetros de la economía es algo consabido, y las cifras correspondientes a su último año fiscal lo corroboran una vez más: caída del beneficio, caída de las ventas y caída de la plantilla. Eso sí, el caer tiene sus matices. En concreto, la facturación se redujo, sí, pero sólo el 3,9% gracias a una rebaja precios adaptada a la realidad económica; esto hizo que se sacrificara el margen, es decir las ganancias, y con ello el reparto de dividendos; y por último, en el fuerte retroceso de beneficios (34%) pesó también el no aplicar expedientes de regulación de empleo, limitándose su política laboral a no renovar contratos temporales ni personal jubilado. Y es que hay maneras y maneras de afrontar la crisis…

La paja. Existen declaraciones que no sólo soliviantan en demasía a quienes más sufren la crisis económica sino que, además, refuerzan el creciente descrédito de los políticos entre la ciudadanía. Si aún está muy fresco en la memoria el que les jodan lanzado por la popular Andrea Fabra, otro compañero de partido, también diputado y esta vez por Orense, le da por decir el pasado fin de semana que las “pasa canutas” para llegar a final de mes, y eso que el susodicho, Guillermo Collarte, cobra cinco mil euros largos al mes y sería incluso ejemplo para ese modelo de familia que pone Fátima Báñez. Cada casa es un mundo y un mundo sus deudas, por supuesto, pero el señor Collarte, cobrando lo que cobra, podría haberse callado la boca.

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Septiembre negro, muy negro

Septiembre será negro, muy negro, el mes que realmente marcará un antes y un después en una crisis económica que se prolonga desde hace ya cinco años. Ser agorero se lleva en estos tiempos, me dicen, pero lo cierto y verdad es que nada empuja a pensar lo contrario. Es más, los albores del otoño servirán para medir dos resistencias contrapuestas: la del Gobierno y la del conjunto de la sociedad española. Hasta cuánto podrá apretar uno, hasta cuánto está dispuesto a soportar otra. He aquí la cuestión.

De entrada, septiembre arrancará con la subida del IVA, que encarecerá todo, a excepción de los productos más básicos, y reitero lo de todo porque hay quienes creen aún que será poca cosa, y no, la vida más cotidiana se nos hará más cuesta arriba. Y esto en un país donde, además de la constante sangría laboral –y digo constante dado que el descenso del paro este verano es mero espejismo–, se ha impuesto un generalizado hachazo a nuestra capacidad adquisitiva –es decir, al poder de compra–. Y ha llegado vía decreto, con los recortes a las pagas de los funcionarios, el copago farmacéutico –fulminante impacto ha tenido sobre la inflación de julio– y los incrementos de impuestos y tasas, aunque también vía empresarial, con la presión a la baja sobre los sueldos de los trabajadores.

Y aquí un inciso. Dicen los expertos expertísimos, sí, esos que no barruntaron siquiera la que se nos venía encima, que gracias a aplicar la tijera al nivel de vida de los españoles, cortando directamente y sobre todo los salarios, nuestra economía –la general, no la personal ni familiar– será “más competitiva”. Tal argumento, al que yo, que ni experto ni expertísimo soy, no puedo restar credibilidad alguna, resulta curioso, pues cuando se disponen a hablar de la agricultura, advierten de que nuestras frutas y hortalizas deben competir en los mercados internacionales en calidad y en valor añadido, dado que el vecino Marruecos siempre lo hará en precios porque paga sueldos más reducidos que España. Y lanzo la pregunta, a ver si hilvanan en la respuesta un razonamiento que me convenza. ¿Me estáis diciendo, mis queridos analistas, que para el conjunto de la economía sólo seremos competitivos si nos parecemos a Marruecos y aparcamos las eternas aspiraciones a mejorar y acercarnos, aunque sea años luz, a Alemania?

Sigamos con el mes negro, septiembre. Nuestros ministros ya nos están preparando el cuerpo para el que será el segundo rescate de la economía española –el primero, recuérdese, fue el bancario–. Cuando, semanas atrás, las regiones de Valencia, Murcia y Cataluña confirmaban que necesitaban acudir al auxilio financiero del Estado ante sus urgencias de liquidez –léase, en sus arcas autonómicas no hay solo euro–, me preguntaba qué sería entonces del Estado. Contestación sencilla: si tú me pides y yo no tengo pero debo darte so pena de paredón para ambos, yo habré de poner la mano a Europa.

Y señores, será entonces cuando llegue el remate final de la tijera presupuestaria –muy atentos a las pensiones, por mucho que diga Rajoy que, a día de hoy, no– y también la capacidad de aguante de la sociedad. Y de ésta queda poca, y menos quedará porque, a la vuelta de vacaciones, retornarán el crecimiento del paro, los expedientes de regulación de empleo masivos –dolorosos en algunos casos, y aquí dejo caer que en agosto se están cociendo ajustes laborales dentro de los propios sindicatos, a ver cómo los resuelven sin aplicar la última reforma laboral, tan criticadas por ellos mismos– y las noticias de consejos de ministros dedicados exclusivamente a recortar y a arbitrar aún más auxilios para la banca. Sí, el próximo será el viernes con la creación del denominado banco malo para el ladrillo –viviendas y promociones embargadas y créditos a promotores de dudosa recuperación–, que financieramente será quizás bueno, pero su ingeniería contable es puro artificio y el más claro ejemplo de que, en este caso, quien hizo la trampa hizo la ley.

El consenso, señor Rajoy, es ahora más necesario que nunca, así que no le haga ascos a quienes, desde la oposición parlamentaria, le tienden la mano. Primero, para encajar el próximo golpe social. Y segundo, porque la santa paciencia también tiene su endemoniado límite.

P. D.

La parva. Hoy arrancan en el Parlamento andaluz los trabajos de la comisión de investigación sobre el caso de los ERE que se han comido ingentes cantidades de dinero de las arcas autonómicas, y en no pocos casos de manera fraudulenta. Les confieso que tengo poquitas esperanzas en que esta comisión esclarezca algo. Terminará convertida en una mera pugna entre populares y socialistas –éstos últimos agarraditos de la mano con IU–. Eso sí, estaremos pendientes de ellos para calibrar el grado de madurez de nuestra clase política, pero mucho me temo que nos hartaremos de niñerías…

La simiente. Sí, al césar lo que es del césar… El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) protagonizó la semana pasada dos ocupaciones pacíficas. La primera, de una sucursal bancaria, en concreto de Unicaja. La segunda, de un centro comercial de El Corte Inglés. Pacíficas, como deben ser para generar el debate acerca de las consecuencias sociales que está provocando esta crisis económica, tal y como quieren abrir sus máximos líderes, con Sánchez Gordillo a la cabeza. Lejos de los episodios de asaltos a supermercados que gran repercusión mediática les ha granjeado, pero que al final se les ha vuelto en contra. Si en ese momento duras críticas les lancé, justo es que, en este caso, les brinde apoyo. Porque el debate sí es necesario y enriquecedor.

La paja. Le pregunto a uno de los más reputados empresarios inmobiliarios de Sevilla –su compañía es de las poquitas del sector que sigue generando beneficios pese a la caída de la actividad del ladrillo– si el banco malo que el próximo viernes será aprobado por el Consejo de Ministros servirá para abaratar todavía más la vivienda. Y me dice categóricamente que no. A falta de conocer detalles de cómo se configurará esa entidad común que absorberá los activos tóxicos de las entidades, me explica que si a la cartera de pisos y suelos embargados por bancos y cajas se le da paulatina salida a lo largo de los próximos diez años, no hay razón alguna para que sus precios caigan. “Al contrario, servirá para amortiguarlos”, comenta. Pues vaya…

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Fascista si me llevas la contraria

Escribo esta nueva entrada de La Siega a sabiendas de que me llamarán de todo menos bonito y de que, sobre mi careto, colocarán una cruz gamada para quedar catalogado como periodista fascista y hasta nazi por combatir sus métodos, que no ideologías, allá cada cual que comulgue con la que le venga en ganas, siempre que se atenga a derecho y a un escrupuloso respeto hacia los demás. Corro incluso el riesgo de que la casa de este trabajador, el arriba firmante, sea asaltada y robada y su propietario agredido con la complicidad de la prensa, a la que cabría preguntar si primaría el derecho a informar, que por supuesto existe, sobre el aviso de la inminente comisión de un delito. Ni yo mismo sabría responder a tal dilema profesional pero, eso sí, como a cada uno le duele lo suyo, una vez asaltado, robado y agredido me cagaría en los muertos de quienes son mis compañeros.

Sí, señor Gaspar Llamazares, los actos simbólicos, como tildó los robos en los supermercados protagonizados por el SAT, el antiguo SOC, son simbólicos hasta que uno, en primera persona o en su propia empresa, los sufre. Pienso, por ejemplo, en la muy social y subvencionada cooperativa hortofrutícola de Marinaleda. ¡Asaltadla quienes no tengáis siquiera para comer y también todos aquellos movimientos sociales, sindicales, políticos que, aprovechando la tradicional sequía informativa de agosto, quieran llevarse los titulares de prensa! Dolería mucho, ¿verdad? A los miembros del SAT, a los socios, a los empleados y al mismísimo Juan Manuel Sánchez Gordillo…

La crisis económica, en efecto, deja situaciones dramáticas en numerosos hogares españoles, mientras asistimos a rescates milmillonarios de cajas de ahorros tras una ruinosa gestión. Esto jode y cabrea. Sin embargo, una cosa es que padres y madres de familia, en su comprensible desesperación, hurten alimentos y productos de primera necesidad –yo, queridos lectores, también lo haría si me viera en una situación de extrema precariedad– y otra distinta es orquestar un saqueo y jalear al pueblo al grito de ¡a por los supermercados!

Cree el ladrón que todos son de su condición. En la sarta de demagogias que envuelve este nuevo episodio veraniego del SOC, se han hecho las sempiternas comparaciones entre ricos y pobres, entre causantes y sufridores de esta ya larga crisis, y entre los diferentes tratamientos penales a quien roba para comer, a quienes desencadenaron los agujeros en las cajas y, por último, a quienes son chorizos de guante blanco. Y todo ello con soflamas del tipo que metan a la infanta Cristina y a su marido en la cárcel, y no a nosotros, o todos los banqueros a prisión, ellos sí roban, nosotros no, arengas adobadas con la verborrea, las descalificaciones y los insultos que se estilan allí por Marinaleda: todos los que nos lleváis la contraria sois de derechas y franquistas, nosotros no.

Yo, señores, también estoy indignado con esto y más, pero en mi desahogo, dos argumentos. El primero, estamos en un Estado de Derecho y, aun con sus defectos, que son muchos, prefiero este Estado de Derecho y no el Estado de Exclusión, Censura y Tortura practicado en Cuba, China o Corea del Norte. ¿Queda claro? El segundo, que frente a la corrupción ejercida en las altas esferas, queda la honradez del pueblo, y el que éste no tome la justicia por su mano, ojo por ojo, y rateros todos.

Para los periodistas, españoles o extranjeros, que no sepan, no se acuerden o no pregunten sobre los devaneos agosteños del SOC, dejándose llevar –insisto, sin rastrear, otra cosa es la ideología, que ahí no entro– por el romanticismo de las palestinas y la simbología del Che, que sepan que son tradicionales y que sin repercusión mediática no son nada, minorías que saben hacer ruido. Sus acciones eran hasta ahora simbólicas, señor Llamazares, y las sufría especialmente la duquesa de Alba. Pero en esta ocasión, han cruzado las líneas rojas. Y lo saben, pero cegados están por la gigantesca repercusión mediática mundial que han cosechado.

A esta Andalucía turística le viene muy bien esa imagen exterior de supermercados saqueados, ¿verdad, señor consejero de Turismo, Rafael Rodríguez? Que no se me olvide, otra compañera de IU, la consejera de Obras Públicas, Elena Cortés. ¿Por qué no tomar, simbólicamente, eso sí, su departamento para que construya todas las viviendas sociales que necesitan las familias? Y ya puestos, un tercero del partido y todo un vicepresidente del Gobierno regional, Diego Valderas. ¿Dónde está el prometido banco público de tierras para saciar la sed de los jornaleros, durmiendo el sueño de los justos, o es que va a alegar, como don Mariano Rajoy, que acaba de llegar?

Primero hay que pedirles y exigirles a los suyos que gobiernan, señores del SOC, y después tirar hacia lo más alto, ahí, con dos cojones. Propongo que, en vez de robar unos cuantos carros y zarandear a trabajadores de supermercados que, al fin y al cabo, defienden sus puestos de trabajo –¿en sus filas sindicales hay alguien que trabaje o su trabajo consiste en ocupar fincas?–, vayan a desvalijar las sedes centrales del Banco de España, Bankia, la CAM o Bancaja y tantas otras entidades financieras. Así, a lo grande, con contundencia, que son los causantes de que estemos como estamos, muy mal, y no una empresa, Mercadona, de las pocas que todavía crea empleo, paga salarios dignos y, aunque aprieta en precios de compra, hay cola de proveedores agroindustriales andaluces deseando trabajar de forma estable con ella –estoy seguro, señores de Marinaleda, que también os gustaría…–.

No. La denuncia de las injusticias de esta crisis, que muchísimas son, no justifica una llamada a la rebeldía, al delito y, en suma, al caos. Justo para esto están la palabra, las instituciones democráticas y, en última instancia –aunque cada vez más cerca–, la calle. Si hasta organizaciones benéficas declinan aceptar la donación de alimentos vía métodos del SOC… Será que también son de derechas, franquistas, fascistas y nazis.

P. D.

La parva. Este asunto merece una reflexión en los medios de comunicación, sobre todo en las televisiones. Hay quienes se dejan seducir sin freno por las palabras del SOCy por la villa roja de Marinaleda. Oro no es todo lo que reluce, y si no, que hurguen en la hemeroteca. Hubo tiempos en los que el líder cobraba dos sueldos públicos y, al descubrirse, alegó que no se había dado cuenta. Por eso, hoy sus insultos a los demás me rechinan tanto…

La simiente. Curioso que los sucesos se produzcan cuando las organizaciones agrarias más de izquierdas tratan de acercarse a Mercadona y a separarla de los “abusos” de las francesas y, sobre todo, de las alemanas.

La paja. La actuación del Gobierno, y especialmente de su ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha sido penosa, contribuyendo a la repercusión mediática de los sucesos de Écija. Pero igualmente penosa ha sido la reacción de la cúpula estatal y andaluza de IU –no siempre se puede consentir todo al hijo rebelde–.

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