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Póngame al gusto cuarto y mitad de informe

A ver, usted, experto internacional de reconocidísimo prestigio: póngame cuarto y mitad de informe financiero, adóbelo con muchos y complicados números, cuantos más mejor, así el cocido nos saldrá con aparente sabor a realidad, como esas pastillas que hacen caldo artificial, y, sobre todo, que el resultado sea a mi real gusto, conforme al interés de mi paladar, ni más ni menos, haga viable lo inviable e inviable lo viable, que para eso le pago, y diga, para no descubrir el Avecrem, secreto del chef, que el escenario está estresado, y eso qué es, que los cálculos están proyectados en un futuro económico malo no, malísimo, y yo cómo voy a averiguar ese futuro si ni tan siquiera acerté en atisbar la llegada de esta crisis, eso da igual, el pueblo se lo come todo.

Miguel Ángel Fernández Ordóñez, exgobernador del Banco de España, se escudó en informes. La exministra de Economía Elena Salgado y su segundo, José Manuel Campa, se escudaron en informes. El expresidente de Bankia y Caja Madrid, Rodrigo Rato, se escudó en informes. Y yo, queridos lectores, si no fuera por la negra tinta y el decoro, exigiría que tanto papel se hiciera largas tiras y fueran colocadas en los retretes de los cuatro, pues al fin y al cabo eso hicieron la pasada semana cuando acudieron al Congreso a explicar los fiascos en la costosísima reestructuración de la banca, y qué hicieron, pues limpiarse el culo con los informes.

Sí. A la hora de espulgarse las culpas, apelaron todos a la existencia de informes elaborados por consultoras y auditoras, cómo no, de reconocido prestigio internacional, coletilla ésta que trataba de eximirles del pecado original, cuando los pecados mortales finalmente cometidos por todos, políticos, financieros y expertos, eran merecedores de abrirles de par en par las puertas de los infiernos.

Grosso modo, sus argumentos coincidían. Los informes, con sus números, avalaban la integración de Bancaja y Caja Madrid, y no había riesgos, y también la salida a bolsa de Bankia, y no había riesgos, y que todo era cierto, no había riesgos, ni más ladrillo del que había, ni más mierda bajo la alfombra, y nosotros inocentes, nos fiábamos de los cocineros, palabrita del Niño Jesús, besito a nuestros dedos cruzados a la altura de la boca. Por favor…

¿Y de quiénes nos fiamos, pues? ¿Quiénes mienten, por Dios? ¿Todos? Porque me pregunto: ¿Qué datos se facilitaron para allanar no sólo el citado matrimonio de conveniencia entre Bancaja y Caja Madrid, sino también el de Banca Cívica, y el de Catalunyacaixa, y el de Unimm, y el de Novagalicia, y el de tantas solterías frustradas de cajas de ahorros? ¿Qué otros se mandaron desde España para confeccionar los famosos test de estrés de la banca europea, que sostenían que, salvo contadas excepciones y todas ellas con posible final feliz, nuestras entidades financieras podrían soportar los carros y carretas de la economía? Y ahora, última pregunta: ¿Qué credibilidad otorgaremos a los inminentes informes también encargados, una vez más por supuesto, a consultoras y auditoras de reconocido prestigio internacional, sobre las necesidades de capital de cada banco o grupo de cajas? Y no me llamen desconfiado.

Si entonces no acertaron, díganme quién es capaz de asegurarme que ahora sí, y quién me garantiza que, dentro de un año, no habrá en el Congreso otros políticos y financieros que vuelvan a apelar a numéricos informes para convertirlos en papel de váter y limpiarse ya saben ustedes qué.

No. En la gestión financiera, como en la empresarial, no bastan los números, los márgenes, los balances, sino que hace falta experiencia y, sobre todo, olfato para los negocios y saber de dónde viene el dinero y por dónde se va, cuáles son las fortalezas y cuáles son las debilidades. Déjenme que les ponga un ejemplo de un cajero que despierta sentimientos encontrados, de odio y admiración, pero al que se le tiene mucho respeto. Si algo no le falta es visión, astucia y prudencia, siendo características que no se cocinan en papeles, por muchos dóricos, jónicos y corintios adornos con los que vengan preparados: Braulio Medel.

Si el presidente de Unicaja llevó hasta el límite la negociación para anexionarse primero Caja Castilla-La Mancha y después Cajasur, ambos procesos fallidos que terminaron con la intervención pública de ambas por parte del Banco de España, por algo sería. Si rechazó la fusión con la sevillana Cajasol, por algo sería. Y si espera y espera para cerrar definitivamente la integración con Caja España-Duero, por algo será. Porque el tiempo, frente a las presiones de la Junta de Andalucía, del Ministerio de Economía y del Banco de España, le ha dado la razón: los matrimonios, con noviazgo previo, las dotes claras por delante y una perspectiva de larguísima vida marital, con las finanzas como testigo y no la política. En la riqueza, sí, en la pobreza, no, en la salud, sí, en la enfermedad, no. Y nada de que hasta que los informes nos unan o nos separen…

La parva. La institución del Defensor del Pueblo Español se queda con tres coches oficiales. Sólo tres, según anuncia su actual titular, la sevillana Soledad Becerril. Tan sólo tres para defender a este glorioso pueblo español. Antes tenía seis. Con seis sí que se defendía bien al pueblo, muy requetebién, ahora calzo uno, ahora otro, y así hasta el número de seis. Y yo me pregunto si el Defensor (o Defensora) no nos defendería mejor a pie, en autobús o en metro. Nos saldría más barata la defensa si se dedicara el dinero a los defendidos, pues en tiempos de ajustes se debería bajar al mínimo la cifra de cochazos del parque móvil público.

La simiente. Los máximos directivos de La Caixa tienen pensado realizar una tournée por las capitales donde tienen sus sedes Cajasol, Caja Burgos, Caja Navarra y Caja Canarias, las integrantes de la extinta Banca Cívica, para entrevistarse con los respectivos presidentes autonómicos y explicarles las bondades de la nueva entidad financiera unida. Mientras tanto, hay prisas por cambiar la rotulación de todas las oficinas de Cajasol, imponiéndose el color negro sobre el azul que caracterizaba a la sevillana. Curioso que la modificación se realice incluso antes de que se haya elevado a escritura pública esta integración, prevista para los primeros días de agosto. Son las prisas con el objetivo de tenerlo todo preparado para el inicio del próximo curso en septiembre.

La paja. La decisión de Telefónica de no repartir este año el dividendo comprometido con sus accionistas es buena para la compañía, por supuesto. Sin embargo, en su justificación, apela a las incertidumbres de la economía española, cuando el presidente, César Alierta, aseguraba hace dos meses que el país estaba mejor de lo que se creía y se escribía. Para España es una gota más de desconfianza –estamos hablando de nuestra empresa más internacional, que deja de pagar a sus propios dueños, grandes y cientos de miles de pequeños–, sin contar con el estropicio en las cuentas de sus principales accionistas, entre ellos La Caixa y BBVA, que dejarán de ingresar sus dividendos. Va a ser, señor Alierta, que España está peor de lo que se cree y se escribe…

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En un acantilado y el fuego detrás

Quizás vaya a contracorriente, pero creo que no hay posibilidad de un rescate total a España porque, sencillamente, nuestra economía es tan grande y su deuda tan abultada –déjense de ratios por habitante o de ratios por PIB, fíjense en su volumen, es gigantesco– que no hay Eurozona, por rica que sea, capaz de soportar el auxilio pleno de quien está a puntito de ahogarse. Es más. A estas alturas de la película, Europa está dispuesta a soltarse el lastre español, como también el griego y, si me apuran, el italiano, y hundirnos tendría consecuencias impredecibles. Me pongo en primera persona. Escalofríos me dan sólo de pensar que los pocos ahorros labrados en mis dieciséis años de trabajo no valdrían un pimiento si salimos del euro. Sí, en efecto, eso pasaría: los ahorros, los míos y los suyos, mis queridos lectores, no valdrían un pimiento, ni siquiera sacándolos del banco y metiéndolos bajo el socorrido colchón. Por eso me sulfura que mucha gente, pero también muchos agentes sociales y muchas instituciones, sigan al margen de la cruda realidad económica, de qué está pasando. ¿Cómo zarandear y despertar del largo y feliz sueño? ¿Cómo tomar conciencia de esta pesadilla?

De veras, este Gobierno de Mariano Rajoy me subleva, termina con mi santa paciencia. Sinceramente, confiaba más en su capacidad de gestión económica, pero no la tiene. Demostrado queda. Que no me hable más de la herencia recibida de los socialistas. Para malísima, e incluso vergonzosa, la de Valencia y sus variados especímenes peperos. No supieron dirigir ni su administración autonómica ni sus fallidas cajas de ahorros. Pero me solivianta, sobre todo, por la soberbia, por hacer las cosas por sus cojones y encabronar a todos tanto aquí, en España, como en la Unión Europea, revelando una ignorancia escandalosa en negociaciones diplomáticas. Éstas se cuecen y se ganan en despachos y pasillos, y no con meros titulares para la prensa confiando en que resuenen y calen en las autoridades de Berlín, Fráncfort y Bruselas, justo las que, mis queridísimos ministros, ustedes deberían currarse. Porque para rematar ese trío que conforman Rajoy, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro, ha salido también a ladrar el titular de Exteriores, José Manuel García-Margallo, ecomendándose al mismísimo diablo con su estretagia de escupir a quien, el BCE, le puede prestar ayuda y evitar el parcheo de un rescate por tramos que es una muerte a pellizcos.

Ante la complicadísima situación que atravesamos, en lugar de buscar un gran consenso nacional, haciendo partícipe a la oposición parlamentaria, este Ejecutivo se empeña en aplicar el rodillo, yo y mis verdades, para eso tengo y me dieron la mayoría absoluta, hágase única y exclusivamente mi voluntad. No atiende a consejos de nadie, ni siquiera al de personas que, por su dilatadísima experiencia en la labor gubernamental, perciben la política interior y exterior desde una privilegiada atalaya. No me refiero a José María Aznar, puesto que aún duelen sus conferencias internacionales centradas en despotricar contra la España que gobernaban los socialistas, síntoma evidente de un profundo rencor, sino a Felipe González. Éste tiene la tendencia política que tiene, no se puede negar, pero le da mil vueltas a quienes hoy, con soberbias maneras y decisiones, se sientan en el Consejo de Ministros. Su voz en el periódico El País llamando a un gran acuerdo nacional que transmita al mundo una imagen de unidad es sincera y debería ser escuchada en La Moncloa. Me temo que estoy pidiendo que llueva café en el campo…

Si el propio Gobierno reconoce que cualquier reforma es contestada con una “bofetada” por los mercados, es que vamos por muy mal camino. Si se resigna a que España mantenga los cinco millones largos de parados hasta 2014, es que vamos por muy mal camino. Si los intereses de la deuda pública se siguen comiendo los recortes presupuestarios, es que vamos por muy mal camino. Si las súplicas al BCE son menospreciadas, es que vamos por muy mal camino. Si Angela Merkel, más allá de sus palmaditas en la espalda, no nos responde, es que vamos por un muy mal camino que termina en acantilado. Ante esta España ardiendo, ¿luchar contra las llamas o lanzarse al mar?

P. D.

La parva. Quizás no sea el momento adecuado pues hablaría en caliente –nunca mejor dicho– y debe ser motivo para una opinión más sosegada. Nos alarmamos y llevamos las manos a la cabeza cuando vemos en la tele los espectaculares incendios de Tenerife, Valencia y, el más reciente, Gerona, aún en llamas. Sin embargo, y sin quitar responsabilidad alguna a los criminales, porque son criminales, que los provocan y a esos insensatos que tiran colillas, sí debo lanzar un pildorazo a las administraciones –incluidas las medioambientales y su excesivo celo– que han reducido las tareas de limpieza de los bosques que antes realizaban los rebaños. Sin buscarlo, más leña al fuego…

La simiente. Financieramente hablando, aunque otra cosa distinta sería en términos laborales, ver la estrella (logo) de La Caixa en las oficinas de Cajasol a mí al menos me infundirá tranquilidad. Se cumple ahora justo un año de la salida a bolsa de ese engendro llamado Banca Cívica, donde se integraban la entidad sevillana, Caja Navarra, Caja Canarias y Caja Burgos. A la larga, ni siquiera un matrimonio, sino una orgía a cuatro que terminó como todas las orgías: cada una por su lado, y adiós y muy buenas. Ni siquiera sus dos principales directivos, Antonio Pulido y Enrique Goñi, se llevaban bien, y ahí queda la imagen del toque de la campana del parqué madrileño el día del estreno bursátil, a ver quién coge antes la cuerda y toca más fuerte. En fin, enterrado el muerto, ahora nueva vida.

La paja. Les resumo. Publicidad radiofónica de Telepizza. Un cani le dice a otro que las ofertas de esta cadena de pizzerías son tan buenas que por la plaza del barrio no se puede ni andar vas pisando cartones de Telepizza. Debe ser un anuncio excelente pues hasta yo, que de cani tengo poco, me he quedado con la copla. La agencia –que ni sé cuál es ni me importa– trata de atraerse a los más jóvenes. Hasta aquí, correcto. El mensaje, sin embargo, invita a una ciudad de guarros. Tan baratas están las pizzas y tanto éxito tienen que la gente tira los cartones al suelo –suponemos que después de ingerirlas y, por ende, con sus restos de comida–. Lo que algunos llamarán creatividad publicitaria yo lo llamo mala educación. A saber qué harían con un anuncio de condones o compresas…

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Un Gobierno jodido y que jode

De entrada, y como no podía ser menos, Andrea Fabra. El protocolo dicta que te trate de señoría y la educación más elemental, de usted. Pero no. Has perdido todo el respeto no ya como diputada, sino como persona. Digna eres de la ralea de tu padre, y eso ya es mucho decir.

Para continuar, Soraya Sáenz de Santamaría. No sé de qué se ríe su excelentísima. Me enervó la sangre su sonrisa durante la rueda de prensa del pasado viernes tras el Consejo de Ministros. Consciente soy de que la carga de responsabilidad que soporta es grande. El momento que vivimos, en efecto, es crítico, desolador. Sin embargo, no es motivo para la insensibilidad. Y sí, mi querida vicepresidenta. Se ha vuelto insensible.

Sigamos con Cristóbal Montoro. No me fío de su palabra. Sólo del BOE. Como los niños. Cuando titubean y se ponen nerviosos, u ocultan algo o mienten. Ya le he pillado el truco. Es, señor, un niño. Lo es tanto por sus bromitas, que al final se tornan contra usted –tráigase aquí el caso de los “hombres de negro”– como por sus medias verdades. Personifica la absoluta falta de transparencia de este Gobierno. Dos ejemplos ordinarios, bendita sea la ordinariez si, de una vez por todas, sirve para que usted se entere –y cambie–. Cuando el ministro habla, sus gobernados pensamos: a ver éste por dónde nos la mete doblada. Y al estrechar su ministerial mano, el recelo –se lo está labrando a pulso– nos lleva a preguntarnos si la escupió antes. Sí, ante usted, culo a la pared.

Cuarto personaje, Luis de Guindos. Lo confieso. Guardo una amplia colección con fotos de su rostro. No soy masoca, sólo me guía mi trabajo. Porque si al compañero le delata la palabra, a su excelentísima, la cara. Especialmente cuando está rabioso y la rabia no puede manifestarla –más quisiera– por la boca. Eso sí, siempre le quedará el inglés para que el común de los españoles no se entere en su propia lengua. Las cosas no le salen como las concibe, ¿verdad? Paradójico resulta que usted, a la sombra de Montoro, fuera uno de los padres del programa económico con el que los populares ganaron las elecciones y, a la vez, su enterrador. Como Saturno devorando a su hijo, Goya. Comiéndoselo con papas.

Y ahora, Fátima Báñez. Puedo asegurarle, mi laboral ministra, que no conozco a nadie de mi entorno que, habiéndose quedado sin empleo, no gastara hasta la salud para encontrar otro. A nadie. Quizás quien no ha trabajado nunca, salvo al servicio del partido, y menos en una empresa privada, desconoce el sufrimiento que implica quedarse en la calle. Y encima soportar un “que les jodan” por parte de una muñeca sin corazón. Usted debería haber sido la primera en enmendarle la plana a la hijísima, conminándola a dejar el PP o, al menos, a pedir disculpas. Siga aplaudiendo, incluso en los próximos meses cuando, estoy seguro, habrá tajo a las pensiones. Se le dan bien las palmas, ser palmera. Son las malas enseñanzas, que no las buenas, del Rocío.

Y acabemos. José Manuel Soria. Le viene el apellido al pelo. Tierra árida y fría, decía Antonio Machado. Yo añadiría, no a la tierra, sí a su excelentísima, insustancial. En el tiempo que lleva en Industria, ni fu ni fa, los temas le superan sin saber reaccionar, salvo encareciendo la luz. Pero, señor ministro, le voy a echar un cable. A todos los que este artículo de La Siega leen: un país que lleva décadas sin resolver los problemas del carbón, que no son otros que la falta de competitividad y la ausencia de alternativas laborales, es igual que otro país, éste en el que también vivimos, que lleva décadas –algunas menos– sin resolver los problemas de los jornaleros del agro andaluz, que no son otros que la falta de trabajo y la ausencia de alternativas laborales. No sé si me explico bien. Si alguna vez hay una marcha de los beneficiarios del PER hacia Madrid, confío en el mismo respaldo social y mediático como el dispensado a los mineros, tan subsidiados como aquéllos, pero con una pátina de romanticismo de la que carece el campo. Por lo demás, mi querido ministro, siga recurriendo al manual de tecnicismos en sus comparecencias. Contribuya al Estado de la confusión general.

Puestos a conjugar el verbo joder, digamos que sí, España está jodida. Su Gobierno está jodido y, como jodido que está, jodidos estamos todos. A joderse pues, y a cargar con la larga crisis económica y sus recortes. Pero dos formas radicalmente distintas existen de joder. Una dice: jodámonos, que es lo que toca. La otra: que os jodan. No sólo os jodemos, sino que os jodan. Esto jode. Jode realmente. Y las actitudes –no tanto las medidas adoptadas, que, por supuesto, también– de los seis protagonistas aquí citados y las de su jefe a la cabeza, Mariano Rajoy– joden. Y por ahí no. Muy mal encaminados vais…

P. D.

La paja. Vaya papelito el del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el reciente congreso del Partido Popular de Andalucía. Por un lado llama a los cargos del partido a salir a la calle y no avergonzarse de los recortes presupuestarios del Ejecutivo central pero, por el otro, se adelanta la clausura del evento un día para que Rajoy –se alegan motivos de seguridad– no se tope con protestas de todos quienes están indignados con los ajustes, especialmente funcionarios y empleados públicos. Es decir, no se escondan, señores míos, que para esconderse ya estoy yo –y tanto del pueblo como de la institución donde radica la soberanía popular, el Congreso de los Diputados–. Pónganle ustedes nombre a esto, porque yo sólo lo encuentro en ave de corral. Apenas lleva medio año y cuán encumbrado está el señor presidente. Tanto que comienza a estar alejado de la realidad. Pero que muy lejos…

La simiente. No me fío de los informes de parte que tanto desde las grandes superficies como desde sus sempiternos rivales, los pequeños y medianos comercios, se lanzan para defender o rechazar la mayor libertad en los horarios de apertura. De un lado, no creo que abrir más implique más consumo, el dinero que hay es el que hay, y cada vez menos. De otro, aquí o nos ponemos las pilas, o estaremos toda la vida protegiendo a quienes se creen que, sin renovarse, podrán estar también toda la vida vendiendo las mismas corbatas. Dos ejemplos. El primero, un hipermercado al lado de mi casa, con días de poca afluencia, mientras que cuando la hay faltan cajeras. El segundo, una tienda que cierra los sábados para que el dueño se vaya, con todo derecho del mundo, a la playa. Los pequeños alegan que la banca ni abre tardes ni sábados ni festivos. Sí, pero los negocios son distintos. A ver si se enteran.

La paja. Lo del tratamiento fiscal de la vivienda en España es un ir y venir desconcertante. No se sabe muy bien qué hacer para incentivar el mercado inmobiliario. Que si ahora desgrava, que si ahora no, ahora recupero la rebaja en el IRPF, ahora la quito. De hecho, el último tajo, de tapadillo, ha sido erradicar la compensación fiscal que había para los contribuyentes que hubieran adquirido una casa antes del 20 de enero de 2006, cuando entró en vigor una reforma de la tributación al respecto. Su objetivo era tratar por igual a los propietarios a la hora de desgravar la vivienda habitual. Los cálculos de entonces hablaban de hasta 200 euros anuales por familia de ahorro fiscal y de cinco millones de hogares que se iban a beneficiar. Por tanto, quienes ahora estén pagando su hipoteca por pisos anteriores a aquella fecha, que sepan que en la próxima declaración Hacienda les devolverá menos.

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Un tajo a la prestación por desempleo

Para completar la larga ristra de incumplimientos electorales por parte de Mariano Rajoy, el próximo viernes, día de Consejo de Ministros, asistiremos a otra vuelta de tuerca en los recortes presupuestarios, léase, sociales. Y digo sociales porque al presidente del Gobierno, el de la ceremonia de entrega del Códice Calixtino, imagen patética donde las haya, se le va la fuerza por la boca al afrontar uno de los mayores problemas de nuestra economía, cuyo ahorro evitaría tanta esquiladora: la elefantiásica administración pública. Su reforma se ha limitado, hasta ahora, a dos iniciativas principales. La primera, ya en marcha, es el plan de pago a proveedores, bienvenido sea aunque, no nos engañemos, liquida las actuales trampas de corporaciones locales y autonomías a costa de entramparlas a largo plazo con la banca, ésa que siempre gana. Y la segunda, anunciada pero aún no acometida, es la supresión de las mancomunidades, no de esos cementerios de elefantes para políticos de uno y otro bando, qué más da, llamados diputaciones provinciales, instituciones desconocidas allí donde quizás son más necesarias, en los pueblos más lejanos de los despachos de las capitales.

En un país con un continuo crecimiento del paro, salvo meses puntuales de bajadas gracias al tirón temporal del sector servicios, no se sostienen las promesas tanto de Mariano Rajoy como de su ministra de Empleo, Fátima Báñez, la rociera pillada in fraganti con filtraciones partidistas –no sé si éstas serán o no pecado, pero alguna regañina merecería de la Virgen–, de que la prestación no se tocaría, es decir, que no habría tijera para quienes tuvieran el infortunio de perder su puesto de trabajo. Pues sí, la habrá, y ejemplos existen de sobra para probar que los noes de este Ejecutivo son síes, y esto, sinceramente, es lo que más cabrea.

Para mí, y supongo que para la inmensa mayoría de los trabajadores, verme en la calle por causas ajenas a mi voluntad e incluso a las de mi propia empresa –la empresa no tiene por qué ser siempre la mala– es, además de infortunio, un drama. Para que se entienda: uno, que cree coincidir con esa inmensa mayoría, quiere trabajar y no rascarse. Demos la vuelta a esta última sentencia, quiero rascarme y no trabajar, y encontraremos el argumento oficial que aducirá el Gobierno para la inminente reducción de la cuantía de la prestación por desempleo, a tenor de las filtraciones publicadas por la prensa económica respecto al contenido de los próximos Consejos de Ministros, que, además, aprobarán la subida del IVA –o la ampliación de la base del impuesto, tal y como eufemísticamente tratarán de vender– y un nuevo ajuste del cinturón para los empleados públicos.

En efecto, el tajo dinerario para el parado se aplicará para los primeros seis meses en situación de desempleo –en estos momentos, durante este periodo se percibe el 70% del salario, y el 60% de éste hasta agotar el tiempo de derecho de cobro–, a la vez que se estudia ampliar los años cotizados para acogerse a la prestación –en la actualidad, un año implica cuatro meses de percepción– y reducir el máximo temporal de cobertura –ahora, dos años–. Aunque habrá que esperar a las próximas semanas para determinar la combinación de estas medidas –si la aprobación no es inminente tampoco pasará del verano–, lo cierto y verdad es que ya podemos averiguar las razones que dará Báñez o, en su defecto, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, habida cuenta de que nunca las malas nuevas las da Rajoy, reservado como está a cumbres comunitarias, copas de fútbol y resoluciones felices de hurtos religiosos. La ministra –prosigamos– dirá que, con semejante tijera, incentiva la búsqueda de empleo por parte de quienes lo pierden, como si fuera agradable engrosar la abultadísima lista del INEM.

El problema, mi querida ministra, no estriba en buscar, sino en encontrar, y no se encuentra lo que no hay. Porque si coexisten realmente trabajo digno –esto de digno es importantísimo, digno en jornada y digno en salario, para así evitar que de la desesperación laboral se aprovechen los empresarios aprovechados, que, como en la viña del Señor, de todo hay en las marismas del Rocío– y parados de larga duración la conclusión no puede ser otra que un INEM inservible, salvo para elaborar y depurar estadísticas. Y no me replique que ahí están las ETT, porque sus sacas de currículum vitae están repletas.

Con la cuchilla para la prestación por desempleo, al igual que con otras reformas de nuestra economía, el Ejecutivo opta por la vía fácil, la de recortar, cuando realmente debería atajar el gran problema del fraude, que lo hay –quienes cobran sin tener derecho–. Y así, pagarán justos por pecadores, acentuándose pues la injusticia del coste de esta maldita crisis…

P. D.

La parva. El vicepresidente de la Junta de Andalucía, Diego Valderas, anuncia que se creará un banco público de tierras que se nutrirá de las fincas del antiguo IARA que están hoy puestas a la venta y que no se adjudican porque sencillamente no hay dinero para comprar. La propuesta, no obstante, tiene dos claros inconvenientes. El primero, el vaivén del propio Gobierno autonómico, ahora subasto, ahora no subasto, ahora público, ahora no público. Caba recordar, en este sentido, que la propia Consejería de Agricultura ha arbitrado múltiples ventajas para que los actuales colonos se queden con los terrenos que cultivan. Y el segundo, que ese banco de tierras debe ser rentable socialmente, por supuesto, pero también desde el punto de vista económico, dado que, de lo contrario, se apostaría por modelos de explotación y gestión asistidos artificialmente con ayudas públicas, y eso ya no puede ser…

La simiente. El hecho de que Rodrigo Rato y otros antiguos altos cargos del PP hayan sido imputados por la Audiencia Nacional en el que está llamado a ser el caso Bankia es toda una bofetada al partido, al Gobierno, al Banco de España y a la Comisión Nacional del Mercado de Valores. A falta de una investigación contundente por parte de todos ellos para determinar las causas de la ruinosa operación de integración liderada por Caja Madrid y Bancaja, entidades ambas de la órbita pepera, ha tenido que ser la Justicia –con mayúsculas– la que emprenda acciones contra los directivos que capitanearon la gestación de Bankia y, por tanto, los causantes de su desastre y del abultado coste para el conjunto de los contribuyentes y para la imagen exterior de España. Si Rodrigo Rato, Ángel Acebes y José Luis Olivas se sientan en el banquillo, España se asemejará un poquito a Islandia.

La paja. El toque de atención lanzado por Rubalcaba a los socialistas andaluces debería ser tenido muy en cuenta porque, retomando la reciente advertencia del cura José Chamizo, estamos ya hasta el gorro de los políticos, y más allá. Una cosa es la democracia interna de los partidos, ésa que ha hecho que Griñán no obtuviera un respaldo unánime en el congreso regional del PSOE pero sí una mayoría más que holgada, y otra bien distinta e injustificada es que, una vez elegido el líder, éste siga siendo objeto de un permanente vapuleo, cual reclamo para tiros con perdigón en una caseta de feria. La crítica, qué duda cabe, siempre debe existir, al enriquecer las ideas y, en este caso, la acción del Gobierno andaluz. Pero mucho me temo, y así lo percibe la gente, que las peleas dentro del PSOE-A se limitan a un mero ¿y de lo mío, qué? Y al margen, la crisis y los problemas de los ciudadanos.

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