General

Banqueros vestidos de faralaes

“Yo soy la Lola y [en Hacienda] me tendrían que tener un poco de cosa. Si una peseta diera cada español, pero no a mí, adonde tiene que darla, quizás [yo] saldría de la deuda (…)”. Ante las cámaras y entre sollozos, La Faraona nos suplicaba a todos que le echáramos una manita para poder pagar la abultadísima multa que le había impuesto Hacienda por no declarar el IRPF, ay, virgencita del Rocío, se me olvidó, qué hago ahora con mis churumbeles, yo, que tantísimas divisas he metido en España, agradecidos me teníais que estar… Corría el año 1987 y la cantante trataba así de saldar las cuentas con el Fisco socializando su propio delito. Hoy, justo un cuarto de siglo después, vemos a los gestores de Bankia socializando el gigantesco agujero de esta entidad financiera, mis beneficios son míos, mis pérdidas son vuestras. Si estos señores con corbata se embutieran en un traje de faralaes, pasarían por ser actuales Lolas Flores, aunque con una grandísima diferencia: la coplera fue condenada y purgó su pena, mientras que para los frustrados banqueros –que ya son muchos en este país– no habrá juicio, ni culpa imputada, ni investigación siquiera.

Y clama al cielo tantísima condescendencia. Al nuevo presidente de este malogrado grupo de cajas de ahorros –liderado por Caja Madrid y la valenciana Bancaja–, José Ignacio Goirigolzarri, hay que darle santa razón cuando explica que una parte de los números rojos aflorados cabría atribuirla no a la gestión de antiguos directivos –metamos aquí a Rodrigo Rato, si bien yo extendería las garras hasta Miguel Blesa–, sino a los cambios legales en las exigencias de provisiones (reservas que reducen los beneficios) para así hacer frente a los riesgos intrínsecos a las fallidas inversiones inmobiliarias y a los demorados o perdidos créditos al ladrillo. En efecto, así es, mi querido Goirigolzarri, una parte, no toda. Sin embargo, y aquí le rebato por entero, no es menos cierto que la otra porción es responsabilidad íntegra de esos administradores y que las modificaciones normativas tuvieron que ser concebidas y aprobadas por el Gobierno –primero con el PSOE y después con el PP– debido a los desastres de no pocos cajeros y a las mentiras en sus cuentas –una contabilidad creativa que ríanse ustedes de la decana en tales ingenierías numéricas, la eléctrica estadounidense Enron–, que finalmente han sido vergonzosamente destapadas para vergonzosamente meternos las manos en los bolsillos a todos.

Porque cuando Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, sentencia que los rescates no nos costarán el dinero porque los fondos públicos ahora destinados los recuperaremos en el futuro cuando se subasten las entidades intervenidas y nacionalizadas está ocultando a los españoles que, con las mastodónticas inyecciones de capital a la banca, se resta aún más capacidad al Estado para acometer las necesarias inversiones productivas con las que impulsar el crecimiento y reducir el desorbitado desempleo. Léase pues: si no de una forma directa, el fiasco bancario nos está esquilmando los esfuerzos para la recuperación. Podrán venir con miles de matices, pero no echarán por tierra el grueso de ese argumento, que es una verdad como un templo para los ciudadanos, aunque quizás no para gobiernos ni expertos economistas, siempre dispuestos a sacarte una compleja aleación logarítmica curvada bajo modelos de la u, de la uve o de la zeta de zorros

Y esto es indignante. Sí, claro que lo es, aunque, por mucho que nos duela, la muy severa y larga crisis económica y financiera que soportamos en España y, por supuesto, los miedos a males peores exigen dar una patada hacia adelante y dejar que papá Estado salga al rescate y solvente los problemas de Bankia y del resto de cajas y de algún que otro banco caídos en desgracia. Por cierto, un papá Estado cuya mera existencia ha sido tradicionalmente criticada por financieros y empresarios, defensores todos ellos de la libertad y la autorregulación de los mercados y de la supremacía de la iniciativa privada.

Patada hacia adelante, decimos, pero cuidado, señor Rajoy. Sumando Bankia y ese rosario de entidades nacionalizadas pendientes de adjudicar –a ver quién se queda ahora con Catalunyacaixa, Novagalicia y Banco de Valencia sin acudir a la despensa abierta de las ayudas públicas– se configura un grandísimo conglomerado bancario en manos del Estado, es decir, público. Y me pregunto, mi querido presidente, si siendo público, los gestores nombrados por el Gobierno –entre ellos, Goirigolzarri– harán la misma banca de siempre o, reitero, siendo ésta pública, seguiremos asistiendo a masivos desahucios, a inasumibles precios de la vivienda o al cerrado grifo del crédito para empresas. Porque si así fuera, yo, decepcionado y alarmado, no lo entendería. No querría escuchar otra vez estas palabras con las que nuestra Lola Flores concluía su ruego:  “(…) Y después me iría al estadio con todos los que han dado esa peseta (…) para tomarme una copa con ellos y llorar de alegría”.

P. D.

La parva. En el debate sobre la libertad de horarios comerciales hay tanto desconocimiento como intereses contrapuestos. De entrada, los establecimientos de menos de 300 metros cuadrados y las tiendas de conveniencia –siempre que no pertenezcan a una cadena– pueden abrir cuando les dé la real gana. Otra cosa es que no lo hagan porque todo el mundo tiene el derecho a descansar y, mientras se descansa, a no contratar a empleados. Pero las presiones al Ayuntamiento de Sevilla para que, a su vez, presione a la Junta de Andalucía para que el Centro –no la capital entera– sea declarado zona turística y así haya libertad horaria guardan entre bastidores la idea de permitir la apertura de establecimientos que no son precisamente ni pequeños ni medianos, pero arrastran al Centro a potenciales compradores tanto de éstos como de los grandes. Efecto llamada, doble discurso de las asociaciones del comercio.

La simiente. El ajuste laboral que se ha pactado en Banca Cívica con el aplauso sindical está dentro de lo posible. Ha sido duro reconocerlo, la tensión entre los sindicatos ha sido grande, y el descontento de los trabajadores –la quinta parte irá a la calle– es grande. Sin embargo, los negociadores de la plantilla tenían muy claro que, con la reforma laboral por delante y dada la situación de la entidad financiera, que sin integración en Caixabank arrojaría pérdidas milmillonarias, han hecho de tripas corazón para propiciar la salida de 1.500 trabajadores con voluntarias prejubilaciones y bajas incentivadas, aunque serán forzosas si no se consigue cuadrar el recorte. Dado que la nueva legislación laboral permite despedir con veinte días por año trabajado y un máximo de doce anualidades, las condiciones arrancadas al final eran las máximas que se podían arrancar. Es lo que hay.

La paja. El pasado viernes Banca Cívica celebró junta general de accionistas en Sevilla, donde este grupo de cajas de ahorros, que va camino de su extinción, tiene su sede social. Lo hizo a puerta cerrada, sin presencia de periodistas, y así se hizo constar en la convocatoria enviada por la entidad. Nada de prensa escrita, solo gráficos. No me imagino al Santander o al BBVA esquivando esa asistencia e incluso Caixabank, que absorberá Cívica, coge y te insiste en montarte en un autobús para que acudas. Pero para eso hay que ser transparentes y, sobre todo, como un Emilio Botín, un Francisco González o un Isidro Fainé, tener muchas tablas para enfrentarse a las preguntas y las críticas de los accionistas –que, recordemos, son los dueños de las entidades– y que éstas sean publicadas por la prensa, y no el miedo de un Antonio Pulido o un Enrique Goñi. En fin, lo dicho, Cívica se extingue.

Standard
General

Quememos Andalucía

Cuando saltó el avance del teletipo, no me lo podía creer. No puede ser, me dije. Justo un día después de la decisiva reunión del Consejo de Política Fiscal y Financiera del pasado jueves, a la que la consejera andaluza de Hacienda y Administración Pública, Carmen Martínez Aguayo, acudía arrastrada sabiéndose ya sentenciada a la pira, suéltenme, déjenme, no me intervengan, mis cuentas son mías, las agencias de noticias escupían que la señora marquesa de las pitas, pitas, la popular Esperanza Aguirre, se había pasado veinte pueblos en los dineros de su comunidad autónoma, la de Madrid. Sí. Al echar los números del año pasado, suma ingresos y resta gastos, saldo positivo o negativo, tanto se tiene y tanto se debe, la aristócrata presidenta, calculadora en mano y excel en el ordenador, se había confundido en 2.000 millones de euros, tan rotundos como escribirlos de esta otra forma, con todos sus ceros: 2.000.000.000.

Yo grité: ¡Millooooones! Pero Mariano Rajoy replicó: ¡Millonceeeeejos! Viendo peligrar mi elemental escala numérica, serán pocos, serán muchos, me apresuré a repasar las operaciones de multiplicación y división y resultó que 2.000 millones de monedas de euro son –sin el pico– 3.367 tesoros del Odyssey, con un valor –contabilizando el precio actual del oro y la plata y también sin el pico– catorce  veces superior. No uno, sino decenas de aviones Hércules del Ejército del Aire hubieran sido necesarios para traer desde EEUU las 15.000 toneladas de tan gigantesco cargamento como meses atrás se hiciera con el botín de la fragata La Mercedes. ¿Pasaría desapercibido semejante botín? Creo que no, y menos si tenemos en cuenta que las previsiones madrileñas para 2011 las hizo Antonio Beteta, hoy secretario de Estado de Administraciones Públicas, entonces consejero de Economía de –¡uy qué curioso!– Madrid y, por supuesto, el único empleado público que no toma café en horas de trabajo. Sin embargo, vean al presidente del Gobierno excusando a la mandamás Aguirre, pobrecilla, déjenla, no es importante la cantidad, sí la transparencia, aunque sea un día después…

Me sirve esta larga ironía para preguntarme cómo es posible que se quite hierro a tamaño desfase –esos 2.000 millones equivalen al 12% del presupuesto madrileño para 2011–, cómo es posible, además, que el Ejecutivo de España comunicara a Bruselas cifras erróneas cuando la credibilidad internacional del país está por los suelos y cómo es posible, por último, que el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y toda la tropa económica de Rajoy carguen las tintas contra Andalucía si existen regiones gobernadas históricamente por el PP que o están peor, como Valencia, o yerran en su contabilidad, caso éste de Madrid..

Seré bueno. Pensaré que las confusión del Gabinete de Esperanza Aguirre ha sido simplemente eso, una multimillonaria confusión sin otra maldad que la de ser torpes en matemáticas, y mucho hay que serlo como para contar y no tener 2.000 millones. Seré malo, porque no tengo más remedio que serlo, con el Ejecutivo central. Y pienso que se queda sin argumentos para seguir acusando a Andalucía de maquinaciones contables y de falta de transparencia, lanzándole esos continuos dardos, aquí y en la prensa internacional, para desprestigiarla apuntándole el camino de la intervención. ¡Ojo! No estoy hablando de una Andalucía inmaculada, sí de la existencia de muchas magdalenas. Quien esté libre de pecado…

Es más. Al menos hasta ahora, aunque lleva poquitos días en el Ejecutivo andaluz, a la coalición de gobierno entre socialistas e IU cabría incluso atribuirle un mayor ejercicio de responsabilidad y compromiso estatal que al trato que le han dispensado Rajoy y sus ministros andaluces –entre ellos, el de Hacienda–. Aun haciendo malabares para justificarse, ahí tenemos a los comunistas aprobando los recortes obligados por la sacrosanta austeridad para que Carmen Martínez Aguayo acudiera al Consejo de Política Fiscal y Financiera con unas cuentas autonómicas meridianamente asumibles y, sobre todo, con la cruel realidad económica por delante. En esa reunión, Montoro le exigió más sacrificios y la consejera, en efecto, se vino a Sevilla con el compromiso de acometerlos. Véase aquí, pues, otra muestra de responsabilidad ante un ministro que solo un día después, viernes, a última hora de la tarde y con esa transparencia que le caracteriza, una simple nota de prensa, tuvo que modificar las cuentas del Estado porque los suyos, hasta tres presidentes regionales del PP (los de Madrid, Valencia y Castilla y León), lo habían traicionado. Si, en cambio, las erróneas cuentas hubieran partido de Torretriana, no faltarían manos y antorchas para prender una pira al grito de quememos Andalucía.

P. D.

La parva. La Confederación de Empresarios de Sevilla (CES) ya ha abandonado su sede de la Avenida República Argentina y trasladado al histórico edificio de la Cámara de Sevilla en la céntrica Plaza de la Contratación. El presidente saliente de la patronal, Antonio Galadí, disfrutará apenas un par de días de su despacho, aunque allí estará mal que le pese a su homólogo en la institución cameral, Francisco Herrero. El cambio, al margen de rencillas, es notable. El equipo de la CES ocupará un espacio equivalente al que antes era sólo su amplia sala de reuniones. Son tiempos de ahorros para la patronal sevillana, que reduce así su gasto en alquiler, y son tiempos de ingresos para la Cámara, que recibe como agua de mayo a los nuevos inquilinos. A partir de este mañana, será Miguel Rus quien ocupe el despacho del presidente de la CES. Eso sí, hasta entonces, la última asamblea de la CES será en el club Antares.

La simiente. Voto de confianza a la convención aeronáutica celebrada la pasada semana en Sevilla, pese a la crisis de la principal compañía andaluza, Alestis Aerospace, y el impacto de su suspensión de pagos (concurso de acreedores) sobre las empresas auxiliares. Hacía falta un encuentro internacional de estas características, con empresarios y directivos de compañías de todo el mundo, para que la industria regional diversifique tanto en productos  como en mercados y no dependa en exceso ni del fabricante EADS ni de Europa. Pero quizás lo más relevante del encuentro, organizado por la agencia Extenda y que ha tenido un marcado tinte empresarial –los políticos y el ‘gancho’ mediático del evento, el astronauta español Pedro Duque, quedaron sólo para la prensa, a dios gracias–, ha sido la conciencia de que si no se fraguan alianzas ni se sale al exterior, el futuro estará en el aire.

La paja. “El tijeretazo (…) mete la mano en el bolsillo de todos (…) con subidas de impuestos y recortes sociales sin precedentes”. Juguemos a rellenar los paréntesis. Si en el primero escribimos “del Gobierno de la nación” y para el segundo “los españoles”, sería un comunicado del PSOE-A acusando al Ejecutivo de Mariano Rajoy. Si, en cambio, en el primero escribimos “del bipartito de PSOE e IU” y para el segundo “los andaluces”, tendríamos un comunicado de PP-A. En este caso, lo vamos a atribuir a los populares andaluces, aunque yo les recomendaría otra redacción para esta nota de prensa donde dijera algo así como “primero nuestro tijeretazo, el que hizo Mariano Rajoy y nosotros apoyamos, metió la mano en el bolsillo de los andaluces, que al fin y al cabo son españoles, y después el bipartito la volvió a meter”. Creo que, escrito así, se ajustaría más a la realidad.

Standard
General

La madre de todas las mentiras

A Miguel Ángel Fernández Ordóñez le quedan tres telediarios para salir por la puerta del Banco de España. La repercusión internacional de darle ya la patada al gobernador tendría para nuestro país un coste muy superior al de mantenerlo en el cargo los dos meses que le quedan hasta agotar mandato aunque, sinceramente, más que una retirada silenciosa, debería llevar por delante una carta de despido en toda regla, y lo más barata posible para, así, predicar con el ejemplo la flexibilidad laboral y salarial que, desde su puesto, tanto pregonó y defendió. No me valen hoy los panegíricos con los socorridos halagos qué amplia carrera, qué dilatada experiencia, qué intachable independencia, ni tampoco el chantaje emocional de quienes dicen y escriben, ay, pobrecito él, que quiso hacer pero no le dejaron. No, insisto, no me valen porque, a lo largo de los últimos casi cinco años, desde el organismo que aún gobierna, por dejación o por connivencia, se ha urdido la gran mentira de la economía española.

La gran mentira de la economía española no consistió en negar la existencia de la crisis como hizo José Luis Rodríguez Zapatero porque a los políticos –y a ver quién me niega esto– se les presupone dotados de una tremenda capacidad para fingir –estábamos, pues, avisados–. En cambio, semejante carga innata de engaño o, si se prefiere, de simulación, aquí no pasa nada, debiera ser ajena a una institución pública cuya misión primordial es supervisar y, por tanto, vigilar el conjunto del sistema financiero nacional, levantando y sacudiendo las alfombras allí donde es preciso y tantísimas veces como sean necesarias. Y retomando el hilo. La gran mentira de la economía española radicó en presumir de qué bien estaban nuestros bancos y nuestras cajas de ahorros y de cuántas provisiones (reservas) guardaban frente a posibles riesgos de impagos, minimizando la mierda que se acumulaba bajo sus alfombras…

Hagamos memoria. Hasta el otoño de 2008, ya con la crisis económica encima, Mafo se desgañitaba proclamando las magníficas cuentas y balances de la banca española, dedicando sus discursos a hacer hincapié en la urgencia de la reforma de un mercado de trabajo cuya rigidez –sostenía– era nuestro mayor mal, mientras que pocas veces hablaba de los problemas de los bancos y, sobre todo, de las cajas de ahorros, que seguían engordando su abismal agujero inmobiliario y escondiéndolo, dónde, pues bajo la alfombra de la falsa contabilidad. Tendría que producirse, apenas unos meses después, la intervención de CCM (Caja Castilla-La Mancha) para que, de una vez por todas, aflorara a la luz pública lo que era un secreto a voces: la asfixia del ladrillo. Pero aun así, desde el instituto supervisor se insistía en que éste era un caso aislado y, agregaba, al margen de la robustez del conjunto del sistema financiero. Sí, claro, ya se constató… A la castellano-manchega sucedió un rosario de intervenciones y un precipitado y forzado proceso de concentración de cajas donde unas tapaban las mierdas a las otras o sumaban sus mierdas para barrerlas con la ayuda del Estado y de unas autoridades que, desesperadas, legislaban a trompicones.

Y lo hacían porque, desde primera hora, no quisieron abrir el sistema financiero en canal para extirpar el cáncer, y el cirujano, el Banco de España, renunció al bisturí a la espera de que cicatrizaran las maltrechas costuras de las integraciones de Catalunyacaixa, Unnim, Novacaixagalicia, Banca Cívica y Bankia y, además, de que alguien se quisiera quedar con los muertos de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) y el Banco de Valencia, caídos también en desgracia por malos políticos metidos a peores banqueros. A estas alturas de la película, el mapa financiero está todavía descuajaringado, sin que se vislumbre el desenlace. Hoy por hoy, tan sólo un rotundo éxito: la adjudicación mediante subasta pública de la caja cordobesa Cajasur a la vasca BBK, aunque, eso sí, no fue precisamente escaso su coste para el erario del Estado y, por tanto, para el bolsillo de los contribuyentes. Lo demás, insisto, aún son castillos en el aire, y algunos, como Bankia ha demostrado, se edificaron sobre cimientos de barro.

Tanta es la desconfianza de Europa hacia la banca española y, lo que es peor, hacia el propio Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que ha ordenado a nuestro país –porque la UE ya no nos sugiere, nos ordena– que sean expertos independientes los que colaboren (ja, ja) con el Banco de España para valorar la cartera inmobiliaria (suelos, viviendas) en poder de bancos y cajas de ahorros. El supervisor supervisado, el vigilante vigilado, vaya palo, vaya constatación de la gran mentira de la economía española. Pero dentro de dos meses vendrán los panegíricos. Al tiempo…

P. D.

La parva. Álvaro Guillén ha asumido la presidencia de la asociación de empresas agroalimentarias andaluzas Lándaluz. Su primera decisión ha consistido en desempolvar el proyecto de gestar una red de restaurantes especializados en cocina regional y, por tanto, escaparates de las producciones de la comunidad autónoma. El proyecto ha derivado en una red de abacerías y, hasta aquí, un OK. Esperemos que, en esta ocasión se haga realidad, porque llevo escuchando esta idea –en distintas versiones– desde los primeros años de existencia de Lándaluz, cuando esta asociación sucedió a la antigua Alimentos de Andalucía, era Ángel Camacho Perea su presidente y se anunció en el hotel Ritz de Madrid. Así que manos a la obra, que la red de franquicias, dicen, requiere una inversión de 24 millones de euros. A su favor, el auge de la restauración, vean como ejemplo la cantidad de bares nuevos de la Alameda sevillana.

La simiente. Miguel Rus será el nuevo presidente de la patronal sevillana CES. No es precisamente del agrado de la CEA, pero ahí está el hombre y su presencia, asimismo, debe interpretarse como un toque de atención a la cúpula de la organización patronal andaluza porque hoy no, pero quizás mañana sí, puede haber alternativas y modelos distintos para llevar la CEA. Mientras tanto, vaya por delante un consejo a Rus. Cuando en su discurso, ya como presidente de la CES, hable de los empresarios, que lo haga citando a toda la provincia, y no tan sólo a la capital, porque la patronal es provincial y no meramente hispalense, confusión frecuente que hiere sensibilidades. No en vano, en el comunicado en el que Fedeme anunciaba la semana pasada que no presentaría candidatura a la CES, se deslizó la expresión “sectores más representativos de la ciudad”. Y no es la ciudad. Es la provincia.

La paja. Ya estamos con lo mismo de siempre. Seducir al personal y llevarse los titulares a golpe de millones y millones. Hablo del presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, y su reciente anuncio de un plan de choque urgentísimo contra el desempleo que tendrá una inversión de 200 millones de euros. Pues vale, vengan millones y millones para empleos temporales en reforestación, regeneración ambiental, rehabilitación de vivienda y mejora de instalaciones educativas, todos con cargo al erario público. Seguimos sin darnos cuenta de que la economía necesita más iniciativas para crear puestos de trabajo privados, y no más modelos tipo PER. Y cuando se acabe la vigencia del plan de choque, ¿más planes de choque? El tiempo de los parches ha pasado. Quizás sea mejor plantearse dónde dedicar los 200 millones para generar economía, empresa y empleo.

Standard
General

Olé, olé, Hollande, olé, Hollande ya se ve

Estamos necesitados de líderes que nos den cariños y arrumacos y, sobre todo, que nos digan cosas bonitas y zalameras que nos gustan susurradas aquí, cerquita de la oreja, uy, qué placenteras cosquillitas. El mundo se volcó con Barack Obama al acceder a la Presidencia de EEUU. Era la esperanza negra que, pensábamos, nos traería la anhelada paz y expulsaría de la economía a los tiburones financieros que tanto daño hicieron a la economía internacional. Pero hoy, salvo revolución de ultimísimo minuto, ni una cosa ni la otra. En Europa, nos aferramos ahora a François Hollande, próximo presidente de la República de Francia, y oímos cantar la muy emotiva Marsellesa como si fuera ya el himno de los Veintisiete contra la dominación de la alemana Angela Merkel y su tiránica austeridad. Pero, señores, las cosas no son tan simples. Los hombres son ellos y sus circunstancias, y a veces las circunstancias pesan muchísimo más que los hombres.

A lo largo de esta ya larga crisis económica hemos asistido a la caída de no pocos héroes, tanto políticos como empresarios, a quienes se admiraba puestos en un pedestal. Sin ir más lejos, quienes hoy escriben las glorias de Hollande y el nuevo rumbo que, aseguran, imprimirá a la Eurozona son los mismos que apenas unos años atrás cantaban las alabanzas del presidente saliente, Nicolas Sarkozy, por hacer de contrapeso a Alemania y, asimismo, haber recuperado la buena sintonía en las relaciones franco-germanas para impulsar el euro. Y ni que decir tiene que era envidiado por haberse casado con una modelo, cantante y actriz, quien acaparaba tantas o más páginas de los periódicos que el marido, ése que, en su día, sentenció que había que refundar el capitalismo, y aquí lo vemos, igual de salvaje o más.

La crisis, de hecho, no respeta ni a políticos, sean de izquierdas o de derechas, ni a tecnócratas. Dos países, España e Italia. El primero se sacudió al socialista Zapatero y eligió por mayoría absoluta al conservador Mariano Rajoy, que dijo, esto lo arreglo yo en menos que canta un gallo. Sí, ya lo estamos comprobando, y sufriendo. El segundo optó por la tecnocracia, con Mario Monti al frente, quien comienza a ser cuestionado tanto dentro como fuera de casa, pese a su indiscutido bagaje económico. El colmo de los colmos, Grecia, donde los resultados de los comicios del pasado domingo revelan que se ha trasladado a la ciudadanía la desorientación misma de la clase política.

Tres cuartos de lo mismo sucede con los banqueros, que la crisis se los cepilla. Aquí tenemos, por ejemplo, a Rodrigo Rato, ministro de Economía en tiempos del boom español –él tuvo suerte, la familia no tanto, quebró una de sus empresas– y, posteriormente, director gerente del Fondo Monetario Internacional. Su llegada a la presidencia de Caja Madrid y, más tarde, a la del grupo de cajas de ahorros por ésta liderada –por cierto, venidas a menos tras la gestión de políticos madrileños y valencianos del Partido Popular, incluidas personas cercanas a Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre–, se intepretó como un rayo de esperanza para superar la sangrienta lucha interna –todos contra Miguel Blesa– y para enderezar las cuentas de la entidad, ya por entonces maltrechas pese a la insistencia del Gobierno socialista y del Banco de España en vociferar la salud de nuestras finanzas. Pues precisamente ahora anda el Ejecutivo a la desesperada buscando cómo tapar el gigantesco agujero dejado por el ladrillo en Bankia, y aquí hago un paréntesis antes de afrontar el último tramo de La Siega.

Me preguntan por qué hay que destinar recursos públicos a bancos y cajas caídos en desgracia y por qué, como cualquier otra empresa en ruina, no se cierran y punto. La razón, sencilla: cuesta más asumir la cartera de clientes de una entidad –el dinero depositado y el dinero prestado– que ayudarla a salir del atolladero. Sólo tres datos: 211.378 millones en depósitos, 186.108 en créditos y 37.517 en arriesgados negocios inmobiliarios. Son muchísimos millones de euros como para que el Estado asuma el control no sólo de esta entidad, sino de todo el rosario de las que, por excesos pasados, han tenido que ser nacionalizas o forzadas a entregarse a otras más grandes. Esta consideración que hago, sin embargo, no exime de someter a escarnio público a sus gestores, ni tampoco evita la pregunta de por qué sí hay dinero (ayudas que han de ser devueltas) para salvar a los bancos y no para acometer estregias de crecimiento económico que permitan acelerar la generación de empleo y reducir, pues, la lacra del paro.

Sí. Hollande puede contribuir a reorientar la austeridad sacrosanta para Merkel y dispensar más inversión pública –cuidado, estamos hablando de inversión, no de levantar aceras para construirlas más bonitas–. Sin embargo, no esperemos un inmediato plan Marshall al ritmo del villancico ya vienen los Reyes Magos, cargaditos de juguetes, para el niño Entretener, olé, olé, Hollande, olé, Hollande ya se ve. Al contrario. Me temo que, como todos, terminará ejecutando la política de lo posible, no de lo deseable. Ya veremos qué hace si alguna de agencia de calificación quita a Francia la doble A, que la triple la perdió. Será entonces cuando apreciemos la catadura del líder galo, como ya la hemos apreciado en Obama.

P. D.

La parva. La crisis abierta en la compañía sevillana Alestis es una oportunidad para, de una vez por todas, arbitrar un gran grupo español acorde con las exigencias del fabricante Airbus y con capacidad financiera suficiente como para abordar los encargos sin estar permanentemente con el agua al cuello. De hecho, tal petición es una constante de la multinacional europea, que incluso sugiere nombres para los matrimonios. Que Alestis haya presentado primero preconcurso de acreedores (protección temporal del juez para que no la embarguen) y semanas después el concurso de acreedores (suspensión de pagos) cabría interpretarlo como un intento de limpiar de cargas a la empresa sevillana y así hacerla más atractiva para una eventual fusión. Y los nombres siguen ahí, son los de siempre, con Aernnova y Aciturri a la cabeza. A ver si en esta ocasión es verdad. Los intentos de la Junta de Andalucía, accionista de Alestis, hasta ahora han fracasado.

La simiente. La sevillana Inmobiliaria del Sur (Insur) ha presumido siempre de un reducido endeudamiento financiero a largo plazo, sustentando la actividad en el corto (pólizas) y medio plazo para emprender inversiones. Sin embargo, los tiempos aprietan y, aunque el grupo asegura tener liquidez más que suficiente, ha negociado traspasar a muy largo plazo la mitad de sus deudas –objetivo: 103 millones de euros–. ¿Y eso es bueno o malo? Por un lado, reduce su aportación anual a la banca y eso es dinero adicional a disposición de nuevos proyectos. Por el otro, sólo hipoteca la mitad de sus activos, dejando la otra mitad sin cargas, de ahí que tendrá soporte patrimonial para eventualidades. Y si los bancos han dicho sí, por algo será. Lo que no se le puede negar a los gestores, la familia Pumar, es la suma prudencia.

La paja. El aeropuerto de Castellón, sin aviones, y el de Ciudad Real, en quiebra. Confío en que el proyecto para el aeródromo de Huelva, impulsado por la Diputación Provincial y la Cámara de Comercio y que, en principio, se levantaría en el término municipal de Cartaya, esté muchísimos años metido en un cajón y sin visos de salir. Si de algo nos ha servido esta crisis económica es para cuestionar este tipo de obras faraónicas, cuyas inmediatas beneficiarias son las constructoras, empresas que no están precisamente parcas en grupos de presión. Teniendo a una hora y pico el aeropuerto de Sevilla, me cuesta trabajo creer en la rentabilidad del onubense, por muchas previsiones que, elaboradas en épocas de bonanza, aseguren que se va a duplicar, triplicar o cuadruplicar el tráfico. Anda ya…

Standard
General

Gobierna la soberbia

La soberbia es tremendamente mala, dañina. Yo y ninguno más. Mi razón y ninguna otra. Cierra tus oídos y tus ojos, te hace insensible, impermeable a quienes te imploran óyenos, míranos, quizás te estás equivocando. Entrar en el quinto año de crisis económica con una subida del desempleo tan tremenda como la contabilizada al cierre del primer trimestre es gravísimo y, además, las previsiones elaboradas para el conjunto del ejercicio son horribles. Los 365.900 nuevos parados que ha sumado España entre enero y marzo, señor Rajoy, son suyos, solo suyos, tan solo suyos, y los que se agreguen de aquí a diciembre serán suyos, solo suyos y tan solo suyos. Que conste: hablo de los nuevos, no de los cinco millones largos que, señor Rajoy, ésos sí, son responsabilidad y herencia de Zapatero.

No se le puede pedir que, en apenas cuatro meses de acción de gobierno, nuestro protagonista enmiende económicamente el país. Sería, por supuesto, injusto y demagógico. Dicho esto, la cruel EPA que acabamos de conocer es tan amarga y asusta tanto que debería servirle al menos para pararse y reflexionar si ha comenzado la casa por el tejado, no por los cimientos. Porque, recordemos, estamos sufriendo apenas el comienzo de los recortes impuestos por una austeridad fiscal elevada a los altares y procesionada bajo palio, parafernalias católicas aquí bien traídas, quede como testimonio ese espíritu de sacrificio al que nos ha llamado la iglesia –palabra ésta escrita intencionadamente en minúscula– de monseñor Rouco Varela, hijos míos, así os ganaréis el cielo, que yo el mío ya lo tengo ganado, vean mis arcas intactas, loada sea la asignación del Estado, loados sean los impuestos que no pago.

Me he ido por las ramas y vuelvo al tronco. Cuando, a lo largo de éste y el próximo año, la afilada tijera presupuestaria que Angela Merkel ha prestado a Mariano Rajoy –como si España fuera idéntica a Alemania e idénticas ambas economías– ejecute sus trasquilones con toda la intensidad esperada y sin que, a su paso, se hilvanen estímulos al crecimiento económico, todos nos iremos al paro aunque, eso sí, con el gran consuelo de haber sido ungidos por las sotanas.

Porque, hasta ahora, la política laboral del Ejecutivo del Partido Popular se resume en: como las empresas están mal, porque lo están, facilitémosles el despido antes de propiciar un adecuado entorno económico que, a su vez, favorezca el desarrollo empresarial, al tiempo que, aprovechémonos de la crisis, echemos a los empleados que, a nuestro certero y santo juicio, sobran en las administraciones públicas y, como remate final, no invirtamos, sino que recortamos incluso de obras y proyectos puestos en marcha –y después hablan de la inseguridad jurídica en Argentina– ni renovamos contratos de servicios ni nada de nada de nada. ¿Resultado? Ahí quedan los 365.900 nombres y apellidos, personas, no números, que han pasado a engrosar las negras listas del paro durante enero, febrero y marzo pasados. No estamos mejor que antes. Al contrario, estamos peor, y aún peor estaremos…

Pero la soberbia, ésa que les lleva incluso a decir no estamos solos, sino que somos fuertes, es nuestra fuerza de mayoría absoluta, no atiende a razones. Sencillísimo ejemplo: si las administraciones, sea la que sea, debe dinero a una empresa y ésta, por falta de liquidez, queda abocada a despedir a su plantilla, me pregunto, con la venia de los expertos del Gobierno y, de paso, también la de los curas, si no sería mejor solucionar los impagos antes que retorcer la legislación laboral para que salga mucho más barato echar a la plantilla a las frías calles. Entenderlo al revés me cuesta, créanme, será que me falta esa bendición del dios económico portado por los cardenales reverendísimos e ilustrísimos.

Imagínense una empresa, supongamos que envasadora de arroces, que, agobiada por las deudas, concentra todos sus esfuerzos única y exclusivamente en reducir gastos. Comienza por los laborales (personal), continúa por los administrativos y, por fin, termina con los de publicidad y marketing. Cegada por completo, sin ideas, deja de lado su estrategia de comercialización y, en la desesperación, cual pez boqueando, termina por arañar en lo más sagrado, la fabricación, y arrastrando la calidad. ¿Qué tenemos entonces? Una compañía moribunda tratando de vender arroz partido, el que se les echa a los animales.

Y no se dan cuenta. Y serán los últimos en darse cuenta. Tendrá que venir otra vez Merkel a decirle a Rajoy qué tiene que hacer. Tendrán que venir de fuera a decirle aquello que aquí dentro, en España, no escucha. Yo sólo sé que 365.900 españoles reducirán su consumo, que sin consumo no hay actividad, y que sin actividad no hay economía.

P. D.

La parva. La cuestión de los impuestos es muy compleja, una de las ramas más difíciles de la Economía. Por eso, quienes de estas cosas entienden, hablan como lo hacen los médicos, utilizando un lenguaje técnico que deja con la boca abierta de par en par a los pacientes y, en nuestro caso, a los contribuyentes, usted y yo. Pero una cosa es que sea complejo y otra bien distinta es que nos tomen por tontos. Y algunos, parece, así quieren tomarnos. El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, el ya no tan sonriente Cristóbal Montoro, ha asegurado que no habrá una subida de impuestos en 2013, sino un cambio en “la ponderación” que será “equitativa y temporal”. Claro, señor Montoro. Como el reciente cambio en la composición del impuesto sobre el tabaco, que dijo usted que no tendría impacto alguno, y andan las tabaqueras subiendo los precios de las cajetillas. ¿Así será también en 2013, cuando toque aumentar el IVA y los impuestos especiales?

La simiente. Andaba el presidente de Cajasol, Antonio Pulido, muy preocupado por la imagen que la caja de ahorros daría debido a la recepción oficial ofrecida por la entidad financiera en la caseta de la Feria de Abril de Sevilla. Temía que alguien hablara de derroche en tiempos de crisis económica y de ajustes laborales en Banca Cívica, el grupo de cajas en el que la sevillana se incluye. Por eso, a los periodistas que se le acercaban, les dejaba muy claro que los gastos no corrían a cargo de la caja, sino del casetero, esto es, de quien se hace cargo de la barra de la caseta y, como trueque, ofrece la recepción. Por cierto, por allí pasaron –hasta ahora invitados– los futuros nuevos dueños, los directivos de Caixabank, banco de La Caixa. A ver si el próximo año viene el mismísimo presidente, Isidro Fainé, y contribuye así a quitarles la falsa imagen de pandereta que tienen los andaluces por sus tierras, las catalanas…

La paja. Siempre salta una coja. Dice la todopoderosa vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que, si fuera socialista, le daría “vergüenza” salir de casa habiendo dejado el país como el PSOE lo ha dejado. No le digo yo a usted que no, la verdad. Pero también a usted, como popular que es, le debería dar vergüenza supina cómo han dejado los del PP a comunidades autónomas como la valenciana o la balear, especialmente la primera, que es todo un monumento al despilfarro y a una pésima gestión tanto autonómica como financiera –ahí están sus entidades intervenidas por el Banco de España y que estaban controladas directa o indirectamente por miembros del PP–. Ya lo dijo recientemente un gran empresario valenciano y, de hecho, presidente de la mayor compañía valenciana, Mercadona. Juan Roig: “Si en España nos hemos pasado veinte pueblos, en la comunidad valenciana, veinticinco”. Eso sí, siempre les quedará Andalucía para darle palos.

Standard