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El coste de las mentiras

Teófila Martínez: ¿A quién pretendía usted engañar? Sus saltitos de alegría en el balcón de San Fernando, justo cuando Javier Arenas salía a anunciar las malas nuevas, porque buenas no eran, resultaron tan infantiles como verla disfrazada de La Pepa para una revista de domingo. Falsos como Judas. Porque hecho el papelón de la alegría, mi señora alcaldesa, las caras del personal, incluidos los dos ministros allí asomados, parecían participar de un velatorio. Imaginemos la escena. Siento mucho el disgusto, rezaban los asistentes mientras miraban de reojo al muerto…

Era para sentirlo. Que levante la mano aquel periodista que no tuviera de antemano esbozada e incluso escrita la crónica de la jornada electoral otorgándole la mayoría absoluta al PP andaluz y mandando a hacer las maletas a José Antonio Griñán. Yo confieso y me aplico un merecido correctivo de cura de humildad ante la contundencia del voto democrático que, una vez más, revela que las encuestas son eso, meras encuestas, no ciencia exacta, y que, en muchísimas ocasiones, mienten más que aclaran, sobre todo cuando vienen previamente cocinadas para meter miedo a unos y/o animar a otros.

En sus oraciones nocturnas, bien entrada la madrugada del domingo al lunes, Arenas habrá alzado su voz al cielo y clamado, padre mío, por qué me abandonaste no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces, ya no sé qué más puedo hacer. Y en verdad os digo que muy poco. De hecho, el PP-A tenía ya ganada su ascensión a San Telmo hasta que se hizo la luz, qué luz, la de la mentira.

Sí. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, aquí no valen medias tintas. En esta ocasión, el candidato popular ha perdido Andalucía debido a unas mentiras electoralistas de su partido nacional que, al acudir a las urnas, los ciudadanos no han perdonado. Maldita sea la hora en que el socialista Griñán independizó los comicios autonómicos de los estatales y finalmente ha hecho que aflore la verdad, estarán lamentándose quienes, a pesar de su triunfo, se llevan la derrota.

Pero esto no justifica tantos aplausos y llantos de alegría en San Vicente. La victoria real es de Izquierda Unida, no del PSOE. 654.831 votantes han abandonado a este último partido respecto a la cita electoral de 2008, con la agravante de una altísima abstención, evidente síntoma del desencanto –especialmente entre unos jóvenes a quienes la política les resbala– y que suele dejar en casa a quienes prestaron su confianza al partido que en ese momento ejerce el poder. Un lógico castigo como consecuencia del desgaste de treinta años en la Junta de Andalucía, la gestión de la crisis económica, la alarmante tasa de paro, las batallas internas y, por supuesto, el escándalo de los ERE fraudulentos. En cambio, 119.883 nuevas papeletas cosecha la formación liderada por Diego Valderas, que ampara así a la mayor parte de los huidos de aquél.

Ambos sumandos de la izquierda se dejan 534.948 votos entre una y otra convocatoria –insisto, con una elevadísima abstención–. Pero este rojo es aún muy intenso. Sólo hay que analizar cuán escasa es la distancia entre populares y socialistas: 43.742 sufragios a favor de la gaviota, apenas un punto porcentual. Qué raquítica victoria sobre el puño y la rosa. Como para dar saltitos, mi querida Teófila…

Basta de números, vayamos a la reflexión. No han sido precisamente los andaluces quienes han impedido la mayoría absoluta del Partido Popular en estas regionales. No. Que Arenas apunte directamente a Mariano Rajoy desde el mismo momento en que éste se jactó –porque no se quejó ni se lamentó, se jactó– ante sus socios comunitarios de que la reforma laboral le iba a costar una huelga general. Era reconocer que cargaría sobre los trabajadores españoles el principal esfuerzo de la salida de la crisis vía recortes y sin una auténtica estrategia de crecimiento de la economía y del empleo, que fue precisamente lo que prometió durante la campaña a las generales del pasado noviembre. Que no se extrañe, por tanto, del revés labrado no sólo en Andalucía, sino también en Asturias, apenas cuatro meses después de haber ganado por goleada en España. Duro de asumir, ¿verdad?

El jueves hay huelga general. Si extrapolamos los resultados de esta cita electoral, al menos en la comunidad andaluza la convocatoria debería ser un éxito porque aquí las izquierdas, juntas, incluidos los sindicatos, han torcido el brazo a la derecha, que ya no está  ni para dar saltitos de alegría ni para disfraces.

P. D.

La parva. ¡Un comunista en la Delegación de Economía del Ayuntamiento de Sevilla! La patronal CES y la Cámara de Comercio, además de las empresas más renombradas de la ciudad, no escatimaron improperios cuando el exalcalde socialista Afredo Sánchez Monteseirín cedió a la Izquierda Unida de Antonio Rodrigo Torrijos el área económica. Imaginemos, pues, lo que podría decir la CEA si Izquierda Unida consiguiera arrancar de los socialistas departamentos económicos (Economía, Hacienda, Agricultura y Empleo) de un futuro Gobierno autonómico de coalición. Y aunque todos nieguen que no habrá una pelea por las carteras, a nadie se le escapa que alguna importante tendrán que ceder, y no hay nada más importante para los comunistas que hacer valer su modelo económico y agrario. El asunto promete.

La simiente. Y viernes, los Presupuestos Generales del Estado de 2012. Otra papeleta para el Gobierno de Mariano Rajoy y, se quiera o no, tendrá su interpretación en clave andaluza. Que si nos castiga a los andaluces por haberle hecho el feo a Arenas o que si no nos castiga y, en cambio, nos reconforta. Versiones las habrá para todos los gustos políticos. Lo que sí está claro es que el Ejecutivo central debería abandonar cualquier tentación de otorgar argumentos a las izquierdas que pudieran abonar el discurso de los agravios comparativos. Porque los ciudadanos lo que quieren son respuestas ante la crisis económica y puestos de trabajo, y no una confrontación donde la fuerza se va por la boca.

La paja. Y hablando de la CEA. A su presidente, Santiago Herrero, se le habrá cambiado también la cara al conocer que el PP-A no lograba la mayoría absoluta en las elecciones autonómicas, después del endurecido discurso patronal contra el Ejecutivo de José Antonio Griñán, poniendo a la altura del betún los treinta años de gobiernos socialistas, y su clara defensa por el cambio político en la comunidad. Herrero apostó a caballo perdedor creyendo –como todos, esto también hay que reconocerlo– que Javier Arenas sería caballo ganador. Toca suma prudencia a la espera de qué ocurrirá en la Junta de Andalucía, pero Herrero debería ir pensando en cómo recomponer unas relaciones seriamente tocadas.

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A negociar la izquierda

Dos reflexiones para el PP. Primera: si Javier Arenas no consigue gobernar en Andalucía tras su cuarto intento, y parece que no lo hará a tenor de la mayoría absoluta de izquierdas fraguada por PSOE más IU, nunca podrá hacerlo, así que debería pensar en hacer sus maletas y dedicarle por entero la vida política al partido de Génova, no al regional de San Fernando, buscando en el Ejecutivo de Rajoy el acomodo que no tendrá en San Telmo. Se impone un cambio de líder y un ejercicio de generosidad –y consciencia– por parte del actual abandonando su papel de eterno candidato. Y segunda: en Madrid y en Génova deberán reflexionar, y muchísimo, sobre si todo vale, incluidas las mentiras electoralistas, en la acción de gobierno y, además, sobre si recortes sociales y reforma laboral son las estrategias más factibles para el crecimiento económico y la creación de empleo. ¿Queríais doblar el pulso a los trabajadores? Ahí tenéis la respuesta. Si estos comicios se concebían como plebiscito para determinar el grado de aceptación de sus actuaciones, ahí tenéis también la respuesta.

Y dos reflexiones para el PSOE. Primera: han ganado las izquierdas, juntas, no por separado. Entran aquí IU-CA y los sindicatos CCOO y UGT, cuya convocatoria de huelga general, a celebrar cuatro días después de la cita electoral, ha contribuido decisivamente a la causa. No estamos en 1996, cuando, por sí solo, Manuel Chaves logró darle la vuelta a unas encuestas que vaticinaban el triunfo popular. Este 25-M de rojo color, en cambio, ha sido una aportación colectiva, de ahí que, para formar gobierno, se exija negociar sobre un auténtico programa de izquierdas, no sobre un mero reparto de consejerías. Si no fuera posible, mejor que Arenas accediera al poder en minoría con apoyos puntuales de los socialistas, suficientes y leales como para propiciar la salida de la crisis. Y segunda, acertada fue la decisión de Griñán, criticada en su día por Ferraz, de evitar la coincidencia entre las elecciones generales y autonómicas. Al menos, con lo más sagrado en democracia, el voto, el ciudadano le ha podido decir al PP: por ahí no.

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Sin estupideces de campaña

Eran tantísimas las tonterías que decían nuestros políticos que el autor de La Siega decidió, durante las pasadas elecciones generales, ésas que desde el principio tenía ganadas Mariano Rajoy, difundirlas en Twitter bajo el epígrafe Estupideces de Campaña para mayor escarnio público. Los cronistas de partidos y, en general, de la cosa política suelen justificar la verborrea de mítines y ruedas de prensa con el argumento de la búsqueda del titular por parte de sus protagonistas, y de aquí cabe inferir que, a mayor sandez, mayor posibilidad de salir en la prensa.

Un ejemplo. A Rafael Escuredo, quien acudía la semana pasada a respaldar al candidato socialista José Antonio Griñán, se le escapó: “Los del PP son tan gilipollas que van de sobrados”. Después pidió perdón. “Se me calentó la boca”, se excusó. Perdonado queda, aunque tal exabrupto, además de restar votos al aspirante, es merecedor de mandar al personaje al baúl de los recuerdos y sacarlo sólo para actos conmemorativos de la patria autonómica, dicho esto con todos los respetos hacia el primer presidente de la Junta de Andalucía.

Si los comicios generales dieron juego al libertinaje de la lengua, en los andaluces, hasta ahora, no. Quedan, eso sí, cuatro días de traca final, en los que aún cabe esperar de todo porque a todo nos tienen acostumbrados los políticos. Al margen de los eslóganes sobre cuestiones de actualidad, siendo los ERE fraudulentos, la reforma laboral, el copago en sanidad y los recortes sociales las más socorridas, para esta cita regional con las urnas los mitineros han escatimado en chistosas perlas, frecuentes sustitutas de la enriquecedora dialéctica cuando ni tienen ni saben qué decir. Son conscientes de que la comunidad y su millón largo de parados no están para gracias y, por tanto, cualquier estúpida salida de tono podría espantar a los aún indecisos –que son masa y quienes realmente decantarán el resultado final en estos comicios–, empujándolos a votar al adversario. De incumplimientos, de unos y otros, y de engaños, de unos y otros, está la ciudadanía hasta las narices, así que no se las toquen más…

Lo que nunca falla por parte de los socialistas es el discurso del miedo que, en Andalucía, tiene su máxima expresión en el antiguo PER y el subsidio agrario aparejado. Desde que surgiera, allá por principios de los ochenta, el sistema de protección de los trabajadores eventuales del campo de esta comunidad y de Extremadura, en todas las convocatorias electorales han amagado con la oportunista amenaza de su extinción por parte del PP si éste alcanzaba el poder. Ya está bien, ¿no?

Uno, que es de pueblo y conoce los entresijos del PER en sus distintas denominaciones, no puede dejar de preguntarse si serán necesarios otros treinta años, que son los que acumulan los socialistas en la Junta de Andalucía, para que la actual necesidad –y reitero, necesidad– del subsidio agrario, que reciben 123.600 jornaleros en esta región, se reduzca al mínimo porque efectivamente haya un entramado productivo suficiente que compense la carestía y la temporalidad intrínsecas a las labores del campo y evite, pues, esa dependencia de las prestaciones públicas.

El PP no cuestiona el PER. No se atrevería, como tampoco se atreverían los populares del norte plantear la radical desaparición de las ayudas a la minería del carbón, ni tampoco los catalanes a las subvenciones otorgadas a sus industrias textil y automovilística. Es más, el candidato andaluz del PP, Javier Arenas, reformó, pero no erradicó, la protección agraria cuando fue ministro de Trabajo en tiempos de José María Aznar. De justicia es recordarlo y reconocerlo, como también lo es admitir que el sistema tiene imperfecciones que se deben corregir a través de esa palabra hoy tan maldita llamada reforma.

Sacar otra vez a relucir el PER resulta, pues, un intento desesperadísimo del PSOE-A para extender el miedo en los últimos días de campaña, como también han sido desesperadísimas esa lluvia de millones y millones anunciada por la metereóloga ministra de Empleo, Fátima Báñez, y su llamada a la fibra sensible de las raíces, soy andaluza, para sentenciar que ni un euro de recorte habrá para Andalucía. Quizás si unos, los socialistas, y otros, los populares, salieran de despachos, plazas de toros, hipódromos, teatros y demás variopintos lugares de verborrea mitinera y se dieran una vuelta por el campo –que está asqueroso por una sequía de la que, por cierto, ni hablan ni se preocupan–, comprenderían realmente el sentido del PER más allá del mero rédito electoral. Se dejarían, entondes, de tantas estupideces y tonterías.

P. D.

La parva. Hacen bien Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo en desvincular la huelga general del resultados de las elecciones andaluzas del 25-M. Sin embargo, y a pesar de los muchos intentos de los líderes de UGT y CCOO, a nadie se le escapa que la convocatoria del paro masivo ha ejercido un gran poder de arrastre sobre la campaña y, por supuesto, también lo tendrá el día de la cita electoral. Eso sí, tal desvinculación revela una grandísima prudencia puesto que si el PP gana la contienda por mayoría absoluta, como vaticinan casi todas las encuestas, en cierta medida se estaría evaluando el respaldo de los ciudadanos a las reformas del Gobierno central, incluida la del mercado de trabajo. Démosle la vuelta al argumento. El PP estaría viendo en los comicios un plebiscito para sus reformas.

La simiente. En una Andalucía cuyo campo, el más importante de España, está más seco que una mojama, no han sido sus propios gobernantes, los del Ejecutivo de José Antonio Griñán, sino el ministro de Agricultura, el jerezano Miguel Arias Cañete, el que mayor preocupación ha demostrado por la sequía. En Bruselas anda reclamando el adelanto de las ayudas agrarias de la PAC para que los agricultores y ganaderos las ingresen cuanto antes y, además, se dispone a convocar la mesa de la sequía. No basta con constatar los hechos, como la Consejería andaluza del ramo, sino que se requiere actuar porque la cuestión es grave.

La paja. Red Eléctrica Española es una empresa privada pero, aunque cotiza en bolsa, una quinta parte de su capital es público y atiende a una planificación pública de las redes de transporte de electricidad. Estas dos excepciones deberían haber sido causas más que justificadas para haber alejado al marido de María Dolores de Cospedal del consejo de administración de la compañía. Es más, por tener la mujer que tiene, ni siquiera tendría que haberse pensado aceptar el puesto de consejero que se le ofreció o que le habían buscado. Me recuerda al episodio de los talleres de empleo en la Sevilla de Zoido. Enchufismo.

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Empresarios (aún) más de derechas

El tendero Juan Roig, propietario de Mercadona, debería enviarle su delator espejo, incluido en la memoria anual 2011 de la compañía, al presidente de la patronal andaluza CEA, Santiago Herrero. Espejito, espejito, ¿qué puedo hacer yo por España? Y como la cara reflejada es el retrato del alma, le respondería: “Nada, patrón, no te amargues, cero autocrítica, tú y todos los empresarios que te rodean habéis cumplido, sois inmejorables, chapó”.

Roig, quinta fortuna del país cincelada a golpe de trabajo y empeño personal, empresario de los de verdad, de herencia sólo una piara de puercos y algunas tiendas de sus padres, considera que todos -repite, todos- somos responsables de la crisis, incluidos empresarios y patronales. Basta, pues, de tirar balones fuera y de lapidar sólo a trabajadores y políticos. Que cada palo aguante su vela.

Contrasta ese yo confieso, no íntimo ante dios, sí público ante la prensa, con la total ausencia de mea culpa por parte de Santiago Herrero, falta de remordimientos compartida por la cúpula de esa CEOE que, hasta hace pocas fechas, tenía a un líder aferrado al sillón mientras su imperio empresarial se derrumbaba. Así, en el discurso ante la reciente asamblea general de la CEA, su presidente cargó contra las tres décadas de gobiernos socialistas en la comunidad. De autocrítica, cero, como si la Junta de Andalucía fuera la causante única de todos nuestros males.

Que yo sepa, nunca forzó al empresariado regional a adentrarse en la cultura del pelotazo inmobiliario, ni tampoco a afrontar planes de inversión y expansión financiados exclusivamente con crédito bancario. La necesaria austeridad no sólo falló en las administraciones, sino también en empresas que pecaron de delirios de grandeza. No hay nada peor que un pobre harto de pan, gran verdad.

Una vez le pregunté a Herrero por esa nula censura de la labor empresarial. Su respuesta fue que los empresarios tienen un juez inexorable llamado mercado. Quienes hacen las cosas mal, comentó, son expulsados. Cierto. Todos cometemos errores. Todos. Y reconocerlo públicamente es sanísimo, en especial cuando trabajadores y desempleados sienten, reforma tras reforma, que son los únicos imputados por el delito de una crisis económica desencadenada por todos. Todos, subráyese.

A la CEA, además, tampoco le han ido muy mal esos treinta años de gobiernos socialistas. Su ataque, quizás más político que nunca y empleando una palabra, regeneración, incluida en los lemas de la campaña del PP como sinónimo de cambio, revela una patronal escorada hacia la derecha justo cuando Javier Arenas casi tiene en sus manos las llaves de San Telmo. El radical viraje no se había producido antes pues jamás los populares habían acariciado la Junta de Andalucía como lo hacen ahora, ni siquiera en los tiempos de la pinza, cuando el PSOE de Manuel Chaves consiguió darle la vuelta a las encuestas.

Ante la posible victoria de Arenas, Herrero se ha sacudido el sambenito de su cercanía a los socialistas, sambenito que le persiguió incluso en las dos ocasiones en que optó a la presidencia de la CEOE -y perdió-. Desde Madrid se le echaba en cara los largos años de paz social en Andalucía, esto es, los pactos con el Ejecutivo regional, UGT y CCOO, acuerdos que también lo habían alejado del presidente del PP regional. Es más, el patrón no dudó en lanzarle dardos cuando el líder popular cuestionó la concertación y los cuantiosos fondos de formación laboral y ocupacional recibidos tanto por la CEA como por los sindicatos.

Fondos cuyos impagos o recortes, por cierto, son causantes en parte de las pérdidas de dos millones de euros arrojadas por la patronal en 2011, y que le obligarán a hipotecar de nuevo su sede de Cartuja para lavar los números rojos y obtener liquidez. Al fin y al cabo, la concertación social regional se reduce a un reparto de ayudas e incentivos públicos a la contratación y a una apuesta por sectores estratégicos. No entra en modelos de contratación ni de despidos puesto que son competencia estatal. Si lo hiciera, otro gallo cantaría y no sería precisamente tan pacífico…

En no pocas ocasiones se ha escuchado a Santiago Herrero sentenciar ni soy brazo ejecutor de gobiernos ni de oposiciones, al tiempo que proclamar la independencia política de la organización que preside. Por ello, sus palabras apelando a la regeneración andaluza justo en vísperas electorales y las alabanzas a las medidas acometidas por el Gobierno de Mariano Rajoy (austeridad presupuestaria y reforma laboral) se interpretan como una virada hacia la derecha posicionándose ante el fin en Andalucía de la era socialista y el inicio de la popular. Lo malo es si, al final, hay vuelco en las encuestas y el PP ni logra mayoría absoluta ni gobernar en coalición. Espejito, espejito, ¿qué cara pongo ahora?

P. D.

La parva. En esta campaña electoral del 25-M brilla por su ausencia la concertación social. Esgrimida durante tantos años como uno de los grandes logros económicos y laborales por parte de la Junta de Andalucía, además de traer la paz social, en esta ocasión el Gobierno autonómico no se atreve a enarbolarla como bandera puesto que los resultados del último acuerdo rubricado con CEA, UGT y CCOO no han sido precisamente buenos. Es más, patronal y sindicatos han criticado en reiteradas ocasiones el incumplimiento de los compromisos adquiridos. La crisis económica, con sus medidas de urgencias, y los recortes presupuestarios han impactado plenamente sobre la concertación social, pero todas las partes seguirán pregonando que sigue siendo un buen instrumento para el desarrollo andaluz. Habría que añadir un importante matiz. Lo es cuando hay dinero, pero cuando no…

La simiente. Para todos los políticos debería ser de lectura obligatoria la novela Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago. Érase un país donde la mayoría de sus ciudadanos vota en blanco en unas elecciones, muestra indudable del hartazgo generalizado que hay hacia los políticos –que no hacia la política con mayúsculas–. Deberían olvidarse de pedir el voto útil, es decir, el destinado a quienes realmente tienen posibilidades de gobernar, como si optar por partidos minoritarios fuera inútil o inútiles fueran los electores que así proceden. Yo lo considero un auténtico insulto en democracia. Eso sí, después se acude a las minorías para cuadrar los números de las mayorías. Fíjense cuán útiles pueden aquéllas ser…

La paja. Me pregunto si de no crearse el fondo de reptiles en la Junta hubiera existido la paz social de la que ha disfrutado últimamente la comunidad, alejada de la conflictividad que tuvo en los santaneros (trabajadores de la extinta Santana) y en los astilleros su máxima expresión callejera. Si se asume el compromiso de resolver los problemas de empresas en crisis, éstos se han de afrontar con todas sus consecuencias. Y ahora lanzo el dardo. Si la consigna es reducir el número de funcionarios de las administraciones y se ha aplicado la tijera con la crisis, que todos sepamos que la Junta ha cargado con el coste laboral de esas empresas. Y eso es lo mismo que aumentar la plantilla propia y asumir más nóminas.

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Celo ambiental o asquerosidad

De entrada, y para no herir sensibilidades de nadie ni que nadie se agarre al clavo ardiendo para así acusarme injustamente: tengo un férreo compromiso medioambiental y soy partidario de una actividad económica desplegada siempre desde el respeto al entorno natural y el uso eficiente de los recursos. Soy de los que, a pesar de constatar –pruebas documentales en Youtube que debieran cuanto menos sonrojar al Ayuntamiento de Sevilla– que Lipasam se pasa por debajo del forro la conciencia de los ciudadanos, se empecinan en reciclar, a sabiendas de que no siempre el esfuerzo de seleccionar la basura es respetado por los basureros. Seguiré, no obstante, en el empeño.

Dicho esto, vayamos a la orilla del Guadalquivir a lo largo del Paseo Juan Carlos I. Al buscar cómo calificar su estado, sólo me sale el adjetivo asqueroso, y no creo que haya otro mejor ni más fidedigno. La dejadez es, sencillamente, asquerosa, y aquí no cabe ningún argumento verde que lo justifique. El único color que hay es el marrón mierda y a mierda olerá a poco que lleguen las calores porque –recordemos– no se trata de un cauce libre, sino de agua casi estanca.

Está bien, por supuesto, recuperar la maleza para que, así, no quede una ribera lamida. Está muy bien facilitar la reproducción de unos patos y peces varios que, por otra parte, pueden ya campar a sus anchas tanto en la otra margen –pegada a la Cartuja– como a ambas orillas desde el puente de la Barqueta hasta el Huevo de Colón, en cuyo recorrido el desnivel y el autóctono bosque separan el caudal del camino para peatones. Y, por último, está superlativamente bien tratar de que el tramo urbano del río tenga una apariencia natural, como si anduviéramos por el campo y no por la ciudad. Pero ni tanto, ni tan calvo.

Ninguna justificación hay para trasladar la imagen de una ciudad guarra porque haya quienes, papistas de la ecología mal entendida, se nieguen a una poda controlada de los ramajes y quienes, cuales sucias marujas, limpian tan sólo lo visible y a las esquinas no acercan sus escobas. Con estas palabras, como cabe apreciar, no apunto únicamente al Ayuntamiento de Sevilla, al que corresponde la conservación del tramo urbano del Guadalquivir, sino también a la Junta de Andalucía y al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Eso sí, la primera de estas instituciones es la que tendría que tomar cartas en este asunto. Que su alcalde, el popular Juan Ignacio Zoido, no se quede con aquélla que, tiempos ha, escribió a los Queridos Reyes Magos de las Campañas Electorales para pedir la construcción de una piscina junto al caudal y su actual vergel de jaramagos.

Sevilla, de hecho, sigue sin creerse las posibilidades económicas y deportivas del río a su paso por la ciudad, más allá del juego de la cucaña de la Velá, el paso de las hermandades de El Cachorro, La Estrella y Triana por su puente, los lujosos barcos atracados en el puerto durante la Feria y las cervezas en la calle Betis. El Guadalquivir es eso en cuyas cercanías se despereza la inmensa mole de la Torre Pelli y ahora incluso se puede ver desde el nuevo parque de San Jerónimo, grandísimo y verdísimo, pero sin farolas para las noches ni siquiera bancos para que se sienten nuestros mayores.

Desde la pasarela de madera construida sobre las aguas a lo largo del Jardín Americano, en la orilla de Cartuja, se puede atisbar cómo se enredan los remeros principiantes con la selva crecida en la otra margen. Ni te atrevas a cortarla un poquitín, puede que vengan y te corten las manos. Desde Barqueta y hasta bien entrado los bajos de Contadero, ni bar, ni cafetería, ni quiosco. Nada de rentabilizar económicamente el tramo, menos mal que sí se cuelan el cultivar del cuerpo (con clubes de remo) y de la mente (la biblioteca pública Felipe González), el disfrutar de la chiquillería (parque infantil y juvenil) y, por último, el deleitar del visitante (embarcaciones turísticas). Por el día, un placentero paseo, con familias enteras y deportistas; pero por la noche, una boca de lobo para que los patos duerman tranquilos.

Si ni tan siquiera nos ponemos de acuerdo en mantener adecentadas las márgenes del Guadalquivir a su paso por la capital hispalense, su dragado parcial para dar entrada a barcos de gran calado –tanto de mercancías como cruceros de pasajeros– se antoja misión imposible. Llegué a esta ciudad hace 21 años, en vísperas de la Exposición Universal del 92, y desde entonces escucho permanentemente la cantinela de esa gran operación hidráulica. Para colmo la casa se empezó por el tejado, primero esclusa, después ya llegará el dragado, si al final lo hay.

En mis primeros años de ejercicio del periodismo, la construcción del pantano de La Breña II, en Córdoba, era considerada por muchísimos como un sacrilegio medioambiental de bíblica atrocidad. Ya está en marcha y el mundo sigue vivo. Antes de poner el punto y final, uno no puede dejar de preguntarse si en el necesario entendimiento entre economía y naturaleza sobra locura y falta sensatez por ambas partes (empresarios y ecologistas). Ni todo verde ni todo amarillo y, por supuesto, que no impere el capricho de nadie. De nadie.

P. D.

La parva. La tensión se respiraba en la rueda de prensa que los copresidentes de Banca Cívica, Antonio Pulido y Enrique Goñi, dieron la semana pasada en Madrid para presentar los resultados de la entidad financiera –en la que se integra la sevillana Cajasol– correspondientes a 2011. Se llevan ambos tan sumamente mal que hasta en tres ocasiones Goñi interrumpió las palabras de Pulido, quien, por otra parte, tuvo que ceder todo el protagonismo de los números al directivo navarro. Éste, además, capeó como pudo las preguntas sobre cómo se habían afrontado las nuevas provisiones (reservas) legales, que se han cargado en parte contra patrimonio, en lugar de contra beneficios. Si se hubiera optado por esta última vía, Cívica –que, recordemos, es un banco cotizado– hubiera arrojado cuantiosas pérdidas, de ahí quizás el cierto trato de favor dispensado por el Banco de España y el Ministerio de Economía.

La simiente. Si yo fuera Braulio Medel, diría no a la integración con Caja España-Duero. Se trata del tercer muerto que tratan de colgarle a la entidad andaluza. El primero fue CCM y el segundo, Cajasur. Cierto y verdad es que el presidente de Unicaja accedió a la operación hace ya un año, aunque de mala gana. En verano, al levantarse las alfombras, el acuerdo de integración tuvo que alterarse para que Unicaja, que acudía al rescate, ganara más poder frente a una caja, la castellano-leonesa, que escondía una peor situación financiera de la esperada. Posteriormente, a mitad de partido, las reglas cambiaron con la reforma de Luis de Guindos. Medel pide el mismo trato de favor (esquema de protección de activos o EPA) ofrecido a quienes se adjudican las entidades intervenidas (CCM, Cajasur, CAM y Banco de Valencia) para que, así, el coste no recaiga sobre la saneada Unicaja. O todos moros…

La paja. A la ciudad de Sevilla le sobran emprendedores y empresas que den trabajo, ¿verdad, señor alcalde? Como, en efecto, le sobra, nuestro Ayuntamiento se permite el lujo de tardar meses y meses en otorgar la licencia de apertura para un bar, puesto que una licencia de apertura para un bar tiene que se complicadísima de otorgar. Mal hecho por La Sureña el haber abierto en la Plaza de la Encarnación, en el edificio de Las Setas, sin el preceptivo papelito. Las normas son para todos y todos debemos cumplirlas, a pesar del hartazgo de burocracia y esas promesas de Zoido de que trabajaría sin desmayo por las empresas y el empleo en Sevilla. Sin embargo, la misma agilidad que ha tenido la Policía para precintar el establecimiento se le podría haber ordenado a los funcionarios de perenne empleo para dispensar la licencia. Mucho cambio de calles, poca sensibilidad empresarial y laboral.

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