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Por la boca mueren los peces

Echando mano del rosario de estadísticas, dijo nuestro patrón nacional, Juan Rosell, que los parados encuentran milagrosamente trabajo dos meses antes de agotar la prestación económica por desempleo. Qué casualidad, ni antes, ni después. Como el apóstol empresarial pregonaba en voz baja, tendremos que interpretar sus palabras –y con cuidado, ya se sabe que en este mundo de prodigios divinos te mandan una blanca paloma y te quedas embarazado–. Interpretamos, pues, que estar sin trabajo es una bendición en este mariano país y, por tanto, no lo buscamos hasta que la santísima teta pública vemos secar.

Casos habrá, por supuesto, que de todo hay en la viña del señor. Eso sí, frente a lo sobrenatural, la infernal realidad nos recuerda que la mitad de los cinco millones de desempleados españoles son de larga duración, es decir, llevan más de un año, o dos, o tres o media vida rastreando un trabajo y poniéndole velas a dios o, en la desesperación, al diablo, a la vez que imploran: hágase en mí según la palabra de Rosell, he aquí tu esclavo. Crucen los dedos, que mayor milagro sería concebir un empleo que un crío. Y sin epidural para aquél, así lo recoge la evangélica reforma laboral: parirás con dolor.

Déjeme, inmaculado empresario, que le cuente una cosita, y a ver qué enseñanzas me extrae. En Andalucía es importantísima la agroindustria, ¿verdad? Cuando está abierta la ventanilla de las ayudas otorgadas por la Administración regional, la inversión de nuestras firmas se dispara. Si aquélla se cierra, se descalabra. Si existen expectativas de que se abra, se proyecta. Si no, se aborta. Para ello, también echo mano de estadísticas, las publica todos los años el Colegio Andaluz de Ingenieros Agrónomos. Y ahí vemos a esos grandes directivos guardando turno en la cola de la Consejería de Agricultura para coger la subvención y hacerse –unos más obligados que queriendo– la foto.

De la parábola, la moraleja. A los empresarios, a todos, les gusta que le unten con manteca antes de emprender sus proyectos, como modernizar y ampliar fábricas, y una vez untada, milagrosamente también éstos se hacen realidad. Así que, señor Rosell, aquí podemos apreciar otro fenómeno divino, el milagro de la inversión empresarial. Sin embargo, un matiz. Al menos que yo sepa, quienes así actúan no están en un permanente entredicho como usted y su patronal tratan de hacerlo con los desempleados, ya sea en persona, ya sea a través de terceros.
No. Estar en paro y percibir la prestación no es una bendición y sus comentarios al respecto rezuman una querencia por contratar cuanto más precario, mejor, y, además, por cuatro perras gordas.

De un patrón a otro. Un año más, la autocrítica brilló por su ausencia en el discurso de Santiago Herrero ante la asamblea anual de la CEA. Ni siquiera por los dos millones de euros en pérdidas arrojados por la organización empresarial andaluza y que la obligarán de nuevo a hipotecar su sede sevillana de Cartuja –una vez que, en pocas semanas, logre amortizar por completo el actual préstamo hipotecario– para cuadrar sus cuentas y obtener liquidez.

La CEA entró en números rojos en 2010, pero los dos millones de euros contabilizados el año pasado, diez veces más que entonces, son muchos para una patronal que, en estos difíciles tiempos, debería predicar con los ejemplos de una buena gestión y de unos presupuestos fidedignos y acordes con la cruda realidad económica que todos tenemos encima. Parece haber olvidado, además, una regla esencial para la empresa, ésa que advierte, salvo ganas de practicar puenting con el negocio, de que no se deben poner todos los huevos en la misma cesta, sobre todo cuando los ponen allí las administraciones.

En efecto, esas pérdidas de la Confederación de Empresarios de Andalucía no sólo proceden de la caída de ingresos vía cuotas debido a socios que no pagan o dados de baja porque, simplemente, mueren como compañías. El grueso del déficit recae sobre los retrasos al cobrar los cursos de formación con cargo a las arcas públicas (Consejería de Empleo) y en una estructura interna más amplia de la que cabría soportar tanto en costes de personal como otros gastos generales fijos. Sería aplicar en casa propia los recortes y la austeridad que se predican de cara a las administraciones, ¿no?

La hipoteca sobre su sede es una alternativa, al fin y al cabo tiene margen de sobra para manejar su propio patrimonio. El dinero cosechado por esa operación financiera, sin embargo, no debería ocultar el debate de si realmente es necesaria una CEA tan sumamente grande y con prestación de tantos servicios que no pocos en privado –en público no se atreven pues pocas son las voces discordantes– tachan de competencia desleal. Mantenerla tal cual pero cada vez con menos aportación pública –fórmula de intervencionismo de las administraciones que, por supuesto, aquí los patronos interesadamente no ven– sería otro… milagro. Aunque en casa de herrero, cuchara de palo.

P. D.

La parva. Todos pendientes del segundo centro comercial que Ikea quiere abrir en la provincia de Sevilla. En estos casos, siempre se suelen cargar las tintas contra el Ayuntamiento, sea gobernado por unos u otros, pero primero habría que preguntarse hasta qué grado hay que soportar las presiones de una compañía, por muy internacional que sea, para obtener todo lo que quiere con la sempiterna advertencia de “me voy a otro sitio”. Sinceramente, a la empresa de muebles no le interesa por ahora iniciar las obras de la segunda tienda, que se ubicará en la capital, habida cuenta de que la primera, la de Castilleja de la Cuesta, no es lo que era. El bajón de clientes se nota, y mucho. Por tanto, no creo que le importe demorar el tiempo para la apertura para ver si la crisis amaina y, mientras tanto, seguir ganando mejoras para los accesos y para el centro comercial anexo, donde, por cierto, está el verdadero negocio.

La simiente. Bajo el nombre de World Bulk Oil Exhibition, entre los días 12 y 13 de abril se celebrará en el Palacio de Congresos del Campo de las Naciones de Madrid el primer encuentro internacional entre compradores y vendedores de  aceite a granel. En otros tiempos quizás en lugar de simiente hubiera considerado paja la organización de este evento, puesto que a Andalucía no le interesa precisamente vender a granel, sino etiquetar todo su precisado oro líquido con marca propia y que el valor añadido se quede en esta tierra. Sin embargo, hoy en día, aplaudo esa convocatoria por tres razones. Primera, porque las almazaras andaluzas no consiguen avanzar lo suficiente para aglutinar la oferta. Segunda, porque aceite que no se pueda embotellar hay que colocarlo en el mercado. Y tercera, porque nos pisan los pies terceros países. Si no se puede vender con marca, que sea blanca o a granel.

La paja. Si no los calificara de frustrantes, tendría que calificarlos de frustrantes. Primero, el anuncio de la dación en pago para las familias con todos sus miembros en paro y sin ingresos. Cuentan que decenas de personas se agolparon el pasado jueves ante una oficina bancaria del barrio sevillano de El Cerro –más humilde, imposible– para pedir información e incluso proceder a la entrega de llaves para saldar la hipoteca. Segundo, el anuncio de que los proveedores de las administraciones públicas cobrarán ya. Al final, ni ya, ni de todas las administraciones ni todos los proveedores. No se puede andar así, señor De Guindos, señor Montoro. Hay muchísima gente desesperada, parados, empresarios y autónomos, que acogen con júbilo los anuncios y después se llevan a casa la sensación de ser más de lo mismo. Por tanto, estudien mejor las iniciativas antes de lanzarlas al vuelo.

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Recursos ‘Rumanos’

Echemos la vista atrás. Sevilla, 13 de marzo de 2009, sede de la patronal andaluza CEA. Periodistas económicos escandalizados. Empresarios, en cambio, con sonrisa de oreja a oreja. El Nobel de Economía Paul Krugman acaba de afirmar que, en ausencia de una devaluación de la moneda, imposible de ejecutar porque tiene euros y no pesetas, España necesita una rebaja salarial generalizada para ganar competitividad y contribuir así a una recuperación que, sentencia, tardará en llegar y será dolorosa. Dice que no menos de cinco o siete años. Siendo optimistas nos encajamos como muy temprano en 2014. Si nos decantamos por el negro, habremos de esperar hasta 2016.

Volvamos al presente. El Gobierno de Mariano Rajoy coge al pie de la letra las enseñanzas de Krugman. En la reforma laboral, faculta a las empresas para bajar los sueldos a sus plantillas siempre que contabilicen tres trimestres consecutivos de caída de ventas –ni siquiera pérdidas–. La inmensa mayoría puede agarrarse a tal excusa tanto para acometer despidos objetivos y baratitos como para recortar su masa salarial, dado que son contadas las compañías que, hoy por hoy, pueden presumir en nuestro país de que esta larguísima crisis ni siquiera ha mermado su volumen de facturación. He aquí, pues, la devaluación que vaticinaba y aconsejaba el Nobel.

Puede ocurrir, incluso, que a la empresa no le cueste nada echar a la calle al trabajador. En efecto, las indemnizaciones podrían compensarse con los ahorros cosechados por el tijeretazo a los sueldos del resto de los empleados. Para que se entienda: la plantilla que se queda paga los despidos de la plantilla que se va. Esto resulta cuanto menos moralmente reprochable. Se trata, no obstante, de la cuadratura del círculo en los ajustes laborales, la satisfacción máxima para los jefes de Recursos Humanos, o más bien de Recursos Rumanos, como un día los llamó mi antiguo compañero periodista Francisco Correal, en tiempos en los que ciudadanos de Rumanía deambulaban masivamente por nuestras calles. De él tomo prestada la expresión para titular esta entrada de La Siega porque no puede ser más acertada. Salvo rara avis, la dedicación principal de los profesionales que en España lidian con los asalariados consiste en contratar y despedir, dejando al margen la formación, pieza clave para incrementar la productividad.

De esta dejadez hacia la capacitación del trabajador se sorprenden hasta los extranjeros. Profesor nativo de inglés que lleva dos décadas en Andalucía: “Las empresas desconocen dónde acudir para obtener fondos de formación y los empleados desconocen que parte de su nómina se destina a estos fondos; y al final, ni aquéllas ni éstos los aprovechan”. Sí, hombre, las compañías lo saben perfectamente, pero prefieren ignorarlos porque aún conciben la formación como un doble gasto, de tiempo y de dinero, y no como una inversión que reportará su beneficio a medio y largo plazo. Después, claro está, se apela interesadamente al recurso facilísimo de que hay que ser más productivos y, cómo no, se recurre a los despidos, a los sueldos y a la denuncia permanente del absentismo excesivo.

Nosotros, los trabajadores, debemos hacer autocrítica y atajar el escaqueo laboral injustificado en una sociedad, la española, en la que admiramos –y envidiamos– la habilidad que tienen algunos para escabullirse de su puesto. En una falsa creencia del compañerismo, hoy por ti, mañana por mí, soportamos incluso que nos toquen las narices cuando recae sobre nuestras espaldas las labores que correspondían a otros.

En ciertas empresas públicas, la desfachatez es tal que se incluyen en los convenios colectivos incentivos adicionales por asistencia al trabajo. ¡Premiar por ir a trabajar cuando es tu obligación! Qué incongruencia. En estos casos extremos, yo, siendo obrero como soy, hubiera mandado a la calle, y sin miramientos, a los caraduras. ¡Y ojo! Estoy hablando única y exclusivamente de las faltas injustificadas, aunque con la reforma laboral aprobada pagarán justos por pecadores, dado que ponerse enfermo con asiduidad, como si uno fuera completamente dueño de su salud, podría ser causa de despido objetivo.

Hecha esta autocrítica, empresas y Gobierno son injustos al pretender que, con la reforma laboral, sean los trabajadores los que carguen solos con la responsabilidad de mejorar la productividad de la economía. Que no escurran el bulto porque también tienen una parte de la culpa. Los pecados de las primeras están ya dichos. El principal del Ejecutivo consiste en buscar la competitividad en los contratos y despidos (el factor humano) mientras recorta en otras claves para incrementarla, entre ellas la investigación y la tecnología, y en políticas de impulso al crecimiento económico. Y serán los empleados los que, además de la devaluación salarial, soportarán el paro añadido que acarreará esta austeridad estatal mal entendida. Krugman dixit.

P. D.

La parva. El catedrático de Economía Ramón Tamames ha advertido al Partido Popular de que si accede a la Presidencia de la Junta de Andalucía ya no tendrá motivos para no acabar con el antiguo PER. Estaría sugiriendo, pues, que los populares aguardan a los comicios autonómicos para finiquitar este programa de empleo rural y el subsidio agrario que lleva aparejado y del que, además de la andaluza, se beneficia la comunidad extremeña. Ni se atrevió el Gobierno de José María Aznar a erradicarlo –eso sí, emprendió una reforma para cambiar el número de peonadas necesarias para el acceso a la prestación– ni se atreverá a decirlo Javier Arenas, el aspirante del PP a la jefatura del Ejecutivo regional, durante  la campaña electoral. Tamames, por cierto, es el economista de cabecera de la patronal Asaja y está muy vinculado a su instituto agrario ICAM. Sus declaraciones sobre el PER, eso sí, son personales.

La simiente. Los sindicatos están crecidos tras el éxito de las movilizaciones del pasado domingo contra la reforma laboral impuesta por el Gobierno central. Se respira con alivio porque, en privado, reconocen que temían haber perdido el respaldo de la calle. La prudencia con la que UGT y CCOO se pronuncian respecto a una posible huelga general es comprensible. Primero porque el decreto puede aún ser modificado en su trámite parlamentario y caben las mejoras, aunque, a tenor de las declaraciones de Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, no se espera que sean sustanciales. Segundo porque aún quedan más reformas por llegar y quizás las primeras sean la que regula del derecho de huelga y la de las pensiones, que marcarían el distanciamiento total con los sindicatos. Y tercero porque tienen todavía que evaluar si el ambiente es proclive a la huelga general. Miedo al fracaso.

La paja. Y a vueltas con las manifestaciones contra la reforma laboral del pasado domingo. La asistencia de cargos socialistas –hablo de los cargos, no de los militantes de base– es una grandísima muestra de cinismo político y un mero intento de congraciarse ahora con unos sindicatos que le convocaron una huelga general al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero precisamente por mermar derechos de los trabajadores españoles. ¿Dónde estaban el 29 de septiembre de 2010? Los cambios en el mercado de trabajo que precisamente los socialistas aprobaron no trajeron un incremento del empleo. Al contrario, prosiguió no sólo el aumento del paro, sino también la destrucción de puestos de trabajo. Por ello, ver en la manifestación al exministro de Trabajo Valeriano Gómez produce hasta urticaria. Por decencia política, debería haberse quedado en su casa.

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Arenas y los descamisados del PP

El pasado sábado tenía muy claro que iba a dedicar esta entrada de La Siega al candidato del PP a la Presidencia de la Junta de Andalucía. Le iba a lanzar un “Javier Arenas, campeón, ahora la llevas clara”. Estaba yo convencidísimo de que la agresividad con la que el Gobierno central, de su mismo partido, ha concebido la reforma laboral castigaría al aspirante, poniéndole más difícil el acceso al poder en una comunidad autónoma, la andaluza, cuya mayoría de ciudadanos está cansada, incluso hastiada, de tres décadas de su particular PRI, el PSOE-A, de cómo éste ha gestionado la crisis económica, del millón largo de desempleados y del escándalo del fondo de reptiles de los ERE presuntamente irregulares, con sus políticos y sindicalistas chupando del bote. Sin embargo, tras los últimos zarandeos en el avispero socialista, con Sevilla como decano ring de hostias y puñaladas traperas, no estoy ya tan seguro de que los radicales cambios –porque son radicales– en la legislación sobre el mercado de trabajo vayan finalmente a pasar factura al popular Arenas. Si éstos son de enorme impacto social, en estos tiempos no lo es menos el deprimente espectáculo de ver que quienes aún alzan los puños para tatarear, que no cantar ni sentir, La Internacional tratan a toda costa de satisfacer sus ambiciones profesionales y personales y/o salvar su propio culo.

Tendría que ser más severa, me comenta un amigo empresario acerca de la reforma laboral. Su argumento: el empleado que vale, vale, y el que no, a la puta calle. Justo es lo mismo que podría decir yo, que empleado soy, de los empresarios. Mi argumento: el que vale, vale, y el que no, pues llorará y llorará ante la administración a ver qué ayudas públicas rebaña, ayudas que, por cierto, salen del bolsillo de todos los contribuyentes, sean empleados, sean empresas. Que a nadie se le olvide, y esto va especialmente por los patronos, que hasta hace muy poco tiempo hemos tenido en España a un presidente de la CEOE, empresario también, que arruinó su imperio por una pésima gestión –por la que, además, tiene causas judiciales pendientes–, gestión suya, de él, no de la plantilla. Eso sí, mi amigo tiene santa razón cuando sentencia que en los puestos de trabajo se debe primar a los mejores. Pues sí, respondo yo, aunque  semejante cuento también sería válido para las compañías, promocionen ustedes a los buenos directivos, y especialmente en las familiares, donde ascienden hasta los hermanos tontos. Es que siempre hay por dónde callarse, ¿verdad? Último comentario. Si un empresario pilla a su mujer poniéndole los cuernos con uno de sus trabajadores, aquél se puede divorciar rápidamente de ésta dejándola, además, con una mano atrás y otra delante, aunque no de éste –por supuesto, laboralmente hablando–, al que, en cualquier caso, habría que indemnizarle con una pasta gansa. Como la cornúpeta historia estaba fuera de lugar, suspendí la conversación. Me vino a la mente cierto patrón andaluz, ya fallecido, que, allá por 1995, siendo yo periodista becario, se preguntaba quién era el Gobierno, entonces presidido por el Felipe González (PSOE), para decirle a él cómo tenía que organizar su empresa y a su plantilla. Cual terrateniente que, oteando la plaza del pueblo desde lo alto de su caballo, decidía apuntando con su dedo a qué jornaleros contratar por cuatro perras.

Pues ya tenemos la reforma laboral que querían los empresarios, aunque siempre queda margen para querer más. No voy a recordarle al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, sus mítines electorales en los que garantizó, mediada palabrita del niño Jesús, que de abaratar el despido, ni mijita. No enfademos a María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, quien ha dicho que ni el Ejecutivo ni su partido, el de los trabajadores –descamisados, no, al menos vestidos en El Corte Inglés–, han abaratado el despido, afirmación con la que o se está cachondeando de este trabajador, el que este artículo escribe, o le está tomando por tonto o es el cinismo personalizado en mujer. En fin, allá ella y las mentiras –porque son mentiras– de su partido. Yo cuento y me salen que de 45 días se pasan a 33 pero cabría deducir que son 20 con carácter general. Pónganle ustedes verbo a esta rebaja, a ver si soy yo el equivocado y sea encarecer. Y que tire la primera piedra aquella empresa que no haya reducido ventas durante tres meses consecutivos y pueda servirle de excusa legal para prescindir del personal de manera procedente o emprender un recorte generalizado de salarios. Tan agresiva es la reforma, calificativo tomado prestado del Gobierno, que toca todos los palos, incluidos un poder sindical mermado y un regreso del cállate o a la calle. Sólo cabe exigir que, al menos, cree empleo y lo haga rápido. Pero me temo que no.

P. D.

La parva. A estas alturas del año 2012 aún carecemos de las estadísticas sobre la renta agroganadera andaluza del año pasado, cuyos avances tradicionalmente suelen publicarse en otoño o noviembre coincidiendo con la presentación del Informe Anual Agrario de Unicaja, que también ha divulgado el ejercicio 2010 con retraso. En la Consejería de Agricultura y Pesca sostienen que todavía están elaborándose. Presuponemos que esta demora hay que atribuirla a la prudencia, dado que ha habido años en los que los avances diferían significativamente de los resultados finales. Sin embargo, el Ministerio del ramo ya ha difundido las suyas –por dos veces, en diciembre y en enero– y se nutren, al menos en teoría, de las aportaciones de las distintas comunidades autónomas. Seguiremos, pues, a la espera de las cifras, que serán malas porque malo fue el comportamiento del campo andaluz durante el año pasado.

La simiente. La pasada semana se celebraron en Sevilla unas jornadas sobre economía crítica, donde se reunieron profesores que rompen con la ortodoxia, con el pensamiento único de que son los mercados los que han de regular nuestras vidas y hay que rendirles pleitesía. Una magnífica iniciativa para analizar otros puntos de vista, los de expertos que piensan diferente, los Paul Krugman españoles. Son profesores tildados de raros en las respectivas facultades de Económicas, pero de sus enseñanzas se desprenden grandes verdades. Eso sí, dentro de la propia economía crítica también hay críticos con la crítica. Son aquéllos que defienden que OK por la teoría, pero hay que definir cómo llevarla a la práctica y cómo salir más de las aulas universitarias y llegar al público en general, por ejemplo buscando cabida en los medios de comunicación. Por lo pronto, ahí queda el debate.

La paja. Hay una prestigiosa marca de arroz envasado que está en venta. Se trata de Nomen, propiedad del grupo Ebro Foods, que tiene que desprenderse de ella por imposición de las autoridades españolas de la Competencia, para evitar así una posición de dominio en el mercado tras la compra de su rival SOS. Se irá hacia Cataluña, en concreto a una cooperativa de la que, tiempos ha, saliera y no se quedará, pues, en Sevilla, en cuya localidad de San Juan de Aznalfarache Ebro Foods gestiona y centraliza el mayor negocio arrocero del mundo. Ante esta histórica oportunidad, los productores sevillanos no han tenido altura de miras para agrupar una oferta suficiente para adquirir la marca, y seguirán colocando casi toda su cosecha a granel, salvo una pequeña cooperativa ubicada en las marismas del Guadalquivir. Pasó igual que con Carbonell. Se nos van las mejores…

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Se abre juicio. El pueblo contra…

Ha dicho nuestro mayor banquero, Emilio Botín, que él no, ni el banco que preside, el Santander, sino los políticos, ellos sí son los culpables, porque dijo culpables, de la crisis económica mundial y, por tanto, se presupone que también de España. Para ser precisos, habló de una culpa muy grande, expresión de la que deducimos, pues, que no toda. Su dedo acusador no apuntó, sin embargo, a quienes tienen la pequeña. Aunque sea irrelevante para el argumento de esta entrada de La Siega, no podemos pasar por alto que, en casa de herrero, cuchara de palo, recordemos que precisamente en ese grupo bancario hubo un culpable, no de esta crisis, sí de otra fechoría financiera, condenado por la justicia pero indultado por los políticos, su nombre, Alfredo Sáenz. Quede al margen el inciso de la memoria, constancia se deja para sonrojo del personal y, puestos a buscar culpables, abramos juicio oral al estilo americano, el pueblo contra…

… contra la banca

–¿Jura solemnemente decir toda la verdad y nada más que la verdad?

–Lo juro.

–¿Se declara culpable o inocente?

–Inocente, los culpables son ellos.

–¿Quiénes?

–Los políticos.

–¿Fueron ellos los que inventaron las hipotecas basura? ¿Los que dieron crédito sin tener en cuenta los riesgos? ¿Los que, ayudados por programas informáticos infernales, inundan los mercados con rapidísimas operaciones especulativas para provecho propio y de sus fondos de inversión? ¿Los que, ahora en ausencia de fuentes alternativas de alta rentabilidad, atacan sin piedad la deuda soberana de los países más débiles hasta casi ahogarlos? ¿Y, para concluir este rosario de canalladas, aunque no es la última, los que comercializaron complejísimos productos financieros, tipo swaps o seguros hipotecarios envenenados y participaciones preferentes, éstas actualmente tan de moda, a personas sin conocimientos suficientes de finanzas, como pensionistas y amas de casas con sus pocos ahorrillos?

–Ellos no, fuimos nosotros, los banqueros, y también las sociedades de inversión en sus múltiples facetas, pero ellos, los políticos, consintieron porque, cuando tuvieron tiempo, no nos controlaron.

–¡Ah! Muy buenos esas dos atenuantes, sí, señora banca, ellos consintieron y no controlaron. Y, tras cuatro largos años de crisis, ¿me podría realizar un sucinto análisis de la situación actual?

–Por supuesto. Hubo bancos que lo hicieron bien, o medio bien, y su fortaleza les permitió no sólo salvarse, sino ganar dinero para sus accionistas. Les acusan de no dar crédito. ¡Cómo lo van a dar, si no hay demanda solvente, es decir, con riesgo de impago cero! Eso sí, acuden a la barra libre de liquidez abierta por el BCE, dinero baratito que, al menos en teoría, debería servir para que el préstamo fluyera hacia empresas y familias y, de este modo, contribuir a la recuperación en general, y no sólo a la suya. Hubo bancos, o más bien, cajas, que, en cambio, lo hicieron mal, rematadamente mal, y están abiertas en canal, y eso que decían ser modelos centenarios.

–¿Y, tras la cirugía, le podría decir a esta sala cuándo, de una puñetera vez, sanará la cicatriz?

–Cuando ellos, los políticos, se dejen de medias tintas y obliguen, sí, obliguen, a los cajeros a cerrar sus procesos de fusiones y a no remolonear?

–¿Y por qué obligar?

–Porque, al fin y al cabo, los cajeros, de toda la vida de dios, han sido puestos en sus cargos por los políticos porque políticos son.

–Una relación lógica y una consecuencia lógica, no cabe duda. ¿Y las obligaciones del resto de los bancos? Porque alguna tendrán…

–Sus únicos delitos consisten en no haber dicho la verdad sobre sus balances, qué hay aún bajo la alfombra, en sus deficiencias en la información a los clientes, en mantener una cartera especulativa de pisos y suelos a la espera de que amaine el temporal y, por último, en no respaldar con la suficiente entereza las inversiones empresariales. Pero culpables de la crisis, no y no.

–¿Los únicos? ¿Les parece poco? No hay más preguntas. Llámese a declarar al político.

El pueblo contra…

… contra el político

–¿Jura solemnemente decir toda la verdad y nada más que la verdad?

–Lo juro.

–¿Se declara culpable o inocente?

–¿Yo?

–¿Sí, usted, quién va a ser.

–Culpable es otro más que yo.

–¿Quién es ese otro?

–Zapatero.

–¿Entonces me está diciendo usted que respalda las acusaciones de la banca?

–Sí, los políticos no supimos o, más correctamente, no supieron, manejar la situación, aunque, insisto, otro más que yo, porque él estaba antes que yo como inquilino de La Moncloa y era él quien gobernaba.

–¿Pero coincide en que fueron los políticos, los de aquí y los de medio mundo, quienes consintieron lo que los bancos hicieron y no supieron después cómo atajar la crisis económica, hasta el punto de que sus políticas la empeoraron?

–Sí.

–Queda, pues, todo dicho. Unos hicieron y otros consintieron y erraron en las soluciones. No hay más preguntas.

Señores del jurado, retírense a deliberar.

P.D.

La parva. No sé cómo interpretar la limitación de sueldos de los cajeros que acaba de aprobar el Ejecutivo de Mariano Rajoy. De entrada, no deja de ser significativo que haya sido un gobierno del PP, y no del PSOE, el que haya puesto finalmente coto a tales retribuciones, escandalosas en no pocos casos, sobre todo en aquellas entidades que pagaron a sus ejecutivos a precio de oro a pesar de que las llevaron a la quiebra y, al final, tuvieron que ser rescatadas por el Estado. Bienvenida la reforma financiera concebida por el ministro de Economía, Luis de Guindos, pero me pregunto si, con esas restricciones salariales, las cajas se convertirán en cementerios de elefantes, en refugio de no muy buenos directivos que, de otra forma, no encontrarían acomodo en otras entidades llamémoslas más privadas, sin mangoneos políticos. Porque no nos confundamos. Los buenos ejecutivos se pagan bien, los malos, no tanto.

La simiente. De la parva anterior saco la simiente. Luis de Guindos gana enteros por su seriedad y, a diferencia del muy popular Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, está al margen de los devaneos políticos de su compañero de gabinete. Semejante desvinculación tiene sus pros y sus contras. Por un lado, le permite, como tecnócrata que es, decir lo que piensa y hacer lo que dice, y eso es de agradecer. Por el otro, decir y hacer, al final, quedan condicionados por el partido, y eso arrastra a un grave riesgo, confundir lo económicamente objetivo y necesario con lo estrafalario de la política. Esperemos, pues, que De Guindos no caiga en esta última evolución y mantenga su actual estatus de tecnócrata. Que no haga como cierto consejero de la Junta de Andalucía que, tras afiliarse al PSOE, ha mudado al anti-PP más grande de todos los tiempos…

La paja. Hay un apartado de la reciente reforma financiera que constata los excesos de la banca a la hora de emitir participaciones preferentes y, eso sí, de manera indirecta, reconoce que no hay liquidez suficiente como para hacer frente a una avalancha de inversores tratando de recuperar anticipadamente su dinero. Un auténtico corralito del que ya he hablado en otra entrada de La Siega. La legislación aprobada el pasado viernes permite a las entidades demorar hasta en un año el pago del cupón, esto es, de los intereses de esas preferentes, e incluso más si el banco o caja en cuestión alega déficit de recursos propios. En cuanto a la retirada del compromiso explícito de conceder crédito por parte de las entidades que participen en procesos de fusión, sustituyéndose por algo tan etéreo como un quizás otorguemos más, sólo cabe anteponer una pregunta: ¿Ha servido hasta ahora para algo?

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